
El drama de los desplazados por los terremotos en Venezuela continúa creciendo un mes después de los dos sismos de magnitudes 7,2 y 7,5 que devastaron gran parte del litoral central. La emergencia no solo dejó miles de víctimas y edificios colapsados; también obligó a numerosas familias a abandonar sus hogares para refugiarse en otras regiones del país o incluso cruzar la frontera.
Muchos sobreviven hoy en viviendas prestadas, casas de familiares o refugios improvisados mientras intentan decidir si algún día regresarán a La Guaira o si deberán reconstruir definitivamente sus vidas lejos del lugar donde crecieron.
Desplazados por los terremotos en Venezuela buscan reconstruir su vida lejos del litoral
La pérdida de una vivienda suele representar mucho más que un daño material. Para miles de venezolanos, el doble terremoto significó dejar atrás recuerdos, empleos, vecinos y proyectos construidos durante décadas.
En las horas posteriores al desastre, muchas familias recogieron únicamente la ropa que pudieron rescatar, algunos documentos personales y pocas pertenencias antes de abandonar la costa.
Los destinos fueron diversos. Lara, Zulia, Miranda, Portuguesa, Anzoátegui, Táchira y otros estados comenzaron a recibir a sobrevivientes que buscaban un lugar donde pasar la noche mientras las autoridades evaluaban los daños.
El desplazamiento ocurrió de manera acelerada y, en la mayoría de los casos, sin una planificación previa. Los familiares se convirtieron en la primera red de apoyo para quienes llegaron sin recursos económicos, sin empleo y con profundas secuelas emocionales.
Karen Labrador forma parte de esas historias. Después de vivir durante 19 años en Catia La Mar, abandonó la ciudad junto con su pareja y sus cuatro hijos apenas un día después del terremoto.
Los rumores sobre un posible tsunami aceleraron su decisión de salir. Hoy reside en Maracaibo junto a su madre, su hermana y otros familiares.
Aunque agradece haber sobrevivido, admite que la posibilidad de regresar a La Guaira le produce miedo.
Su testimonio refleja una sensación compartida por muchas personas desplazadas. El paso de las semanas no ha reducido el impacto psicológico.
Para Karen, cada recuerdo la transporta nuevamente al momento del terremoto. La pérdida de vecinos y amigos hace todavía más difícil imaginar un retorno.
En Barquisimeto ocurrió una situación similar.
Eddy Mora coordinó la salida de emergencia de 19 integrantes de su familia, quienes permanecieron varios días durmiendo en carpas antes de trasladarse hacia Lara.
Cuando llegaron a la vivienda de unas sobrinas tuvieron que dividir el grupo en dos espacios para evitar el hacinamiento.
La reubicación permitió encontrar seguridad, pero no resolvió los problemas cotidianos.
Compartir una casa con varias familias implica reorganizar habitaciones, horarios, alimentación y gastos. Además, muchas personas perdieron su fuente de ingresos y ahora dependen parcialmente de la solidaridad de sus familiares.
Greisbel Zerpa, también instalada en Barquisimeto, explicó que uno de los mayores desafíos consiste en ayudar a los niños a superar el trauma.
Los pequeños reaccionan con miedo ante sonidos fuertes, alarmas o movimientos inesperados.
La experiencia alteró su rutina, modificó sus juegos y cambió la manera en que perciben los espacios donde viven.
Los especialistas coinciden en que los menores procesan las tragedias de forma distinta a los adultos. Algunos manifiestan ansiedad mediante llanto, dificultades para dormir o temor a separarse de sus padres.
Estas secuelas demuestran que el desplazamiento no termina cuando una familia encuentra un techo provisional. La recuperación emocional puede extenderse durante meses o incluso años.
Sobrevivientes enfrentan el peso del trauma y la decisión de volver
Los terremotos también despertaron recuerdos de tragedias anteriores entre quienes sobrevivieron al deslave de Vargas de 1999.
Luisa Ortiz representa uno de los casos más dramáticos.
La mujer, de 63 años, sobrevivió al deslave, posteriormente enfrentó otra vaguada y ahora logró salir con vida del colapso del edificio OPP 25, en Tanaguarena.
El 24 de junio permanecía sola en su apartamento cuando la estructura cedió.
Mientras hablaba por teléfono con una amiga, el edificio se desplomó. Su interlocutora murió junto con su esposo.
Luisa quedó atrapada bajo los escombros.
Con esfuerzo logró abrir un pequeño espacio entre el concreto para respirar y esperar ayuda hasta que tres niños de la comunidad consiguieron rescatarla.
Sus tres hijas y dos nietos también habitaban el edificio. Todos sobrevivieron, aunque perdieron absolutamente todo.
Hoy vive en Araure, estado Portuguesa, donde permanece alojada en la casa de una sobrina mientras acondicionan una antigua residencia oficial.
Su decisión resulta definitiva.
«No quiero nada en La Guaira», afirma.
Después de enfrentar tres grandes desastres naturales, considera que no volverá al litoral.
En Anzoátegui aparecen testimonios similares.
Francisco Quijada abandonó La Guaira rumbo a Carúpano después de que las escaleras de su edificio se fracturaran durante el terremoto.
Su hijo de nueve años cayó por el vacío que dejó la estructura y sobrevivió de manera casi milagrosa.
Ahora su principal objetivo consiste en establecerse definitivamente en esa ciudad y recuperar la independencia económica de su familia.
Gerardo Morales también decidió marcharse.
El septuagenario observó desde su vivienda cómo varios edificios colapsaban mientras abrazaba a sus hijos.
Él y su esposa ya habían sobrevivido al deslave de 1999.
Hoy consideran que permanecer lejos del litoral representa la mejor alternativa para protegerse.
José Romero, instalado temporalmente en Puerto La Cruz, reconoce que el miedo todavía acompaña a toda su familia.
A pesar de ello, mantiene la esperanza de regresar algún día.
Su reflexión resume otra realidad presente entre los desplazados.
Muchas personas desean volver porque mantienen un fuerte vínculo con su comunidad, aunque reconocen que necesitarán tiempo para recuperar la confianza.
La tragedia también fortaleció los lazos familiares y comunitarios.
José considera que la experiencia dejó una enseñanza relacionada con la solidaridad y el apoyo mutuo frente a situaciones extremas.
El arraigo y la incertidumbre marcan el futuro de miles de familias
No todos los desplazados desean establecerse definitivamente lejos del litoral.
Entre los más jóvenes predomina, en muchos casos, un fuerte sentimiento de pertenencia hacia La Guaira.
Yarmarilyn Liendo, de apenas 21 años, vivía en Caraballeda junto a su esposo y su hijo cuando los sorprendió el terremoto durante la celebración de los tambores de San Juan.
La familia corrió hacia la montaña mientras el polvo cubría completamente las calles.
El edificio donde residían quedó inhabitable y el pequeño negocio de comida rápida que representaba su principal fuente de ingresos desapareció.
Actualmente viven en Ocumare del Tuy, dentro de la casa de su suegra.
Allí conviven once personas pertenecientes a cuatro familias diferentes.
El espacio resulta reducido, pero ofrece protección mientras encuentran una solución más estable.
Las dificultades económicas complican todavía más la situación.
Ni Yarmarilyn ni su esposo tienen empleo.
El local donde él trabajaba volvió a abrir en La Guaira, pero la distancia y los costos del transporte hacen imposible mantener ese trabajo.
Pese a todo, la joven mantiene intacto su deseo de regresar.
Quiere reconstruir su vida en el lugar donde creció, estudiar, trabajar y criar a su hijo en su tierra natal.
Su petición a las autoridades consiste en recibir una vivienda dentro del litoral central y un programa de apoyo más organizado para quienes permanecen desplazados.
El desplazamiento también comienza a extenderse fuera del país.
Wilmer Suárez y su esposa, Diani González, emprendieron viaje hacia Cúcuta después de vivir una experiencia que cambió completamente su percepción de la tragedia.
Aunque su vivienda en Caracas no sufrió daños graves, Wilmer participó durante los primeros días en las labores de rescate en La Guaira.
Las escenas que presenció marcaron profundamente a la familia.
Según su relato, muchas personas pudieron haber sobrevivido si la maquinaria pesada hubiese llegado con mayor rapidez.
Su testimonio expresa además el descontento de algunos sobrevivientes con la respuesta durante las primeras jornadas posteriores al terremoto.
Diani reconoce que el dolor continúa acompañándola.
Cada noche piensa en los niños que perdieron a sus padres y espera que las instituciones logren ofrecer respuestas a quienes quedaron sin hogar.
Estas historias muestran que el terremoto provocó una nueva forma de desplazamiento interno en Venezuela.
Miles de personas no abandonaron sus comunidades por razones económicas ni por la inseguridad, sino porque la destrucción eliminó sus viviendas y alteró completamente su entorno.
El regreso dependerá de múltiples factores: la reconstrucción de las ciudades, las oportunidades de empleo, la recuperación emocional y la confianza en que los edificios volverán a ser seguros.
Para otros, el retorno dejó de ser una opción.
Los desplazados por los terremotos en Venezuela enfrentan hoy uno de los momentos más complejos de sus vidas. Algunos sueñan con reconstruir sus hogares en La Guaira; otros prefieren comenzar desde cero en otra ciudad o incluso fuera del país. Todos comparten una misma realidad: el doble terremoto transformó su presente y los obligó a tomar decisiones que definirán el futuro de sus familias durante muchos años.
Con información de El Pitazo




