
El reconocimiento de cuerpos en Venezuela se ha convertido en una nueva fuente de angustia para las familias que todavía buscan a sus seres queridos bajo los escombros dejados por los terremotos del 24 de junio. En La Guaira, la zona más golpeada por el desastre, decenas de máquinas comenzaron a retirar estructuras colapsadas mientras continúan las labores para localizar restos humanos.
Los familiares temen que las excavadoras, retroexcavadoras y otros equipos pesados fragmenten los cuerpos o alteren elementos que resultan esenciales para establecer identidades, reconstruir las circunstancias de cada fallecimiento y permitir una despedida digna.
Reconocimiento de cuerpos en Venezuela exige protocolos durante la remoción
En las zonas devastadas se desarrollan dos tipos de operaciones que, aunque parecen similares, responden a objetivos distintos.
La primera busca remover partes de las estructuras para abrir espacios seguros por donde puedan ingresar rescatistas, voluntarios y familiares que participan en la localización de personas desaparecidas.
La segunda consiste en retirar completamente los restos de edificios que ya colapsaron o que presentan daños irreversibles.
La diferencia resulta fundamental porque una demolición sin controles puede afectar la recuperación de cuerpos que todavía permanecen entre columnas, paredes, muebles y fragmentos de concreto.
Cuando una máquina localiza restos humanos, la operación debería detenerse de inmediato. Después, especialistas forenses y equipos de rescate tendrían que asumir el procedimiento para evitar pérdidas de evidencia y reducir el deterioro.
Sin embargo, familiares y vecinos denuncian que no siempre existe una coordinación clara entre las cuadrillas de Obras Públicas, los operadores de maquinaria, los rescatistas civiles y las autoridades responsables de la identificación.
Gabriela Pérez, habitante de una de las áreas afectadas, afirmó que las máquinas avanzan con rapidez porque resulta más sencillo demoler que desarrollar una búsqueda cuidadosa.
Según su testimonio, el movimiento de grandes cantidades de escombros puede provocar que los cuerpos aparezcan fragmentados, lo que aumenta el dolor de las familias y dificulta los análisis posteriores.
La preocupación no se limita al estado físico de los restos. También incluye la posibilidad de que prendas, documentos, joyas u objetos personales desaparezcan durante las labores.
Estos elementos pueden aportar información importante para una identificación preliminar, especialmente cuando las condiciones del cuerpo impiden un reconocimiento visual.
Yorman Antonio, quien perdió a su hijo durante el doble terremoto, aseguró que no permitirá que una máquina destruya los restos que todavía busca.
Su declaración refleja el nivel de desesperación de muchas personas que permanecen cerca de los edificios colapsados para vigilar las operaciones.
Los familiares no rechazan necesariamente el uso de maquinaria. Comprenden que los equipos pesados resultan indispensables para movilizar toneladas de concreto y abrir espacios que serían inaccesibles mediante herramientas manuales.
Lo que exigen es un método que combine rapidez, sensibilidad y supervisión profesional.
Cada avance debería contar con rescatistas atentos a cualquier señal, operadores capacitados para detenerse ante un hallazgo y funcionarios forenses preparados para iniciar inmediatamente la recuperación.
La ausencia de estos procedimientos genera enfrentamientos entre familiares y autoridades. Mientras las instituciones buscan limpiar las zonas y reducir los riesgos estructurales, quienes esperan noticias consideran que la prioridad debe seguir siendo encontrar e identificar a todas las personas desaparecidas.
La falta de una cifra consolidada profundiza la incertidumbre
El Gobierno venezolano no ha publicado hasta ahora un registro consolidado de desaparecidos, una omisión que aumenta las dudas sobre la verdadera dimensión de la tragedia.
Familiares, organizaciones civiles y voluntarios calculan que miles de personas podrían continuar bajo los escombros, aunque no existe una lista oficial que permita verificar nombres, ubicaciones y avances de las búsquedas.
La ausencia de información centralizada complica la coordinación.
Una persona puede figurar como desaparecida para su familia, aparecer como herida en un hospital y no constar en ningún sistema accesible para los parientes.
También puede ocurrir que un cuerpo llegue a una morgue sin identificación mientras sus allegados continúan buscando en la zona donde vivía.
El caso de Cristina Margarita Ramos muestra la gravedad de estas fallas.
La mujer fue rescatada con vida el 25 de junio y trasladada a un centro hospitalario. Desde entonces, su familia desconoce su paradero.
Situaciones como esta revelan que el problema no se limita a quienes permanecen bajo estructuras colapsadas. También afecta a personas trasladadas durante las primeras horas, cuando la emergencia superó la capacidad de registro y comunicación de los organismos.
La identificación requiere un sistema que conecte hospitales, morgues, refugios, cuerpos de seguridad, equipos de rescate y autoridades locales.
Cada persona encontrada debería recibir un código, una fotografía, una descripción y un registro del lugar y la hora del hallazgo.
En el caso de los fallecidos, los equipos deben preservar muestras biológicas, objetos personales y cualquier característica que pueda servir para comparar información con las familias.
Cuando los restos presentan un alto nivel de deterioro, las pruebas de ADN se convierten en una herramienta decisiva.
Para que ese proceso funcione, las autoridades necesitan tomar muestras de familiares directos, organizarlas de manera segura y mantener una cadena de custodia confiable.
Sin una base de datos central, los análisis pueden retrasarse durante semanas o meses.
La falta de balances oficiales también impide que los familiares conozcan qué sectores ya fueron revisados, dónde aparecieron restos y qué instituciones tienen bajo resguardo los cuerpos pendientes de identificación.
Esta opacidad prolonga el sufrimiento.
Javirson Mirabal lleva un mes sin información sobre su padre y su hermana. Su petición no se concentra únicamente en encontrarlos con vida, porque reconoce que el tiempo ha reducido esa posibilidad.
Ahora busca una señal que le permita despedirse y comenzar el duelo con una certeza.
Su testimonio refleja una necesidad básica: saber qué ocurrió.
La incertidumbre mantiene a las familias en un estado intermedio entre la esperanza y la resignación. No pueden asumir plenamente la muerte, pero tampoco cuentan con elementos para creer que sus parientes siguen vivos.
Ese vacío emocional se vuelve más difícil cuando las máquinas avanzan sobre los lugares donde podrían encontrarse los cuerpos.
Recuperar los restos permite iniciar un duelo digno
La identificación de una persona fallecida cumple una función jurídica, sanitaria y humana.
Desde el punto de vista legal, permite emitir un acta de defunción, resolver trámites familiares y establecer responsabilidades.
También ayuda a cerrar registros de desaparecidos y evita confusiones posteriores.
En el ámbito sanitario, el manejo adecuado de los cuerpos reduce riesgos y garantiza que cada resto reciba un tratamiento respetuoso.
Pero el aspecto más importante corresponde al derecho de las familias a despedirse.
Yoglismar Sánchez explicó que todavía intenta comprender que su madre murió. Para ella, el proceso ha resultado doloroso y difícil de asimilar.
Su experiencia muestra que incluso cuando existe una confirmación, el duelo necesita tiempo, apoyo y condiciones que permitan aceptar la pérdida.
Para quienes no han recuperado los restos, ese proceso resulta todavía más complejo.
La falta de un cuerpo impide realizar funerales, ceremonias religiosas o despedidas familiares. También mantiene abierta la posibilidad de que la persona aparezca, aunque las probabilidades disminuyan.
Los especialistas en atención a víctimas señalan que el duelo ambiguo puede causar ansiedad, culpa, insomnio y pensamientos repetitivos.
Las familias sienten que no pueden avanzar porque todavía deben buscar, preguntar y revisar listas.
Por eso, la recuperación cuidadosa de los cuerpos debe mantenerse como una prioridad incluso cuando las operaciones de rescate con vida hayan terminado.
La maquinaria pesada puede acelerar la remoción, pero debe trabajar bajo normas estrictas.
Los operadores necesitan instrucciones claras sobre la velocidad, la profundidad y la forma de mover cada bloque.
Los rescatistas deben acompañar el proceso y revisar manualmente las áreas donde aparezcan indicios.
La presencia de antropólogos forenses, médicos, odontólogos y expertos en genética también resulta indispensable para identificar restos fragmentados.
Estos profesionales pueden reconstruir perfiles biológicos a partir de huesos, piezas dentales, cicatrices, prótesis y otras características.
La información debe compararse con historias médicas, fotografías y muestras aportadas por los familiares.
El Estado también debería habilitar centros de atención donde las personas puedan reportar desaparecidos, entregar información y recibir actualizaciones verificadas.
Cada familia necesita un número de caso y un funcionario responsable de mantener el contacto.
Este sistema evitaría que los afectados tengan que recorrer hospitales, morgues y zonas de derrumbe buscando respuestas por su cuenta.
La comunicación también debe ser cuidadosa. Las autoridades no pueden crear falsas expectativas ni ofrecer información incompleta.
Cuando existe una identificación, el proceso debe incluir acompañamiento psicológico y orientación sobre los trámites siguientes.
El reconocimiento de cuerpos en Venezuela representa uno de los desafíos más sensibles que dejó el doble terremoto.
La necesidad de retirar estructuras y avanzar con la limpieza no puede imponerse sobre el derecho de las familias a recuperar e identificar a sus seres queridos.
Cada cuerpo encontrado exige una pausa, un protocolo y una investigación.
Un mes después de la tragedia, muchas personas ya no esperan un rescate con vida. Esperan una respuesta que les permita cerrar la búsqueda, realizar una despedida y comenzar a reconstruir sus vidas sin la incertidumbre de no saber dónde están sus familiares.
Con información de EFE




