
Los médicos venezolanos regresaron desde distintos países con un objetivo que superó cualquier interés personal: ponerse al servicio de las comunidades golpeadas por los terremotos que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio. Mientras la diáspora organizaba campañas de recolección de alimentos, medicamentos y recursos, decenas de profesionales de la salud decidieron volver temporalmente para atender a miles de personas que enfrentaban una de las mayores emergencias humanitarias registradas en los últimos años.
Su labor no solo alivió el sufrimiento de cientos de familias, sino que también dejó un mensaje de unidad y compromiso con un país que continúa enfrentando enormes desafíos.
Médicos venezolanos regresaron para responder donde más se necesitaban
Hace más de siete años, el gastroenterólogo Carlos Eduardo Arriechi dejó Acarigua, en el estado Portuguesa, para establecerse en Quito, Ecuador, en busca de estabilidad profesional. Como muchos venezolanos, construyó una nueva vida lejos de su tierra. Sin embargo, las imágenes de edificios destruidos, hospitales colapsados y familias buscando entre los escombros cambiaron sus prioridades en cuestión de horas.
Al conocer la magnitud de la tragedia, comprendió que no podía permanecer al margen. No regresó para reencontrarse con familiares a quienes llevaba más de dos años sin ver, sino para integrarse a una misión médica organizada desde Ecuador que buscaba reforzar la atención sanitaria en las zonas afectadas.
La iniciativa estuvo encabezada por la doctora Eliana Correa, cirujana formada en Venezuela y actualmente integrante de la Asamblea Nacional de Ecuador. Convencida de que tenía una responsabilidad moral con el país donde desarrolló buena parte de su formación profesional, impulsó la creación de una brigada integrada por especialistas venezolanos y ecuatorianos.
La respuesta de la comunidad migrante fue inmediata. Venezolanos residentes en Ecuador, ciudadanos ecuatorianos, organizaciones no gubernamentales y empresas privadas unieron esfuerzos para reunir cerca de tres toneladas de medicamentos, alimentos e insumos médicos, que posteriormente trasladaron mediante un vuelo chárter hasta Venezuela.
Junto a Arriechi viajaron otros profesionales con historias similares. El internista Ángel Pacheco, oriundo de Maracay; la médica internista Jesenia Ponce, nacida en Petare; y la licenciada en enfermería Carmen Julia Hernández, de La Pastora, Caracas, también dejaron temporalmente sus actividades para regresar al país y colaborar con la emergencia. Hernández llevaba cerca de siete años sin pisar suelo venezolano.
La misión estuvo conformada por quince profesionales de la salud, entre ellos ocho especialistas en medicina interna, gastroenterología, cirugía, nefrología y epidemiología, además de seis médicos generales y una enfermera con amplia experiencia en cuidados críticos y paliativos.
Entre el 2 y el 13 de julio, el equipo distribuyó su trabajo entre La Guaira, considerada la zona cero del desastre, hospitales públicos, albergues temporales, escuelas adaptadas como refugios y comunidades afectadas en la Gran Caracas. También brindaron apoyo en el Hospital Central de Guatire para aliviar la presión sobre los servicios de emergencia. Durante apenas once días lograron atender aproximadamente a 2.500 pacientes.
La emergencia reveló el impacto humano y sanitario del desastre
Los profesionales encontraron una realidad mucho más compleja de la que mostraban las imágenes difundidas por televisión y redes sociales.
Las consultas médicas reflejaban la interrupción de tratamientos de enfermedades crónicas. Numerosos pacientes llegaron con crisis hipertensivas, descompensaciones por diabetes, episodios epilépticos y ataques asmáticos provocados por la pérdida de medicamentos o por la imposibilidad de acceder oportunamente a centros asistenciales.
A estas patologías se sumaron fracturas, lesiones ocasionadas por derrumbes, traumatismos por aplastamiento y múltiples heridas derivadas de las labores de rescate.
La salud mental también ocupó un lugar central durante la misión. Psicólogos y médicos atendieron personas con ataques de pánico, ansiedad severa y síntomas compatibles con estrés postraumático. Muchos sobrevivientes habían perdido familiares, viviendas y todas sus pertenencias en cuestión de segundos.
Entre los casos más complejos, Arriechi recuerda a un paciente que sufrió cientos de picaduras de abejas tras el movimiento telúrico. La reacción desencadenó una falla multiorgánica que obligó a realizar diálisis de emergencia. Contra todo pronóstico, el paciente logró sobrevivir.
Otro episodio marcó profundamente al equipo médico. Un joven proveniente de Delta Amacuro perdió a toda su familia durante la tragedia. Pese al dolor, dedicaba hasta dieciocho horas diarias a colaborar en las labores de búsqueda y rescate. Transportaba heridos, removía escombros y acompañaba a los equipos de emergencia con una fortaleza que sorprendía a todos quienes compartían jornadas con él.
Los especialistas también asistieron a mujeres embarazadas que habían perdido el seguimiento prenatal, niños con fracturas pendientes de intervención quirúrgica y menores con trastorno del espectro autista que sufrían crisis de ansiedad provocadas por el cambio brusco de entorno y la destrucción de sus hogares.
A pesar del escenario, los médicos destacan que encontraron comunidades profundamente organizadas. Vecinos que compartían los pocos alimentos disponibles, familias que ofrecían agua y café a los brigadistas y personas que preparaban arepas para agradecer el trabajo voluntario demostraban que la solidaridad seguía presente incluso en medio de la devastación.
Lejos de rendirse, muchas comunidades transmitían ánimo a quienes llegaban para ayudarlas. Esa actitud fortaleció emocionalmente a los profesionales durante largas jornadas que, en algunos casos, superaban las dieciséis horas continuas de trabajo.
La solidaridad de la diáspora mantiene viva la esperanza de recuperación
Para Carlos Eduardo Arriechi, la misión representó el momento más significativo de toda su trayectoria profesional. Cada consulta, cada procedimiento médico y cada paciente atendido reforzaban la convicción de haber tomado la decisión correcta al regresar temporalmente a Venezuela.
El especialista reconoce que abandonar nuevamente el país resultó especialmente difícil. Tanto él como muchos de sus compañeros sentían que aún quedaba mucho por hacer frente a una emergencia cuya recuperación demandará meses e incluso años.
La experiencia también confirmó la necesidad de fortalecer el sistema público de salud mediante un esfuerzo conjunto entre instituciones, profesionales, organizaciones civiles y sector privado. A juicio del médico, garantizar atención sanitaria oportuna constituye un elemento indispensable para enfrentar futuras emergencias y mejorar la calidad de vida de millones de venezolanos.
Desde Ecuador, Arriechi asegura que la comunidad venezolana continúa movilizada para enviar nuevos cargamentos de medicamentos, alimentos e insumos hospitalarios. Considera que la reconstrucción apenas comienza y que la ayuda internacional seguirá siendo fundamental durante los próximos meses.
El especialista hace un llamado a los venezolanos que permanecen en el exterior para mantener el respaldo a las comunidades afectadas. Destaca que toda contribución, sin importar su tamaño, puede marcar una diferencia para quienes aún intentan recuperar sus hogares y reconstruir sus vidas.
Al recordar los momentos más emotivos de la misión, Arriechi menciona los abrazos espontáneos de los pacientes, las muestras de gratitud de las familias y las palabras de sus colegas ecuatorianos, quienes quedaron impresionados por la capacidad del pueblo venezolano para recibir con afecto a quienes llegaban a ayudar, incluso en las circunstancias más difíciles.
Aunque durante este viaje no pudo visitar a su familia en Portuguesa ni reencontrarse con amigos de la infancia, regresó convencido de que volverá definitivamente algún día. Afirma que el mayor aprendizaje fue descubrir que la resiliencia, la solidaridad y el compromiso colectivo continúan siendo uno de los mayores recursos de Venezuela. En medio de la tragedia, esa fortaleza humana permitió que médicos, voluntarios y ciudadanos trabajaran hombro a hombro para salvar vidas y mantener viva la esperanza de un país que busca levantarse nuevamente.
Con información de El Pitazo




