
Por: Lilly Rángel
Hay voces que no desaparecen cuando pasa una época. Permanecen. No solo en la historia de la música latina, sino en la memoria íntima de quienes crecieron con ellas. Ricardo Montaner pertenece a esa categoría: la de los artistas cuya obra sigue habitando la vida emocional de su público mucho después de haber dejado de ser novedad.
Su caso resulta especialmente significativo para muchos venezolanos que hoy viven en Colombia y que reconocen en sus canciones una parte de su propia biografía afectiva. Montaner ha sido presentado de forma recurrente como un cantautor venezolano-argentino, una identidad que explica, en parte, la cercanía que su repertorio todavía despierta dentro y fuera de Venezuela.
Esa permanencia no se explica solo por la trayectoria ni por el lugar que ocupa dentro de la balada romántica en español. Se explica, sobre todo, por la manera en que sus canciones quedaron asociadas a momentos de vida, vínculos familiares, despedidas, amores y nostalgias compartidas por varias generaciones. En el contexto de la migración venezolana, esa relación adquiere un espesor distinto. La música deja de ser únicamente recuerdo y se convierte también en continuidad: una forma de seguir tocando emocionalmente aquello que quedó atrás.
Por eso, su regreso a Bogotá tiene una resonancia que va más allá del espectáculo. En una ciudad donde confluyen tantas historias atravesadas por el desarraigo, la adaptación y la reconstrucción de la vida lejos del país de origen, la presencia de Montaner puede leerse también como el retorno de una voz familiar.
No solo vuelve un artista; vuelve un repertorio que, para muchos, ha funcionado como refugio, compañía y continuidad emocional. Allí radica buena parte del peso simbólico de estas presentaciones.
La respuesta del público parece confirmar que ese vínculo sigue intacto. La programación oficial del Movistar Arena dio paso a una segunda fecha tras la alta demanda registrada por la primera, una señal de que la relación entre Montaner y su audiencia continúa viva en un panorama musical dominado por la velocidad, la rotación constante y el consumo fugaz. Más que un gesto nostálgico, esa respuesta sugiere la vigencia de una obra que todavía logra convocar desde la emoción compartida.
También influye el contexto en que ocurre este regreso. Después de haber anunciado en 2023 una pausa temporal de los escenarios para concentrarse en la escritura, la grabación y su vida familiar, esta nueva etapa adquiere, naturalmente, una dimensión de reencuentro. La gira, titulada “El Último Regreso Tour”, se apoya además en un repertorio que incluye canciones como “Te quiero”, “Déjame llorar”, “Me va a extrañar”, “Tan enamorados” y “Bésame”, títulos que forman parte de una memoria musical ampliamente compartida en América Latina.
Más allá de la industria y de la agenda cultural, lo que este momento vuelve visible es la persistencia de ciertos artistas en la experiencia emocional de su público. Ricardo Montaner sigue ocupando ese lugar. Uno donde la canción no funciona solo como entretenimiento, sino como puente entre pasado y presente, entre país de origen y país de llegada, entre intimidad y memoria colectiva. En tiempos de consumo rápido, esa permanencia también dice algo sobre la necesidad de ciertas voces: no pasan del todo porque, en realidad, nunca se fueron.
Las presentaciones en Bogotá forman parte de “El Último Regreso Tour” y están previstas para el 8 y 9 de abril en el Movistar Arena. Las entradas están disponibles a través de Tuboleta, y la organización del evento figura a cargo de Fenix Entertainment Group Colombia S.A.S.




