Gustavo Petro y los riesgos para la democracia colombiana | Por: José Ramón Villalobos

➦ El autor es periodista venezolano y director de El Venezolano Colombia

En Colombia, la democracia siempre ha vivido en estado de tensión. Hemos sobrevivido a guerras internas, dictaduras veladas y tentaciones autoritarias. Hoy, bajo el gobierno de Gustavo Petro, vemos señales que merecen ser observadas con lupa: declaraciones erráticas, un preocupante acercamiento a Nicolás Maduro y, sobre todo, la sensación de que el presidente no concibe su paso por el poder como algo limitado al marco constitucional.

El primer síntoma es su lenguaje. Un presidente no solo gobierna con decretos y políticas: gobierna también con palabras. Petro lanza acusaciones sin pruebas, agita fantasmas de conspiraciones y ataca a las instituciones que deberían equilibrar su poder, desde la Corte Constitucional hasta la prensa independiente. Ese discurso erosiona la confianza en el sistema democrático y siembra el terreno para justificar salidas “extraordinarias”.

El segundo riesgo es su apoyo incondicional a Maduro. Mientras buena parte del continente reconoce en Venezuela un modelo fracasado, criminal y profundamente represivo, Petro insiste en presentarlo como su “aliado”, incluso lo victimiza. Esa cercanía no es gratuita: el chavismo ha demostrado que la vía para perpetuarse en el poder comienza por desacreditar a la oposición, controlar la justicia y manipular las reglas del juego electoral. Es legítimo preguntarse si ese espejo inspira hoy a Petro.

El tercer punto es más delicado: la tentación de perpetuarse. Aunque el presidente insiste en que respetará la Constitución, sus insinuaciones de que el cambio que él propone no cabe en un solo periodo siembran dudas. En América Latina hemos visto este guion demasiadas veces: un líder se proclama portador de un “proyecto histórico” y, en nombre de ese destino, fuerza la permanencia en el poder.

Colombia no puede permitirse repetir esa historia. La democracia no es perfecta, pero sus límites son los que han evitado que caigamos en el abismo del autoritarismo. Defender esos límites exige instituciones firmes, oposición vigilante y ciudadanía activa.

El mensaje es claro: Petro fue elegido presidente, no dueño de la República. Y el poder que hoy ostenta debe ser devuelto, sin excusas ni maniobras, al final de su mandato. Porque lo que está en juego no es el destino político de un hombre, sino la vigencia de nuestra democracia.

 

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