
Yo comparo a Venezuela con el Israel bíblico, pero no desde la coyuntura actual entre Israel y Palestina, sino desde la perspectiva histórica y espiritual que aparece en la Biblia desde hace milenios.
Así como Israel fue un pueblo bendecido que se olvidó de Dios y de su propósito, Venezuela también vivió una época de abundancia, liderazgo y estabilidad mientras a nuestro alrededor otras naciones sufrían conflictos, crisis económicas o violencia extrema. Éramos, en palabras sencillas, la tierra más fértil y envidiada del continente, una verdadera tierra prometida.
Sin embargo, cometimos el mismo error que relata la Biblia: nos enfocamos en los beneficios de esa bendición y olvidamos para qué la teníamos. Nos centramos en la bonanza —“estaba barato, dame dos”—, en viajar, en consumir, en disfrutar, pero descuidamos la fe, los valores, el propósito y la construcción de una generación de relevo.
Israel dejó de obrar según la voluntad de Dios y rompió su promesa; por eso fue conquistado por Babilonia y su pueblo terminó disperso por el mundo durante siglos: la gran diáspora. De la misma manera, Venezuela vive hoy una diáspora masiva, resultado de decisiones históricas que quebraron el sentido moral y el objetivo nacional.
El problema no fue únicamente económico o político: perdimos nuestro llamado al liderazgo. Como decía Renny Ottolina: “Venezuela nació para ser líder.” Pero cambiamos el liderazgo por la comodidad, el deber por la ventaja, el compromiso por el beneficio.
Nuestros líderes también repitieron el error: se aferraron al poder, gozaron de sus privilegios y no formaron sucesores capaces, aplastando a las generaciones que venían detrás. La posibilidad de reelección diferida tras quince años se convirtió en una trampa que alimentó la soberbia y el miedo a perder el control, bloqueando el relevo político y desgastando la democracia.
Todo esto —abundancia sin propósito, liderazgo sin responsabilidad, poder sin relevo, y fe reducida a tradición— generó la crisis que vivimos hoy.
Seguimos siendo tierra fértil, una nación con capacidad creadora y riqueza espiritual, pero ya no somos tierra prometida, porque una promesa solo se mantiene si se honra.
Hoy pagamos las consecuencias de haber olvidado por qué estábamos aquí, por habernos desconectado de nuestra misión histórica. No fue solo cuestión de técnica, modernidad o conocimiento práctico: perdimos el sentido moral que sostenía nuestro destino.
La reflexión final es simple:
La abundancia sin propósito destruye; el liderazgo sin relevo condena; y una promesa sin fe se rompe.


