
La búsqueda de Dylan continúa cada día entre las ruinas de la OPPE 26, en Caraballeda, estado La Guaira, donde una familia decidió regresar para encontrar al adolescente de 14 años que permanece desaparecido desde los terremotos del 24 de junio.
Mientras las máquinas remueven toneladas de concreto durante el día, Rafael Arocha y su cuñado esperan la llegada de la noche para ingresar entre los escombros con sus propias manos, pequeñas herramientas y una promesa que los mantiene de pie: no abandonar a Dylan hasta darle una despedida digna. Su historia representa el drama que todavía viven numerosas familias venezolanas que, semanas después de la tragedia, continúan buscando a sus seres queridos bajo edificios colapsados.
Búsqueda de Dylan se convirtió en la misión de toda una familia
La OPPE 26 dejó de ser un conjunto residencial para convertirse en uno de los símbolos más dolorosos de la tragedia ocurrida en La Guaira. Antes de los terremotos, el urbanismo formaba parte de la Gran Misión Vivienda Venezuela y estaba integrado por doce torres de apartamentos donde vivían cientos de familias.
El 24 de junio, seis de esos edificios colapsaron tras el doble movimiento sísmico que golpeó con mayor intensidad el litoral central venezolano. En cuestión de segundos, hogares completos quedaron sepultados bajo enormes bloques de concreto y acero.
Entre las víctimas se encontraba la familia de Dylan, un adolescente de 14 años que permanece desaparecido.
Su tío, Rafael Arocha, recuerda que lograron recuperar los cuerpos de su hermana, su cuñado y dos de sus sobrinos. Sin embargo, Dylan continúa bajo los escombros.
Después de encontrar a cuatro integrantes de la familia, los trasladaron hasta Maturín, en el estado Monagas, para brindarles sepultura. El calor y el paso de los días obligaban a realizar el entierro con rapidez.
Cuando concluyeron las ceremonias, Rafael y su cuñado no permanecieron junto al resto de la familia. Regresaron inmediatamente a La Guaira.
Su objetivo nunca cambió: encontrar al adolescente que todavía permanece desaparecido.
La decisión implicó dejar nuevamente a sus seres queridos para volver a un lugar marcado por el dolor.
Cada jornada representa un desafío físico y emocional. Rafael reconoce que ninguna persona puede prepararse para observar escenas como las que aparecen bajo los edificios derrumbados.
Durante las labores han encontrado familias completas abrazadas, madres protegiendo a sus hijos y escenas que jamás imaginaron presenciar.
Cada hallazgo revive el impacto del desastre y fortalece la convicción de continuar hasta localizar a Dylan.
La búsqueda también representa una forma de honrar la memoria de quienes perdieron la vida. Para Rafael, abandonar el lugar antes de encontrar al adolescente significaría dejar incompleta la historia de toda una familia.
Por eso continúa removiendo tierra, concreto y escombros cada noche.
El paso de las semanas no disminuye el compromiso. Al contrario, refuerza la determinación de quienes consideran que todos merecen un último adiós.
Mientras las cifras oficiales hablan de desaparecidos y fallecidos, Rafael pone rostro, nombre y recuerdos a una tragedia que todavía no termina para cientos de familias.
Trabajo nocturno entre los escombros para proteger cada hallazgo
Las labores comienzan cuando disminuye el movimiento de maquinaria pesada.
Durante el día, excavadoras, camiones y equipos especializados trabajan para retirar toneladas de concreto. Sin embargo, Rafael y su cuñado prefieren esperar la noche.
Explican que el silencio facilita escuchar cualquier indicio y permite trabajar con mayor tranquilidad entre los bloques derrumbados.
También existe otra razón.
Les preocupa que las máquinas remuevan grandes estructuras sin advertir la presencia de restos humanos y terminen dañando el cuerpo de Dylan.
Por esa razón ingresan cuando disminuye la actividad pesada y avanzan lentamente utilizando principalmente sus manos, mandarrias y herramientas prestadas por otras personas que participan en la búsqueda.
Cada metro recorrido exige abrir pequeños túneles entre el concreto.
Primero retiran piedras y tierra. Después rompen fragmentos de cemento hasta crear un espacio suficiente para seguir descendiendo.
El avance resulta lento porque cualquier movimiento brusco puede provocar nuevos desprendimientos.
Las jornadas requieren fuerza física, paciencia y una enorme resistencia emocional.
A pesar del cansancio, Rafael asegura que nadie trabaja solo.
Las familias que buscan a otros desaparecidos se apoyan mutuamente.
Quien abre un acceso hacia un nivel inferior ayuda después a otro grupo que necesita avanzar hacia otro sector.
Las herramientas circulan constantemente entre quienes permanecen en la zona cero.
Martillos, palas, guantes y mandarrias pasan de unas manos a otras sin importar quién sea el propietario.
La cooperación se convirtió en una necesidad.
La tragedia eliminó cualquier diferencia entre quienes comparten el mismo objetivo: recuperar a sus familiares.
La solidaridad también llega desde la comunidad.
Vecinos y voluntarios se acercan frecuentemente para entregar alimentos, agua, ropa limpia y guantes.
Muchos conocen personalmente a las familias afectadas. Otros simplemente desean colaborar con quienes llevan semanas enfrentando una realidad extremadamente dura.
Ese apoyo permite que Rafael y su cuñado continúen trabajando durante largas horas sin abandonar la búsqueda.
Las noches en la OPPE 26 transcurren entre linternas, herramientas y el sonido del concreto que poco a poco cede.
Cada pequeño avance representa una esperanza.
Cada bloque removido acerca la posibilidad de encontrar al adolescente.
Aunque el cansancio se acumula, nadie habla de renunciar.
Los familiares saben que el tiempo dificulta el trabajo, pero mantienen intacta la promesa que hicieron desde el primer día.
El drama de la OPPE 26 refleja el dolor de muchas familias venezolanas
La historia de Dylan no constituye un caso aislado.
Decenas de familias permanecen en circunstancias similares desde los terremotos del 24 de junio.
Muchas continúan buscando a padres, hijos, hermanos y abuelos que nunca lograron salir de los edificios derrumbados.
La OPPE 26 concentra buena parte de ese dolor colectivo.
Lo que alguna vez fue un conjunto residencial lleno de vida ahora permanece cubierto por montañas de concreto.
Las viviendas desaparecieron y dieron paso a un enorme escenario de búsqueda donde conviven maquinaria pesada, rescatistas, familiares y voluntarios.
Cada persona presente conserva una historia distinta.
Algunos esperan recuperar a un ser querido con vida.
Otros saben que esa posibilidad ya no existe, pero desean encontrar un cuerpo para despedirse con dignidad.
Rafael pertenece a este último grupo.
Después de recuperar a cuatro integrantes de su familia, solo desea encontrar a Dylan.
No busca respuestas políticas ni explicaciones técnicas.
Su única prioridad consiste en regresar a casa cuando pueda cumplir la promesa hecha a su hermana.
Mientras tanto, continúa trabajando cada noche.
Su cuñado permanece a su lado.
Ambos dejaron nuevamente a sus hijos con familiares para poder concentrarse en la búsqueda.
La decisión demuestra hasta dónde puede llegar una familia cuando todavía falta uno de los suyos.
El cansancio físico ya forma parte de la rutina.
Las manos presentan heridas provocadas por el concreto y las herramientas.
Sin embargo, ninguno considera abandonar el lugar.
El compromiso supera cualquier dificultad.
La tragedia también transformó la relación entre los sobrevivientes.
Personas que antes apenas se conocían ahora trabajan juntas durante horas.
Comparten herramientas, alimentos y palabras de aliento.
Cada hallazgo pertenece a todos.
Cada familia comprende el sufrimiento de las demás porque enfrenta la misma incertidumbre.
Las escenas que describen quienes participan en las labores muestran una realidad difícil de dimensionar.
Madres abrazando a sus hijos, familias completas sorprendidas por el derrumbe y hogares enteros destruidos forman parte del panorama que permanece bajo las ruinas.
Frente a ese escenario, la solidaridad aparece como uno de los pocos elementos capaces de aliviar el dolor.
La comunidad mantiene vivo el apoyo con alimentos, ropa, agua y herramientas.
Los familiares responden con perseverancia.
Cada noche regresan convencidos de que el siguiente bloque puede acercarlos al objetivo.
La búsqueda de Dylan resume el impacto humano que dejaron los terremotos en Venezuela.
Más allá de las cifras oficiales, la tragedia continúa escribiéndose en historias personales marcadas por la ausencia, la esperanza y el esfuerzo de quienes se niegan a abandonar a sus seres queridos.
Rafael Arocha asegura que no regresará definitivamente a Oriente hasta encontrar al adolescente.
No importa cuánto tiempo tome ni cuántas noches deba permanecer entre los escombros.
Su compromiso permanece intacto.
Mientras exista un lugar por revisar dentro de la OPPE 26, seguirá escarbando con sus manos, acompañado por su familia y por una comunidad que convirtió la solidaridad en la principal herramienta para enfrentar una de las tragedias más profundas que ha vivido el litoral venezolano.
Con información de El Pitazo




