
El avión militar aterrizó en Roma y, con él, llegó una historia que no cabe en un parte diplomático. Alberto Trentini y Mario Burlò, dos ciudadanos italianos detenidos durante 14 meses en Venezuela, regresaron a casa con un relato áspero sobre hacinamiento, incomunicación y miedo. Sus palabras —“dormíamos en el suelo, con cucarachas”, “era peor que Alcatraz”— no solo describen una experiencia personal: retratan una maquinaria carcelaria denunciada desde hace años por organizaciones de derechos humanos y, ahora, expuesta en primera persona por extranjeros que aseguran haber sido retenidos sin garantías plenas.
La liberación se produjo en el marco de las excarcelaciones que Caracas anunció tras la captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos, un giro que ha movido piezas internas y reactivado presiones internacionales. Italia celebró el retorno, pero el propio caso subraya un dato inquietante: todavía habría decenas de italianos detenidos en Venezuela, varios por motivos políticos, según informes citados por la prensa europea.
Detención sin explicaciones y un encierro que se volvió rutina
Trentini, cooperante vinculado a la ONG Humanity & Inclusion, y Burlò, empresario, fueron arrestados en noviembre de 2024 y trasladados a la prisión de El Rodeo I, cercana a Caracas. La versión recogida por medios internacionales es consistente: ambos pasaron meses sin información clara sobre su situación, con acceso limitado a comunicaciones y sin un proceso transparente desde la perspectiva de sus familias.
En Roma, el relato adquirió textura. Burlò explicó que el castigo no fue necesariamente el golpe directo, sino la presión sostenida: la falta de contacto, el encierro prolongado y la incertidumbre como disciplina. “No poder hablar con mis hijos durante un año fue una tortura”, contó, describiendo una angustia que se acumula con el tiempo, no con un solo episodio.
“Dormíamos en el suelo”: condiciones, comida mínima y aislamiento
Los excarcelados describieron celdas oscuras, espacios reducidos y una convivencia marcada por la precariedad. Hablaron de noches sobre el piso, plagas, y una rutina que apenas concedía una hora de patio al día, cinco días por semana. El resto era espera: paredes, rejas y pasos contados.
La alimentación, según su testimonio, se repetía hasta el hastío: arepas, café y raciones entregadas por una abertura, con escaso contacto humano.
La televisión estatal funcionaba como única rendija hacia el exterior, mientras que los libros estaban restringidos, salvo una biblia en español. Para enviar noticias a Italia, dijeron depender de intermediarios venezolanos, un detalle que ilustra hasta qué punto la comunicación era un privilegio y no un derecho constante.
Traslados encapuchados y la psicología del control
Otro elemento que ambos destacaron fue la práctica de traslados frecuentes bajo capucha, una técnica destinada —según la lectura de quienes han pasado por esas cárceles— a intensificar la desorientación. Burlò afirmó que no sufrió torturas físicas, pero sí un desgaste mental continuo: el miedo a “desaparecer”, a no ser reconocido oficialmente, a que el silencio se volviera definitivo.
En ese punto, su testimonio coincide con una idea repetida por familiares de presos extranjeros: que el régimen ha usado detenciones opacas como instrumento de presión, una “moneda de cambio” en negociaciones con gobiernos europeos o como mensaje geopolítico en momentos de tensión.
Una liberación inesperada y un regreso con secuelas
La salida, contaron, llegó sin aviso: la noche anterior los sacaron de las celdas, los raparon, les dieron ropa limpia. Burlò interpretó esa preparación como parte de un ritual destinado a evitar señales visibles de abuso. Trentini, más reservado, agradeció el apoyo recibido, aunque admitió que los 423 días de encierro dejan marcas difíciles de borrar. El reencuentro con sus familias fue un alivio, pero no un borrón y cuenta nueva.
Según Reuters, la primera ministra Giorgia Meloni confirmó la liberación el 12 de enero y señaló que ambos estaban a salvo en la embajada italiana en Caracas mientras se coordinaba su retorno, en un contexto de excarcelaciones anunciadas por el gobierno interino venezolano como “gesto” tras el cambio abrupto de escenario político.
Lo que queda: otros detenidos y una presión que no se detiene
El caso Trentini–Burlò se volvió emblema, pero no es el final del capítulo. La prensa italiana y española ha recogido que la Farnesina sigue monitoreando a otros ciudadanos detenidos en Venezuela y que persisten reclamos por liberaciones adicionales. El testimonio de los recién liberados, además, amplifica la lupa sobre El Rodeo I y refuerza la exigencia de observación internacional sobre trato, debido proceso y acceso a defensa.
Las frases que trajeron de vuelta a Roma —cucarachas, suelo, oscuridad, silencio— no son solo recuerdos: son acusaciones de una vida suspendida. Trentini y Burlò regresaron libres, pero su historia reaviva un debate inevitable sobre el uso de la prisión como herramienta política y sobre las condiciones en centros como El Rodeo I. En el nuevo tablero venezolano, donde se anuncian excarcelaciones y se negocian reconocimientos, su relato coloca una pregunta incómoda en el centro: ¿cuántos siguen dentro, y cuánto costará que el mundo los vea?
Con información de Infobae



