Aunque los devastadores terremotos que sacudieron el norte de Venezuela ocurrieron a miles de kilómetros de distancia para muchos migrantes, el impacto emocional ha sido profundo. La incertidumbre por no poder contactar a familiares, el miedo constante y la sensación de impotencia han marcado las últimas semanas para miles de venezolanos que siguen la tragedia desde el exterior.
Ante esta realidad, la Cruz Roja en Toledo, España, habilitó espacios de apoyo psicológico dirigidos a personas que, sin haber estado en la zona del desastre, también enfrentan las consecuencias emocionales de la emergencia.
Andrea Zambrano, venezolana residente en España, recuerda que la noticia la sorprendió apenas iniciaba el día. Su primera reacción fue intentar comunicarse con sus familiares mientras revisaba desesperadamente las redes sociales y los grupos familiares.
Las horas siguientes estuvieron dominadas por la angustia, ya que las comunicaciones eran limitadas y no lograban confirmar si sus seres queridos estaban a salvo. Aunque su familia no sufrió pérdidas humanas, varios amigos resultaron afectados y la familia de su pareja perdió completamente su vivienda.
«Perder una casa, una escuela o los recuerdos de toda una vida también representa un duelo», expresó.
Como ella, miles de venezolanos residentes en España han permanecido atentos a cada actualización sobre la emergencia, enfrentando una carga emocional que muchas veces pasa desapercibida.
La culpa de no poder ayudar
Las psicólogas de Cruz Roja detectaron que muchas personas experimentaban ansiedad, tristeza, frustración y un sentimiento recurrente de culpa por encontrarse lejos de Venezuela.
Especialistas explican que esta reacción corresponde a la llamada «culpa del superviviente», un fenómeno frecuente en personas que observan una tragedia mientras sus familiares o comunidades enfrentan directamente sus consecuencias.
Durante las sesiones grupales, los profesionales abordaron temas relacionados con el manejo del duelo, el autocuidado, la regulación emocional y la importancia de mantener rutinas saludables sin dejar de acompañar a sus seres queridos desde la distancia.
Además, insistieron en que muchas de las emociones que experimentan los afectados son respuestas normales ante una situación extraordinaria y que es importante reconocer los límites de lo que cada persona puede hacer desde otro país.
Compartir el dolor ayuda a sanar
Quienes participaron en estos encuentros coinciden en que el mayor alivio fue descubrir que no estaban solos.
Poder expresar sus emociones junto a otras personas que atraviesan la misma situación permitió disminuir la sensación de aislamiento y encontrar comprensión en medio del dolor.
La experiencia demuestra que una tragedia de esta magnitud no solo deja destrucción en el lugar donde ocurre. También afecta emocionalmente a quienes mantienen fuertes vínculos familiares y afectivos con el país, recordando que las consecuencias de un desastre trascienden las fronteras.



