
La muerte de la activista y ex presa política Yenny Barrios ha generado una profunda conmoción en Venezuela. Su historia, marcada por la persecución y la injusticia, resume el drama de cientos de familias que padecen las consecuencias de la represión política. Barrios falleció sin poder despedirse de su hijo, Diego Sierralta, quien permanece encarcelado desde enero de 2025 por reclamar la liberación de su madre.
El fallecimiento de Yenny se convierte en un símbolo del sufrimiento que viven los presos políticos y sus familiares, atrapados entre la indiferencia institucional y la falta de garantías humanitarias. Su caso fue retomado por la abogada y defensora de derechos humanos Tamara Sujú, directora del Casla Institute, quien relató los detalles en el programa La Tarde de NTN24.
“Una madre que murió esperando ver a su hijo”
Durante su intervención, Sujú describió la tragedia con un tono de indignación y tristeza. “Su hijo empezó a pedir ayuda porque necesitaba verla antes de que muriera”, explicó. La activista relató que Barrios tenía la certeza de que su vida se apagaba, pero su único deseo era reencontrarse con Diego. “Ella sentía que iba a morir, lo único que pedía era poder abrazar a su hijo, y lamentablemente falleció sin cumplir ese anhelo”, lamentó.
La abogada calificó la situación como “un caso muy cruel”, destacando que se trata de “una familia destruida: una madre enferma, un hijo detenido y un Estado que niega la compasión”. Según Sujú, la activista estuvo recluida más de 90 días tras las elecciones, sin atención médica adecuada, y fue liberada únicamente cuando su salud se deterioró de manera irreversible.
Enfermedad, abandono y falta de atención médica
El deterioro físico de Yenny Barrios comenzó durante su detención. De acuerdo con Sujú, la ex presa política pasó meses sin recibir atención médica oportuna, a pesar de sus síntomas graves. Solo cuando su estado se volvió crítico y requería quimioterapia, las autoridades autorizaron su traslado. “Ya era demasiado tarde —advirtió Sujú—. Fue liberada cuando su enfermedad estaba avanzada, sin recursos ni apoyo médico suficiente para sobrevivir”.
Este patrón, señaló la defensora, se repite en muchos otros casos de reclusos políticos en Venezuela, donde la negación de asistencia médica se utiliza como forma de castigo. “La muerte de Yenny no fue natural, fue consecuencia directa de la negligencia y la crueldad institucional”, afirmó.
La realidad de las cárceles venezolanas
Además de denunciar el caso de Barrios, Tamara Sujú ofreció detalles preocupantes sobre la situación en el penal El Rodeo I, donde permanecen recluidos numerosos presos políticos y extranjeros. Según explicó, el centro está dividido en tres bloques: uno destinado a reclusos foráneos y los otros dos a venezolanos.
“Tenemos reportes de al menos dos intentos de suicidio por depresión: un venezolano y un extranjero”, reveló Sujú, aludiendo a las condiciones de aislamiento y maltrato dentro del penal. También señaló que hay seis ciudadanos rusos y dos cubanos detenidos, de quienes se desconoce su identidad y las causas de su arresto. “Nadie sabe por qué están ahí ni en qué condiciones se encuentran”, advirtió.
Un reflejo del sufrimiento y la impunidad
El caso de Yenny Barrios ha reabierto el debate sobre los derechos humanos en Venezuela. Su muerte no solo representa el dolor de una madre separada de su hijo, sino también la deshumanización de un sistema que priva a los ciudadanos de justicia y dignidad.
Para organizaciones internacionales, como el Casla Institute, la historia de Yenny y Diego simboliza la represión estructural del régimen contra toda forma de disidencia. Cada testimonio, cada silencio forzado y cada pérdida revelan la magnitud del sufrimiento que se esconde tras los muros de las cárceles venezolanas.
“Ella murió esperando ver a su hijo”, concluyó Tamara Sujú. “Y su muerte debe servir como recordatorio de que en Venezuela hay madres, hijos y familias enteras que siguen esperando justicia”.



