La salida de Maduro abrió una oportunidad pero Venezuela no será libre si cambia un mando por otro y conserva intacta la estructura autoritaria
Venezuela entre Fuenteovejuna y casas muertas | Por el Dr. José Antonio Rangel Barón

El autor es: Abogado Exdiplomático Analista internacional

Cuando una familia se divide, la casa entera entra en crisis. Se pierde la confianza, cada integrante defiende su parcela y quienes observan desde afuera encuentran espacio para aprovecharse de la debilidad común. Algo semejante ocurre en Venezuela. Nuestra República continúa atrapada entre ambiciones internas, intereses externos y una fragmentación que impide convertir el deseo de libertad en una dirección nacional compartida.

El problema no es la diversidad democrática. Una nación plural necesita partidos, organizaciones sociales, sindicatos, iglesias, universidades y ciudadanos con ideas distintas. El peligro aparece cuando las legítimas diferencias se transforman en rivalidades personales y cada grupo antepone su cálculo al interés de la República. Entonce la política deja de ser servicio y se convierte en una disputa por posiciones.

En su última proclama, fechada en Santa Marta el 10 de diciembre de 1830, Simón Bolívar sdejó una advertencia que conserva su fuerza: «Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro». En el lenguaje de su tiempo, aquellos partidos eran también facciones enfrentadas. La frase no debe emplearse para negar el pluralismo, sino para recordar que ninguna parcialidad puede colocarse por encima de la patria.

La lección de Fuenteovejuna

La obra de Lope de Vega, escrita a comienzos del siglo XVII y publicada en 1619, convirtió a un pueblo entero en protagonista. Frente a los abusos del Comendador, sus habitantes deciden responder con una sola voz. El texto contiene la exhortación «Concertaos todos a una» y la respuesta colectiva «Fuente Ovejuna lo hizo». De allí nació la fórmula popular todos a una.

La enseñanza que Venezuela necesita no es una invitación a la violencia. Es una lección de solidaridad cívica, responsabilidad compartida y defensa común frente al abuso. Estar unidos no significa pensar igual ni silenciar la crítica. Significa reconocer una prioridad superior y acordar un camino democrático para alcanzarla.

Esa unidad debe partir de la realidad política y social, no de la conveniencia de las élites. María Corina Machado representa hoy el liderazgo opositor con mayor conexión popular y claridad frente al país. Desconocerlo, disminuirlo o intentar sustituirlo mediante arreglos de cúpula solo prolongaría la dispersión. Reconocer ese liderazgo tampoco supone un culto personal. Significa ponerlo al servicio de una causa más amplia, capaz de integrar a trabajadores, estudiantes, empresarios, organizaciones civiles, partidos democráticos y a la diáspora venezolana.

La advertencia de Casas muertas

En 1955, Miguel Otero Silva publicó Casas muertas. La novela retrata el lento derrumbe de Ortiz, un pueblo de los llanos centrales castigado por el paludismo, el abandono y la emigración hacia las nuevas zonas petroleras. Las viviendas vacías no son un simple decorado. Representan la desaparición de una comunidad y la ruptura de sus vínculos.

Hoy esa imagen vuelve con una fuerza dolorosa. Venezuela está llena de hogares separados, pueblos envejecidos y familias repartidas por el mundo. Cada casa cerrada contiene una ausencia; cada profesional que partió, cada joven sin horizonte y cada abuelo que quedó esperando revelan el costo humano de la destrucción institucional. Un país no muere solamente cuando caen sus edificios. También muere cuando sus habitantes dejan de imaginar un futuro común.

La salida de Maduro no basta

La salida de Nicolás Maduro del poder en enero de 2026 abrió una brecha en la continuidad del régimen. Fue un hecho de enorme alcance, pero no equivale por sí mismo a la liberación nacional. Si la estructura autoritaria conserva los controles fundamentales, si una figura del mismo aparato administra el Estado sin legitimidad popular y si las decisiones esenciales se negocian al margen de los ciudadanos, Venezuela corre el riesgo de cambiar de mando sin cambiar de sistema.

La transición democrática exige reglas claras, libertad para los presos políticos, garantías para el regreso de los exiliados, instituciones independientes y una ruta electoral auténtica, verificable y pacífica. La comunidad internacional puede acompañar y ofrecer garantías, pero no debe sustituir la voluntad soberana de los venezolanos. Las potencias actúan conforme a sus intereses; corresponde a la nación defender los suyos con madurez y unidad.

Venezuela necesita un acuerdo nacional mínimo que coloque por encima de las candidaturas y de los partidos la recuperación del Estado de derecho, la vigencia de los derechos humanos, la legitimidad democrática y la reconstrucción económica y social. Ese acuerdo debe reconocer el liderazgo que existe, abrir espacios a todos los sectores democráticos y cerrar el paso a quienes pretenden convertir la transición en una nueva repartición del poder.

Todo el pueblo a una

Nuestro país se encuentra entre dos imágenes. Puede resignarse a ser una extensión de las casas muertas, vacías de ciudadanos, instituciones y esperanza. O puede recuperar la fuerza cívica de Fuenteovejuna y actuar con una sola voluntad frente a la tiranía, la tutela extranjera y la ambición de quienes confunden liderazgo con propiedad.

La unidad que reclamamos no es una fotografía, una consigna ni un pacto de conveniencias. Es una conducta nacional. Requiere generosidad de los dirigentes, firmeza de los ciudadanos y un compromiso inequívoco con la soberanía popular. Venezuela no necesita otro amo. Necesita instituciones legítimas, una transición constitucional y un pueblo consciente de que nadie salvará la República si sus propios hijos no la defienden juntos.

¡FUENTE OVEJUNA!
¡TODOS A UNA…!

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