Sobrevivientes de los terremotos enfrentan amputaciones, diálisis y un largo camino hacia la recuperación

En apenas dos semanas, explica el doctor Dairo Negrete, en el Hospital Domingo Luciani se brindó atención a más de 700 sobrevivientes de la tragedia y el equipo de traumatología intervino quirúrgicamente a más de 200 pacientes

Los sobrevivientes de los terremotos que sacudieron a Venezuela el pasado 24 de junio continúan enfrentando una batalla que no terminó con el rescate entre los escombros. Para cientos de pacientes, el verdadero desafío comenzó al ingresar a los hospitales, donde equipos multidisciplinarios luchan diariamente para tratar lesiones complejas, insuficiencia renal, amputaciones y profundas heridas emocionales.

Mientras las cifras de fallecidos reflejan la magnitud de la tragedia, en las salas de traumatología y cuidados intensivos se escriben historias de resistencia, sacrificio y esperanza que muestran el enorme esfuerzo de médicos y pacientes por reconstruir vidas marcadas para siempre por el desastre.

Sobrevivientes de los terremotos desafían las secuelas físicas más graves del desastre

La emergencia transformó en pocos minutos el funcionamiento de los principales hospitales del país. Uno de los centros que asumió un papel fundamental fue el Hospital Dr. Domingo Luciani, en El Llanito, donde el Servicio de Traumatología y Ortopedia recibió a cientos de lesionados provenientes tanto de Caracas como de La Guaira.

El doctor Dairo Negrete, residente de tercer año de Traumatología y Ortopedia, recuerda que el terremoto sorprendió al personal médico en un día festivo. Sin esperar instrucciones, numerosos especialistas acudieron voluntariamente al hospital al comprender la magnitud de la emergencia.

En apenas dos semanas, el complejo hospitalario atendió a más de 700 personas y el equipo de traumatología realizó más de 200 procedimientos quirúrgicos. Las primeras intervenciones estuvieron dirigidas a estabilizar fracturas expuestas, controlar hemorragias y reparar lesiones ocasionadas por concreto, vidrio y estructuras colapsadas.

Sin embargo, rápidamente aparecieron complicaciones mucho más complejas. Muchos pacientes permanecieron atrapados durante horas bajo toneladas de escombros, situación que provocó severos daños musculares y alteraciones circulatorias que comprometían la supervivencia de las extremidades.

Los médicos identificaron numerosos casos de síndrome compartimental, una urgencia quirúrgica que exige actuar en pocas horas para evitar lesiones irreversibles. Cuando la presión dentro del músculo aumenta debido al aplastamiento, arterias, nervios y venas dejan de funcionar correctamente. Si el tejido permanece sin irrigación durante demasiado tiempo, los especialistas deben intervenir de inmediato para liberar la presión.

En otros pacientes, el tiempo prolongado bajo los escombros produjo el denominado síndrome de aplastamiento, una complicación mucho más amplia que afecta a todo el organismo. La destrucción muscular libera sustancias tóxicas que, al restablecerse la circulación sanguínea durante el rescate, alcanzan rápidamente los riñones, el corazón y otros órganos vitales.

Esta condición obliga a iniciar hidratación intensiva incluso antes de extraer completamente a la víctima y, en numerosos casos, requiere sesiones de diálisis para compensar la insuficiencia renal aguda provocada por la lesión.

Cuando los estudios médicos confirman que una extremidad perdió completamente su viabilidad y representa un riesgo para la vida del paciente, la amputación se convierte en la única alternativa para impedir una falla multiorgánica.

Cada decisión tomada en el quirófano representa un delicado equilibrio entre preservar una extremidad y salvar una vida.

Historias de dolor, fortaleza y esperanza dentro de las salas hospitalarias

Detrás de cada intervención quirúrgica existe una historia profundamente humana.

Una de ellas es la de Bryan da Conceicao, de 34 años, quien regresó desde Chile para reencontrarse con su familia después de nueve años viviendo en el extranjero. Apenas cuarenta y ocho horas después de llegar a Venezuela, quedó atrapado junto a su padre bajo los escombros de una panadería en Marina Grande.

Su padre falleció durante el derrumbe. Bryan permaneció veintisiete horas sepultado mientras esperaba que los rescatistas lograran abrirse paso entre el concreto.

Cuando finalmente ingresó al Hospital Domingo Luciani, los especialistas comprobaron que la prolongada compresión había destruido completamente los músculos y vasos sanguíneos de ambas piernas. La única posibilidad de salvar su vida consistía en realizar una amputación bilateral.

Mientras enfrentaba las consecuencias físicas del accidente, recibió otra noticia devastadora: su madre, su hermana y su sobrino también habían fallecido durante el colapso de otro edificio en Playa Grande.

Hoy, su habitación refleja una mezcla de dolor y esperanza. Las paredes exhiben mensajes enviados por amigos, dibujos, fotografías y estampas religiosas que acompañan cada jornada de recuperación.

Bryan reconoce que aceptar la pérdida de sus piernas constituye uno de los mayores desafíos de su vida, especialmente porque siempre practicó deportes y llevaba una vida activa. Sin embargo, también afirma que el apoyo recibido por familiares, médicos, psicólogos y personas que han vivido experiencias similares le ha permitido mantener la fortaleza necesaria para continuar.

Su caso representa apenas uno de los muchos rostros visibles de una tragedia que dejó a decenas de pacientes enfrentando amputaciones, tratamientos prolongados y procesos de rehabilitación que podrían extenderse durante años.

Los médicos también atendieron personas con fracturas múltiples, lesiones vertebrales, heridas profundas, daños nerviosos y complicaciones renales que requieren seguimiento permanente.

Junto a la recuperación física aparece otro reto igualmente complejo: el impacto psicológico. Muchos sobrevivientes no solo perdieron parte de su movilidad, sino también familiares, viviendas, empleos y proyectos construidos durante toda una vida.

La recuperación apenas comienza para cientos de familias venezolanas

Aunque la fase más crítica de la emergencia quedó atrás, el trabajo hospitalario continúa desarrollándose a un ritmo intenso.

Traumatólogos, nefrólogos, intensivistas, fisiatras, psicólogos, enfermeros y terapeutas trabajan de manera coordinada para ofrecer una atención integral que permita recuperar la mayor calidad de vida posible.

Las sesiones de rehabilitación física comenzaron para muchos pacientes incluso antes de abandonar el hospital. Recuperar fuerza muscular, aprender a utilizar prótesis o readaptarse a nuevas condiciones de movilidad constituye un proceso largo que exige acompañamiento constante.

Al mismo tiempo, especialistas en salud mental ayudan a los sobrevivientes a enfrentar cuadros de ansiedad, depresión y estrés postraumático derivados de la experiencia vivida durante el terremoto.

En las habitaciones del Hospital Domingo Luciani abundan pequeños símbolos de esperanza: cartas escritas por niños, dibujos, imágenes religiosas y mensajes de familiares que recuerdan a los pacientes que no están solos durante este proceso.

Los profesionales sanitarios coinciden en que el verdadero desafío no termina cuando el paciente abandona el quirófano. La recuperación integral requiere atención médica continua, medicamentos, apoyo psicológico, fisioterapia, asistencia social y programas que faciliten la reinserción laboral de quienes han sufrido amputaciones u otras discapacidades permanentes.

La experiencia acumulada durante las semanas posteriores al desastre también dejó importantes enseñanzas para el sistema sanitario venezolano. La coordinación entre diferentes especialidades permitió salvar numerosas vidas que enfrentaban lesiones extremadamente complejas.

Sin embargo, los especialistas advierten que cientos de sobrevivientes necesitarán atención durante meses e incluso años para superar las consecuencias del terremoto. Su recuperación dependerá no solo del trabajo de los equipos médicos, sino también del respaldo de sus familias, las organizaciones humanitarias y una sociedad que hoy acompaña a quienes buscan reconstruir sus vidas después de una de las mayores tragedias registradas en la historia reciente de Venezuela.

Con información de EFE

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