Provocar sin atacar: cómo Estados Unidos pone a prueba a Miraflores y a la FANB

Militar retirado, Guillermo Beltrán Vielma, señala que Maduro se victimiza y evita pisar el peine. «Por ahora esos aviones hacen inteligencia electrónica, perciben información de todo el espectro electromagnético y van guardando ubicación», dijo

Los recientes sobrevuelos de aeronaves militares estadounidenses cerca de las costas venezolanas, sumados a la incautación de un buque con crudo en el Caribe, han reactivado el debate sobre la estrategia de presión que Washington ejerce contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Mientras en el discurso oficial venezolano se denuncia una provocación deliberada, analistas militares sostienen que Estados Unidos está midiendo cuidadosamente la capacidad de respuesta de Miraflores y de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), evitando por ahora un enfrentamiento directo. El escenario se mueve entre la disuasión, la inteligencia electrónica y el cálculo político, en un contexto de alta tensión regional.

Sobrevuelos como mensaje estratégico

En los últimos días, plataformas de monitoreo aéreo han registrado la presencia reiterada de aviones de combate estadounidenses en áreas próximas al Golfo de Venezuela. Estos episodios han generado cuestionamientos sobre una posible violación del espacio aéreo nacional y sobre la aparente contención de la FANB, cuya reacción se ha limitado a declaraciones públicas.

Para el teniente coronel retirado de la Aviación venezolana Guillermo Beltrán Vielma, estos movimientos no son fortuitos. A su juicio, Washington actúa en una franja calculada entre la provocación y la medición de capacidades defensivas, particularmente del sistema de radares y de la defensa antiaérea venezolana. Según su análisis, el gobierno de Maduro opta por una narrativa de denuncia internacional mientras evita cualquier acción que pueda detonar una escalada militar de consecuencias imprevisibles.

Disuasión e inteligencia sin cruzar la línea

Beltrán Vielma explica que los vuelos cercanos cumplen un doble objetivo. Por un lado, envían un mensaje de disuasión al aproximarse al límite del territorio; por otro, permiten recolectar información de inteligencia electrónica. En su interpretación, las aeronaves estadounidenses “tocan el timbre” del adversario sin ingresar al “porche”, es decir, sin cruzar formalmente el umbral del espacio aéreo soberano.

El exmilitar recuerda que el mar territorial venezolano se extiende hasta doce millas náuticas desde la costa, y que más allá existe una zona adyacente donde el sobrevuelo no constituye necesariamente una violación. Desde su experiencia, los aviones norteamericanos han operado en ese margen, captando datos del espectro electromagnético y evaluando posibles respuestas.

La postura oficial de Defensa

El ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, se refirió al incidente del 9 de diciembre, cuando Flightradar24 registró la presencia de cazas F-18 Super Hornet y un avión de guerra electrónica EA-18G Growler en el Golfo de Venezuela. Sin afirmar explícitamente que se trató de una incursión, calificó el hecho como un “intento de intimidación”.

Padrino aseguró que la FANB cuenta con capacidad para defender el espacio aéreo y rechazó lo que denominó “operaciones psicológicas”. Sin embargo, su declaración evitó una denuncia directa de violación territorial, una cautela que contrasta con la postura de otros actores.

Debate sobre soberanía en el Golfo

El Consejo Venezolano de Relaciones Internacionales (Covri) sostuvo que sí se produjo una violación del espacio aéreo. En un comunicado, recordó que el Golfo de Venezuela es una bahía histórica donde el país ha ejercido soberanía de manera continua. Además, citó el Acuerdo de Cooperación Militar, Naval y Aérea firmado en 1942 entre Caracas y Washington, que reconoce la responsabilidad venezolana de vigilar esa zona.

Desde otra óptica, el internacionalista Víctor Mijares advirtió que el tratamiento del Golfo como aguas internacionales, sin una respuesta militar ni una protesta diplomática firme, podría interpretarse como aquiescencia, debilitando los reclamos históricos de soberanía venezolana.

Un termómetro para medir reacciones

Beltrán Vielma describe estos episodios como un “termómetro” estratégico. Estados Unidos observaría si Venezuela activa radares, despliega aeronaves o lanza misiles. La ausencia de respuesta operativa sería leída como una señal de debilidad. En su opinión, la FANB carece actualmente de capacidad aeronaval para interceptar o enfrentar a la aviación estadounidense, resultado de años de deterioro institucional y falta de inversión en defensa.

El factor petróleo y la presión económica

La incautación de un buque con crudo venezolano en el Caribe añadió un nuevo elemento a la tensión. Washington justificó la medida alegando violaciones a sanciones internacionales y vínculos con redes criminales. Miraflores calificó el hecho como un “robo descarado” y anunció denuncias ante instancias internacionales.

Como respuesta adicional, el gobierno venezolano dio por terminado el acuerdo gasífero con Trinidad y Tobago, acusando al país de facilitar operaciones estadounidenses. Para analistas como Beltrán Vielma, esta acción refuerza la tesis de una estrategia integral de provocación destinada a forzar un error político o militar del chavismo.

Escalada contenida y cálculo político

El exoficial no descarta que factores recientes, como la salida del país de María Corina Machado, puedan acelerar los acontecimientos. Sin embargo, sostiene que Washington apuesta primero a un quiebre interno antes de pasar a una fase más agresiva. Bajo esa lógica, la presión militar, económica y psicológica se incrementa sin llegar, por ahora, a un ataque directo.

Los sobrevuelos de aeronaves estadounidenses y la incautación de petróleo configuran una estrategia de presión cuidadosamente dosificada. Estados Unidos provoca sin atacar, mide sin cruzar líneas y acumula información mientras mantiene el control de la escalada. Miraflores, por su parte, oscila entre la denuncia internacional y la contención operativa, consciente de que una reacción precipitada podría encender un conflicto de consecuencias inciertas. En ese delicado equilibrio, el Caribe se ha convertido en el tablero donde se ensaya un pulso geopolítico de alto riesgo.

Con información de Efecto Cocuyo

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad