Albergues en Pereira colapsan por las lluvias mientras damnificados reclaman censos y ayudas

En donde se refugia la comunidad afectada quedó todo inundado. Reparten 1.500 platos de comida diarios

Los albergues en Pereira sufrieron graves afectaciones por las lluvias apenas ocho días después del terremoto de magnitud 7,4 que golpeó al país el pasado 10 de agosto. Numerosas familias quedaron expuestas a la intemperie, con niños mojados, carpas deterioradas y pocos plásticos para proteger los enseres que lograron rescatar de sus viviendas destruidas.

La emergencia se concentró en espacios improvisados como el parque Olaya Herrera, donde permanecen personas que perdieron sus hogares o no pueden regresar debido a los daños estructurales. Videos difundidos desde el lugar muestran a familias empapadas y objetos cubiertos de manera precaria durante el aguacero.

Los damnificados enfrentan ahora una nueva dificultad. Después de sobrevivir al movimiento telúrico y abandonar sus casas, deben protegerse de las precipitaciones sin contar con refugios suficientemente resistentes, baños adecuados o un sistema organizado para distribuir la asistencia.

Aunque ciudadanos y organizaciones de todo el país han enviado donaciones hacia los departamentos afectados, coordinadores comunitarios aseguran que una parte de esos recursos no llega con regularidad a los campamentos de Pereira. También denuncian que todavía falta un censo completo que permita conocer cuántas personas necesitan alojamiento, alimentos, medicamentos y artículos de higiene.

Algunos afectados prefieren permanecer cerca de sus propiedades porque temen que desconocidos roben las pertenencias que recuperaron. Esta decisión los mantiene en espacios vulnerables, pero también refleja la desconfianza de quienes no saben cuándo recibirán una solución habitacional o si encontrarán sus bienes cuando regresen.

Albergues en Pereira necesitan un censo y refugios seguros

Las autoridades locales reconocen que todavía no cuentan con un registro oficial completo de quienes permanecen en los campamentos improvisados. Esta ausencia dificulta la planificación porque impide calcular con precisión la cantidad de comida, agua, carpas, medicamentos y personal necesarios.

Un censo no debe limitarse a contar personas. Los equipos también necesitan identificar edades, condiciones médicas, discapacidades, embarazos, enfermedades crónicas y composición de cada familia.

Esa información permitiría priorizar a niños, adultos mayores y pacientes que requieren tratamientos continuos. También ayudaría a determinar quiénes perdieron totalmente sus viviendas, quiénes pueden regresar después de una reparación y quiénes necesitan una reubicación.

En el parque Olaya Herrera, la cantidad de damnificados superó la capacidad de los voluntarios. Anly Valentina Ramírez, encargada de la coordinación logística de rutas hacia corregimientos, veredas, municipios y calles afectadas, pidió la intervención de la Alcaldía y de la Gobernación.

Ramírez explicó que demasiadas personas se concentraron en el parque y que las condiciones no resultan adecuadas para atenderlas. Aunque los voluntarios consiguen alimentos, los niños y los adultos deben esperar su plato en un lugar expuesto a la lluvia.

Según su testimonio, en la parte baja del Olaya había carpas blancas que posteriormente retiraron. Algunas llegaron al Coliseo Menor, pero numerosos afectados permanecieron en el parque porque allí tenían garantizada una comida.

La concentración terminó por desbordar la capacidad operativa del campamento. Los coordinadores necesitan distribuir a las familias entre espacios que cuenten con protección, servicios sanitarios y condiciones mínimas de seguridad.

Trasladar a los afectados, sin embargo, requiere organización. Las autoridades deben informar el destino, garantizar transporte y permitir que cada grupo familiar conserve sus pertenencias.

También deben ofrecer medidas de vigilancia cerca de las viviendas destruidas. Si los damnificados confían en que las autoridades protegerán sus bienes, tendrán menos motivos para permanecer junto a construcciones peligrosas.

Los espacios de alojamiento temporal necesitan pisos elevados o superficies que eviten la acumulación de agua. También requieren canales de drenaje, techos resistentes, puntos de iluminación y rutas de evacuación.

Las carpas pueden resolver una urgencia durante las primeras horas, pero pierden efectividad cuando la emergencia se prolonga. El viento, la lluvia y el uso constante deterioran sus materiales.

Las autoridades deben revisar los pronósticos meteorológicos y preparar respuestas antes de cada aguacero. Reforzar los toldos, distribuir plásticos y trasladar a las personas vulnerables puede evitar una nueva exposición.

Los campamentos también necesitan responsables claramente identificados. Una coordinación única permitiría registrar las entradas, distribuir recursos, recibir denuncias y comunicar las necesidades a los organismos públicos.

La lluvia expone una pobreza que no aparece entre los escombros

Una funcionaria vinculada con la atención de la emergencia advirtió sobre una “pobreza invisible” que afecta a familias cuyas casas permanecen en pie. Estas personas no siempre aparecen en los registros de destrucción, pero perdieron sus ingresos y ya no pueden comprar alimentos.

La emergencia económica puede extenderse más allá de las zonas donde colapsaron edificaciones. Comercios cerrados, interrupciones del transporte y daños en los lugares de trabajo dejan a muchas personas sin recursos diarios.

Los trabajadores informales enfrentan una situación especialmente difícil. Quienes dependen de ventas, servicios o labores ocasionales pueden quedarse sin dinero después de varios días de inactividad.

Una vivienda sin daños visibles no garantiza que sus habitantes tengan comida. Tampoco significa que puedan pagar servicios, transporte o medicamentos durante la recuperación.

El censo necesita incorporar esta realidad. Si las autoridades solo registran a quienes perdieron sus hogares, numerosas familias vulnerables podrían quedar fuera de los programas de asistencia.

Los coordinadores calculan que distribuyen alrededor de 1.500 platos de comida diarios. Utilizan la cantidad de recipientes desechables para estimar el número de raciones, una práctica que demuestra el esfuerzo comunitario, pero también la falta de un sistema formal.

Entregar alimentos a esa escala exige cocinas, gas, agua limpia, recipientes y personal. Los voluntarios deben almacenar los ingredientes, preparar las comidas y garantizar que cada plato llegue en condiciones seguras.

Las necesidades cambian según la edad y la salud de los damnificados. En los campamentos solicitan fórmulas lácteas para niños de primera y segunda infancia, especialmente para bebés cuyas madres no pueden amamantar.

Estos productos requieren una manipulación cuidadosa. Preparar fórmulas con agua contaminada o almacenarlas sin refrigeración puede causar enfermedades, por lo que la ayuda debe incluir agua potable y orientación sanitaria.

Los responsables también piden medicamentos para diferentes condiciones. Entre los insumos mencionan insulina, analgésicos, antigripales y tratamientos para la hipertensión.

La distribución de fármacos necesita supervisión médica. Los profesionales deben verificar las dosis, el estado de cada paciente y la cadena de frío en productos como la insulina.

Las personas con enfermedades crónicas no pueden interrumpir sus tratamientos durante varios días. Una emergencia hipertensiva, una descompensación diabética o una infección respiratoria puede requerir hospitalización si el paciente no recibe atención oportuna.

Los albergues también solicitan granos y productos de higiene. Crema dental, papel higiénico, toallas sanitarias y pañales figuran entre los artículos de mayor demanda.

La falta de estos elementos afecta la dignidad y aumenta los riesgos sanitarios. Los baños saturados, la ropa mojada y la acumulación de residuos pueden favorecer infecciones.

Las mujeres y adolescentes necesitan acceso constante a productos para la higiene menstrual. Las familias con bebés o adultos dependientes requieren pañales de diferentes tallas, no solamente un tipo genérico.

Los coordinadores pidieron específicamente pañales en etapas 0, 1, 4 y 5. Este detalle muestra por qué las donaciones necesitan responder a solicitudes concretas y no limitarse a los productos que resultan más fáciles de recolectar.

La ayuda humanitaria debe llegar de forma organizada

Los afectados reclaman que las donaciones enviadas hacia otras regiones también lleguen a Pereira. Su petición no busca restar recursos a otros departamentos, sino incluir a los campamentos locales dentro de la distribución nacional.

El traslado de ayuda requiere conocer las rutas, los centros de acopio y los responsables de recibir los cargamentos. Sin esta coordinación, algunos lugares pueden acumular productos mientras otros continúan sin insumos básicos.

Los equipos logísticos deben clasificar las donaciones antes de enviarlas. Separar alimentos, medicamentos, ropa y elementos de higiene facilita la entrega y evita que los voluntarios pierdan horas abriendo cajas sin identificar.

También necesitan registrar las entradas y salidas. Un inventario ofrece transparencia, permite detectar faltantes y ayuda a planificar los siguientes despachos.

La Alcaldía de Pereira y la Gobernación de Risaralda pueden liderar un puesto de mando que integre a voluntarios, organismos de socorro, autoridades sanitarias y representantes de los damnificados.

Este espacio debería publicar balances diarios con el número de personas alojadas, las necesidades prioritarias y los recursos disponibles. La información ayudaría a orientar las campañas ciudadanas.

Las autoridades también deben separar la etapa de atención inmediata de la recuperación habitacional. Mientras ofrecen refugios seguros, necesitan evaluar las viviendas y explicar qué soluciones recibirá cada familia.

Quienes perdieron totalmente sus casas necesitarán un alojamiento de transición. Los propietarios de inmuebles reparables requieren asistencia técnica, materiales y un cronograma.

Las familias que permanecen cerca de sus bienes necesitan seguridad. La presencia institucional puede reducir el riesgo de robos y facilitar el traslado hacia lugares más apropiados.

Los niños requieren espacios protegidos para dormir, jugar y continuar temporalmente sus actividades educativas. Permanecer mojados o expuestos al frío aumenta su vulnerabilidad.

El acompañamiento psicológico también resulta fundamental. Los menores y adultos han vivido el terremoto, la pérdida de sus hogares y ahora el colapso de los refugios. Cada episodio puede profundizar el miedo y la sensación de inseguridad.

Las lluvias demostraron que los campamentos no estaban preparados para soportar condiciones meteorológicas adversas. La respuesta debe corregir esas fallas antes de la próxima precipitación.

Los voluntarios han sostenido la alimentación y la distribución de productos, pero no pueden reemplazar indefinidamente a las instituciones. La magnitud de la emergencia exige recursos públicos, personal técnico y decisiones administrativas.

Ocho días después del terremoto, los damnificados necesitan algo más que ayuda ocasional. Requieren un registro confiable, refugios resistentes y una ruta clara para recuperar sus viviendas y medios de subsistencia.

Las 1.500 comidas diarias muestran la solidaridad que existe en Pereira. Sin embargo, el aguacero reveló que la asistencia todavía carece de la estructura necesaria para proteger a todos.

La prioridad consiste en sacar a los niños, adultos mayores y pacientes de la intemperie. Después, las autoridades deberán completar el censo, organizar los insumos y garantizar que ninguna familia quede excluida por conservar una vivienda en pie.

El terremoto destruyó hogares y alteró la economía de miles de personas. Las lluvias añadieron una nueva capa de vulnerabilidad. Una respuesta coordinada puede evitar que la emergencia continúe creciendo y permitir que los damnificados comiencen una recuperación segura.

Con información de El Tiempo

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