
Cada amanecer, decenas de venezolanos cruzan el puente internacional Simón Bolívar, cargando bolsas de plástico, chatarra o papel para vender en La Parada, una zona comercial del municipio colombiano Villa del Rosario, Norte de Santander.
Allí, más de diez puntos de acopio reciben material reciclado que representa para muchos su única fuente de ingreso. Entre quienes recorren ese trayecto se encuentra Lot Cañas, un reciclador con seis años de experiencia que, empujando su carretilla, se ha convertido en un símbolo de resistencia y trabajo.
La frontera, que alguna vez fue símbolo de comercio formal, se ha transformado en un corredor del reciclaje binacional, donde cada kilo recogido puede marcar la diferencia entre comer o pasar hambre.
Una economía hecha de desechos
En La Parada, los precios varían según el tipo de material.
El plástico y la chatarra se pagan a 700 pesos el kilo, mientras que las bolsas transparentes alcanzan los 1.500 pesos, y las de color, 1.000.
El papel de archivo tiene un valor de 800 pesos, y las latas de aluminio, las más apreciadas, llegan a 6.000 pesos el kilo.
Solo el cobre, con un precio que ronda los 31.000 pesos por kilo, se mantiene fuera del mercado fronterizo, pues está considerado material estratégico en Venezuela y su comercialización está prohibida.
“Muchos amigos me guardan plástico y chatarra en San Antonio, pero allá no hay recicladoras”, explica Cañas, quien hace dos recorridos diarios para vender lo recolectado. Lo que gana le alcanza para la comida y algunos gastos básicos. “Es duro, pero es lo que hay”, dice mientras acomoda su carga bajo el sol.
El reciclaje como cultura pendiente
Lot insiste en que Venezuela necesita fomentar la cultura del reciclaje, pues en su país “muy poca gente sabe clasificar los desechos”.
La falta de educación ambiental, la escasez de infraestructura y el abandono institucional han dejado que toneladas de residuos terminen en vertederos o ríos.
“Si existieran puntos de compra en San Antonio, muchos no tendríamos que cruzar la frontera”, lamenta.
El reciclaje, que en Colombia tiene un valor estructurado y redes de comercio consolidadas, en Venezuela sigue siendo una actividad marginal y de supervivencia. Para quienes cruzan a diario, la venta de materiales reciclables se ha convertido en una alternativa ante la falta de empleo formal y la crisis económica.
El mercado fronterizo: altibajos y resistencia
Según los propios recicladores, los precios fluctúan constantemente.
A comienzos del año, el kilo de plástico llegó a pagarse a 2.000 pesos, pero cayó hasta 500 y actualmente se mantiene en 700. Esta variación responde a la demanda de las empresas de transformación y al valor del petróleo, del cual dependen los derivados plásticos.
A pesar de las bajas, el flujo de recicladores no se detiene.
“Cada día pueden pasar más de 20 personas con material”, cuenta un comerciante del sector. Algunos llegan en bicicletas o carretillas improvisadas, otros cargan sus bultos al hombro. Todos buscan en el reciclaje una forma de subsistir en medio del abandono estatal.
Un trabajo invisible pero vital
El oficio del reciclaje, aunque poco reconocido, tiene un impacto ambiental y social profundo.
Gracias a estos recolectores, toneladas de residuos dejan de contaminar las calles o los ríos del Táchira y Norte de Santander. Sin embargo, su labor sigue siendo precaria y sin respaldo institucional.
En palabras de los recicladores, la frontera no solo divide dos países, sino también dos realidades: una Colombia con infraestructura y mercado, y una Venezuela que apenas sobrevive.
En medio de esa brecha, los recicladores como Lot Cañas levantan una economía paralela que combina esfuerzo, ingenio y esperanza.
El reciclaje en La Parada no es solo una actividad económica: es una forma de resistencia, un recordatorio de que incluso entre la crisis y la desigualdad, siempre hay quienes transforman los desechos en oportunidades y dignidad.
Con información de La Nación web



