Aborto en Venezuela: ¿Por qué muchas mujeres recurren a la clandestinidad y buscan ayuda en Colombia?

Una legislación restrictiva, la precariedad económica y el temor a pedir atención marcan las decisiones reproductivas de numerosas venezolanas. Algunas encuentran servicios en Colombia, pero las barreras migratorias, las dificultades de financiación y las iniciativas contra el aborto alimentan la incertidumbre

Para entender qué significa el aborto en Venezuela, basta acercarse a la historia de Tatiana, una bailarina que tenía 22 años cuando decidió interrumpir un embarazo en 2022. Según el reportaje de El País que recoge su testimonio bajo un nombre ficticio, no podía afrontar los gastos de criar a un hijo. Una acompañante, identificada como Yolanda, consiguió medicamentos y permaneció con ella durante el proceso. La escena transcurrió en una vivienda de Caracas sin suministro regular de agua, lejos de un servicio sanitario al que pudiera acudir abiertamente.

Su experiencia reúne varios problemas que suelen aparecer separados en el debate público: las restricciones legales, el acceso desigual a la atención, las responsabilidades económicas y el miedo a enfrentar una emergencia sin apoyo. Para algunas venezolanas, Colombia representa una alternativa porque permite interrumpir el embarazo hasta la semana 24 sin invocar una causal. Pero cruzar la frontera exige recursos, información y tiempo. Además, las propuestas que buscan modificar la protección constitucional de la vida en el país vecino abren un nuevo frente de discusión.

Aborto en Venezuela: una excepción legal que deja poco margen

La legislación venezolana castiga a la mujer que provoca intencionalmente un aborto con una pena de seis meses a dos años de prisión. También contempla sanciones para quien lo practica con su consentimiento. La excepción expresa protege al médico que interviene cuando el procedimiento constituye un medio indispensable para salvar la vida de la embarazada.

Esa formulación tiene consecuencias concretas. No establece una autorización general por dificultades económicas, por un embarazo producto de violencia sexual o por afectaciones a la salud que no encajen en el supuesto de salvar la vida. La distancia entre una amenaza vital y otras circunstancias graves concentra buena parte de las críticas de las organizaciones feministas.

Daniella Inojosa, directora de Tinta Violeta, sostiene en el reportaje de El País que la excepción resulta insuficiente y que su aplicación depende del criterio médico. El texto recoge el caso de una mujer cuya gestación podría poner en peligro su vida, pero que encuentra resistencia del profesional que la atiende. La existencia de una disposición legal, por tanto, no asegura que una paciente consiga una respuesta oportuna.

Para quien busca ayuda, esa incertidumbre puede convertirse en una pregunta angustiante: ¿cuánto debe empeorar su condición antes de que alguien considere necesaria la intervención? Las organizaciones consultadas cuestionan precisamente que las mujeres deban atravesar ese margen de riesgo para acceder a una atención que consideran indispensable.

El Código Penal incorpora, además, una disposición que permite reducir las penas cuando el autor actúa para preservar su honor o la honra de determinadas familiares. Esa referencia contrasta con el estrecho alcance de la excepción sanitaria y muestra el peso que conserva la reputación familiar dentro de la regulación.

El temor tampoco termina cuando comienza una complicación. Inojosa afirma que algunas pacientes llegan a los hospitales bajo sospecha de haberse provocado un aborto, incluso cuando atraviesan una pérdida espontánea. Su organización denuncia casos de encarcelamiento, aunque reconoce que no dispone de una cifra que permita medir su magnitud.

Esa falta de información exige cautela. No permite establecer cuántas mujeres enfrentan procesos penales ni atribuir una conducta uniforme a todos los centros de salud. Sin embargo, los testimonios muestran que el miedo a la criminalización forma parte de las decisiones de quienes necesitan asistencia.

Desde la perspectiva sanitaria, conviene distinguir entre clandestinidad y seguridad médica. La Organización Mundial de la Salud explica que el aborto resulta seguro cuando reúne las condiciones adecuadas de método, duración del embarazo y capacidades de atención. También reconoce que, durante las primeras semanas, una persona puede gestionar un aborto con medicamentos fuera de un establecimiento si cuenta con información precisa, productos de calidad y apoyo profesional cuando lo necesita.

Por ello, una vivienda no convierte automáticamente el procedimiento en inseguro. El riesgo aumenta cuando faltan garantías sobre los medicamentos, orientación fiable o acceso a asistencia ante una complicación. La penalización puede dificultar esas condiciones al empujar la búsqueda de ayuda hacia circuitos que las pacientes temen revelar.

La pobreza y los cuidados: quién puede elegir y quién queda sola

Tatiana explicó su decisión mediante gastos cotidianos: pañales, leche y consultas médicas. Su preocupación no giraba únicamente alrededor del embarazo, sino también de las condiciones en las que tendría que sostener la crianza. Esa dimensión económica ayuda a comprender por qué una decisión reproductiva puede relacionarse con la supervivencia del hogar.

El material de base cita la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida de 2025 para señalar que, en casi uno de cada tres hogares venezolanos, los ingresos no alcanzaban para cubrir la alimentación. La cifra corresponde al estudio mencionado y no permite describir por sí sola todas las experiencias familiares. Sí sitúa las decisiones de mujeres como Tatiana dentro de un contexto de necesidades básicas insatisfechas.

La precariedad también condiciona las alternativas disponibles. El reportaje describe compras de medicamentos en el mercado informal, donde las mujeres pueden sufrir estafas, y procedimientos en clínicas clandestinas que superan los 800 dólares. Esos precios no constituyen una tarifa nacional ni representan todos los servicios, pero ilustran cuánto puede pesar la capacidad de pago.

Quien dispone de dinero puede ampliar sus opciones de traslado, alojamiento o atención. Quien apenas cubre sus gastos cotidianos necesita conseguir ayuda sin abandonar sus obligaciones. Para esta última, incluso averiguar dónde acudir puede exigir horas de transporte, conexión a internet y una privacidad que no siempre tiene.

La desigualdad aparece también en las tareas de cuidado. Suzany González, abogada y directora ejecutiva de Cedesex, explica en el texto que la acumulación de labores domésticas y familiares reduce el tiempo disponible para un empleo remunerado. La investigadora Laura Cano añade que la crisis ha reforzado los roles que asignan a las mujeres la atención de los hijos y del hogar.

El problema forma un círculo difícil de romper: las responsabilidades de cuidado limitan los ingresos y la falta de recursos impide pagar apoyos que permitan trabajar. Un nuevo embarazo puede intensificar esa carga, sobre todo cuando la pareja no participa o abandona la relación.

Las redes de acompañamiento intentan responder a esa soledad. En la historia de Tatiana, Yolanda consiguió las pastillas, estuvo pendiente de ella y la ayudó durante el malestar. La joven recuerda especialmente que no atravesó el proceso sola. Su relato muestra el valor del apoyo cercano, aunque una experiencia individual no permite evaluar la preparación de todas las acompañantes.

Estas redes tampoco sustituyen las responsabilidades del sistema sanitario. La información, el trato respetuoso y la atención de una emergencia requieren servicios accesibles. Cuando una mujer depende exclusivamente de contactos personales, sus posibilidades quedan sujetas a quién conoce, dónde vive y qué ayuda logra conseguir.

La ausencia de estadísticas recientes añade otra dificultad. El reportaje recupera datos históricos sobre mortalidad materna y una encuesta de Avesa entre 500 mujeres, de las cuales el 5,1 % declaró un aborto provocado con medicamentos. Ese resultado describe a las participantes del estudio; no permite calcular directamente la frecuencia nacional.

Tampoco corresponde atribuir todas las muertes maternas al aborto. Para comprender el problema hacen falta registros que distingan causas, circunstancias y acceso a atención. Sin esa información, las historias personales permiten reconocer obstáculos, pero no medir con precisión cuántas mujeres los enfrentan.

A la desigualdad material se suma el estigma. Tatiana mantiene su fe y, al mismo tiempo, considera que tomó la decisión adecuada. Esa combinación cuestiona una lectura que presenta a todas las creyentes como un grupo con una sola postura. Las convicciones religiosas pueden acompañar experiencias de duda, alivio, culpa o afirmación, sin que todas las mujeres las vivan de la misma manera.

Colombia: un derecho vigente y una alternativa difícil de alcanzar

La frontera separa dos marcos jurídicos muy diferentes. En 2022, la Corte Constitucional colombiana despenalizó el aborto hasta la semana 24. Después de ese plazo continúan las tres causales reconocidas desde 2006: peligro para la vida o la salud de la mujer, una malformación fetal que haga inviable la vida y embarazo derivado de determinadas formas de violencia sexual.

La normativa sanitaria colombiana incluye a las migrantes. La Resolución 051 de 2023 establece que las extranjeras, tanto en situación regular como irregular, pueden acceder a la interrupción voluntaria del embarazo. Para quienes no pueden vincularse al sistema por su condición migratoria irregular, considera el procedimiento y las atenciones relacionadas esenciales, urgentes y exentas de cobros.

Esto significa que carecer de un permiso de residencia no elimina el acceso reconocido por la regulación. Sin embargo, conocer ese derecho y conseguir que una institución lo garantice son pasos distintos. El desplazamiento, las gestiones y la búsqueda de información pueden convertirse en barreras para una mujer con pocos recursos.

Cristina Rosero Arteaga, asesora del Centro de Derechos Reproductivos citada en el reportaje, señala que algunas migrantes evitan solicitar atención por temor a la deportación. También denuncia incumplimientos y amenazas en determinadas entidades fronterizas. Su advertencia muestra cómo el miedo puede frenar una consulta incluso cuando la norma contempla a la paciente.

Sobre esa dificultad práctica aparece ahora una controversia política. La Cámara de Representantes informó el 29 de julio de 2026 sobre una iniciativa de reforma constitucional que propone reconocer expresamente la protección de la vida desde la fecundación y al ser humano en gestación como sujeto de especial protección. Sus promotores defienden que el Congreso debe precisar ese alcance dentro del artículo 11 de la Constitución.

La presentación del proyecto no equivale a su aprobación ni demuestra que Colombia haya prohibido el aborto. Su eventual efecto sobre los derechos reproductivos depende del texto que avance, del trámite legislativo y de los controles correspondientes. Por ahora, conviene diferenciar la intención de modificar la Constitución del marco sanitario que reconoce el acceso.

Las organizaciones entrevistadas temen que esa discusión debilite las garantías existentes. El reportaje también recoge advertencias de la abogada Selene Soto sobre restricciones de financiación estadounidense que habrían llevado a algunas entidades a dejar de ofrecer servicios relacionados con el aborto. Se trata de testimonios sobre organizaciones concretas, no de evidencia de un cierre general de la atención colombiana.

Para las migrantes, la disponibilidad de apoyos importa tanto como la regulación. Una organización puede orientar sobre servicios, explicar requisitos o ayudar a localizar atención. Si esa asistencia disminuye, las mujeres con menos información encuentran mayores dificultades para ejercer un derecho que conserva reconocimiento legal.

La experiencia de Tatiana permite volver al punto de partida. Cuatro años después, dice que agradece no haber sido madre cuando no se sentía capaz de asumir la crianza. También reconoce cargos de conciencia y conserva su fe. Su historia reúne emociones que un debate centrado exclusivamente en consignas suele dejar fuera.

Entre Caracas y la frontera colombiana, las diferencias legales cambian las posibilidades de atención, pero el dinero, la información y el acompañamiento siguen marcando quién consigue ayuda. Para las venezolanas que enfrentan un embarazo no deseado, la incertidumbre no comienza en un parlamento: aparece cuando necesitan decidir, buscar un servicio y encontrar a alguien que las escuche.

Con información de El País

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