
El drama de sobrevivir entre los escombros continúa marcando la vida de miles de venezolanos cuando está por cumplirse un mes de los terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron el norte del país el pasado 24 de junio. Mientras las cifras oficiales superan los 5.000 fallecidos y miles de personas permanecen sin vivienda, muchas familias siguen removiendo concreto con sus propias manos para encontrar a sus seres queridos, al tiempo que sobreviven en carpas improvisadas después de haber perdido prácticamente todo.
En sectores como Caraballeda, en el estado La Guaira, la emergencia dejó de medirse únicamente por el número de edificios derrumbados o por las estadísticas oficiales. Cada montaña de concreto representa una historia interrumpida, una familia que continúa esperando respuestas y personas que, pese al cansancio físico y emocional, regresan cada día al mismo lugar con la esperanza de recuperar los cuerpos de sus familiares.
José Liendo es uno de esos sobrevivientes. Su historia refleja el impacto humano de la tragedia. Perdió a su padre, a su hermana, a un primo, una tía y un tío en el colapso del edificio Tahití. Desde entonces, sus jornadas transcurren entre rescates improvisados, noches sin dormir y la incertidumbre de un futuro que todavía no logra imaginar.
Su testimonio resume el sentimiento de miles de venezolanos que, semanas después del desastre, continúan enfrentando el duelo mientras intentan reconstruir sus vidas.
Sobrevivir entre los escombros se convirtió en la rutina de cientos de familias en La Guaira
Cuando ocurrieron los terremotos, numerosos edificios colapsaron en cuestión de segundos. Entre ellos se encontraba el edificio Tahití, una torre de doce pisos ubicada frente al mar Caribe en Caraballeda.
Dentro del inmueble permanecían 27 personas al momento del derrumbe. Solo una logró salir con vida.
Desde entonces, José Liendo y otros familiares comenzaron una búsqueda que todavía no termina. Sin maquinaria especializada durante los primeros días, utilizaron sus manos, cuerdas y herramientas improvisadas para intentar localizar a quienes permanecían atrapados bajo toneladas de concreto.
Cada jornada comenzaba con la esperanza de escuchar una respuesta entre los escombros y concluía con el agotamiento físico y emocional que deja remover estructuras inestables durante horas.
Liendo recuerda que durante los primeros cuatro días prácticamente no recibieron apoyo institucional. Los propios familiares subían a la montaña de concreto para identificar los apartamentos donde vivían sus seres queridos.
Mientras retiraban fragmentos de paredes, columnas y muebles destruidos, encontraban pertenencias personales que confirmaban la magnitud de la tragedia.
Posteriormente llegaron algunas maquinarias gestionadas por familiares de las víctimas, pero el trabajo continuó dependiendo en gran medida del esfuerzo de voluntarios, amigos y vecinos.
El sobreviviente afirma que la ayuda más constante provino de ciudadanos particulares que donaban alimentos, agua, cascos, guantes y herramientas para facilitar las labores de rescate.
Con el paso de los días también se incorporó un grupo de rescatistas mexicanos conocido como «Topos Adrenalina México», cuya experiencia permitió avanzar en la localización de varias víctimas.
José recuerda especialmente el apoyo emocional recibido por este equipo, que además de participar en los rescates acompañó a las familias durante los momentos más difíciles.
Las labores continuaron incluso durante la noche. Muchas veces las operaciones terminaban cerca de la medianoche después de retirar cuidadosamente grandes bloques de concreto.
La búsqueda nunca se limitó únicamente a sus familiares. Cada nuevo cuerpo recuperado significaba el cierre de una espera para otra familia que permanecía junto a los escombros.
El duelo se mezcla con la incertidumbre de quienes lo perdieron todo
El impacto de los terremotos va mucho más allá de las pérdidas materiales.
José Liendo describe una realidad emocional que comparten numerosos sobrevivientes. Durante algunos momentos logra distraerse, conversar o incluso sonreír, pero cualquier recuerdo devuelve inmediatamente el peso de la tragedia.
Explica que procesar la muerte de familiares resulta difícil, pero también lo es aceptar la desaparición de amigos, vecinos y personas con quienes compartía la vida cotidiana.
El edificio Tahití no era únicamente una estructura residencial. Allí vivían personas que mantenían relaciones cercanas desde hacía años, lo que convirtió el colapso en una tragedia colectiva para toda la comunidad.
Su padre y su hermana habitaban el apartamento 9E del noveno piso. José los visitaba casi todos los días para desayunar o compartir un café.
Ahora ese lugar desapareció bajo una inmensa masa de concreto.
Su madre sobrevivió porque residía en otro edificio, aunque esa vivienda también sufrió daños estructurales que la dejaron inhabitable.
Actualmente José duerme en una carpa instalada cerca del área donde antes funcionaba la piscina del conjunto residencial mientras intenta resolver dónde vivirá en el futuro.
La pérdida del hogar representa una preocupación adicional para miles de familias.
Los campamentos improvisados se han convertido en la única alternativa para muchas personas que esperan una solución habitacional.
En estos espacios varias familias comparten electrodomésticos, cocinan en ollas comunes y enfrentan dificultades relacionadas con el acceso al agua potable y servicios sanitarios.
La incertidumbre sobre cuánto tiempo permanecerán allí aumenta el desgaste emocional de quienes ya enfrentan el dolor por la pérdida de familiares.
José también reconoce que la tragedia modificó completamente sus planes de vida.
Antes del terremoto trabajaba como vendedor de productos alimenticios. Sin embargo, después de pasar semanas participando en labores de rescate, su estado físico y emocional le impide retomar inmediatamente sus actividades.
Reconstruir la vida será un desafío mucho más largo que remover los escombros
Aunque el rescate de víctimas continúa en distintos sectores de La Guaira, los sobrevivientes saben que la recuperación apenas comienza.
Encontrar los cuerpos representa solo una parte del proceso.
Después llegará el duelo, los funerales, la búsqueda de una vivienda, la recuperación económica y el intento de reconstruir una rutina que desapareció con el terremoto.
José reconoce que incluso considera abandonar Venezuela cuando obtenga la documentación necesaria para emigrar.
Como él, muchas personas afectadas por la tragedia contemplan comenzar una nueva vida fuera del país debido a la incertidumbre que enfrentan después del desastre.
Mientras tanto, intenta avanzar un día a la vez.
Primero quiso encontrar a su padre. Luego a su hermana. Después colaboró en el rescate de otras víctimas porque entiende el valor que tiene para una familia poder despedirse de sus seres queridos.
Las noches siguen siendo largas.
Cada operación representa horas de trabajo bajo condiciones difíciles y con el riesgo permanente que implica ingresar a estructuras colapsadas.
Sin embargo, los familiares continúan regresando porque consideran que no pueden abandonar a quienes todavía permanecen bajo los escombros.
A casi un mes de los terremotos, la tragedia dejó de medirse únicamente por el número de fallecidos o edificios destruidos.
También se refleja en las historias de quienes sobreviven con el peso de la pérdida, duermen en refugios improvisados y cada mañana regresan al mismo lugar donde un edificio se convirtió en una montaña de concreto.
Para miles de venezolanos, la reconstrucción no comenzará cuando termine el retiro de los escombros. Empezará el día en que puedan volver a encontrar estabilidad después de una tragedia que transformó para siempre sus vidas.
Con información de Univisión




