Entre Delcy Rodríguez y María Corina Machado: Trump dibuja la transición venezolana

Desde la captura de Nicolás Maduro hace un mes, EE UU ha delineado una estrategia pragmática y dual para Venezuela: posiciona a Delcy Rodríguez como interlocutora para garantizar estabilidad inmediata, mientras reserva a María Corina Machado un rol restaurador

Desde la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, Venezuela transita un escenario político marcado por la ambigüedad, el cálculo estratégico y una tutela externa sin precedentes. En el centro de esta etapa emergen dos figuras femeninas con trayectorias y simbolismos opuestos: Delcy Rodríguez, heredera del aparato chavista y hoy presidenta interina, y María Corina Machado, referente indiscutible de la oposición democrática y reciente Premio Nobel de la Paz. Entre ambas, el presidente estadounidense Donald Trump se erige como árbitro de una transición que oscila entre la restauración institucional y la preservación del orden existente.

El discurso de Trump ha alternado advertencias, elogios tácticos y gestos contradictorios, revelando una estrategia que prioriza la estabilidad inmediata y los intereses geopolíticos de Washington, incluso si ello implica convivir temporalmente con estructuras del régimen que dice querer desmontar.

Delcy Rodríguez: socia incómoda, pieza funcional

Delcy Rodríguez carga con un historial que la coloca bajo el escrutinio de las agencias estadounidenses desde hace años. Sancionada por corrupción y violaciones de derechos humanos, y señalada como objetivo prioritario por organismos federales, su figura representa la continuidad del chavismo sin Maduro. Sin embargo, tras la operación militar en Caracas, Trump la presentó como una interlocutora “dispuesta” a colaborar con un proceso de transición supervisado por Estados Unidos.

El mandatario estadounidense llegó a describirla como alguien con quien “ha trabajado muy bien”, proyectándola como un canal institucional necesario para evitar un vacío de poder. No obstante, ese tono cordial convivió con amenazas explícitas. En declaraciones posteriores, Trump advirtió que Rodríguez podría “pagar un precio muy grande” si no cumplía con las expectativas de Washington, dejando claro que su permanencia depende de obediencia y resultados.

Para analistas como el exembajador Diego Arria, esta aproximación revela un desconocimiento —o una omisión deliberada— del rol estructural que Rodríguez y su entorno han jugado en el sostenimiento del poder chavista. En su lectura, Trump intenta utilizarla como un medio transitorio, sin perder de vista que encarna el mismo sistema que dice querer superar.

El pragmatismo petrolero y la lógica del control

El acercamiento a Rodríguez se explica, en parte, por intereses económicos y estratégicos. La Casa Blanca ha subrayado su interés en estabilizar el sector petrolero venezolano, asegurar el acceso a recursos naturales y limitar la influencia de actores como Rusia y China. En ese marco, mantener operativa una parte del engranaje chavista aparece como una solución práctica para evitar el colapso institucional.

Carlos Sánchez Berzaín, director del Interamerican Institute for Democracy, sostiene que Estados Unidos busca desmontar la dictadura “utilizando a sus propios mafiosos”, combinando presión y cooperación selectiva. Según su análisis, Washington opera en dos planos paralelos: por un lado, el control administrativo ejercido a través de figuras como Laura Dogu, encargada de negocios en Caracas; por otro, la restitución democrática que tiene como rostro a María Corina Machado.

María Corina Machado: legitimidad popular y cautela estadounidense

El tratamiento de Machado por parte de Trump ha sido marcadamente ambivalente. En los primeros días tras la captura de Maduro, el presidente estadounidense cuestionó públicamente su capacidad para gobernar, alegando que carecía del apoyo interno necesario. Incluso llegó a calificarla como “no apta” para liderar el país en ese momento, pese a su reconocimiento internacional.

Sin embargo, los gestos posteriores matizaron ese discurso. El 15 de enero, Trump recibió a Machado en la Casa Blanca para un almuerzo de trabajo, un honor no concedido a ningún representante del chavismo. En ese encuentro, la líder opositora le entregó la medalla del Premio Nobel de la Paz recibido en 2025, gesto que Trump describió como una muestra de respeto mutuo. Días después, el mandatario expresó públicamente su admiración por ella, destacando su liderazgo y carácter.

Para Arria, esta contradicción refleja un cálculo político: Trump percibe que negociar reformas económicas profundas resulta más sencillo con una figura amenazada y dependiente como Rodríguez que con una dirigente que concentra cerca del 90 % de respaldo popular. Desde esta óptica, Machado representa un liderazgo legítimo pero incómodo para una transición controlada.

Dos mundos en colisión

Sánchez Berzaín, en cambio, interpreta que Machado no ha sido marginada, sino incorporada gradualmente a un proceso más amplio. A su juicio, la líder opositora desarrolla una estrategia paciente que terminará consolidando su papel como representante del pueblo venezolano en la etapa democrática que debe prevalecer.

Así, el panorama se configura como la coexistencia de dos realidades: un régimen que agoniza, administrado por Delcy Rodríguez bajo vigilancia externa, y una alternativa democrática que encarna María Corina Machado. “Un mundo que muere y otro que resurge”, resume el politólogo.

Una transición bajo tutela

El resultado es un mapa de poder complejo. La Casa Blanca proyecta a Rodríguez como una socia incómoda pero funcional para garantizar orden y continuidad, mientras reconoce en Machado una interlocutora relevante, aunque no decisiva en el corto plazo. Esta combinación de amenazas públicas y elogios prudentes revela una estrategia que privilegia la gobernabilidad inmediata y los intereses estadounidenses, incluso a costa de postergar una transición plena.

Para Arria, el riesgo es claro: subestimar a un pueblo que ha soportado 26 años de autoritarismo puede convertirse en un error histórico. La estabilidad duradera, advierte, solo puede surgir de una transición auténtica, donde la libertad no sea tratada como una variable secundaria. Venezuela, atrapada entre dos liderazgos y una potencia tutelar, enfrenta así uno de los momentos más decisivos de su historia reciente.

Con información de El Nacional 

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