
Los escombros de los terremotos que dejaron los sismos del 24 de junio en La Guaira representan uno de los mayores desafíos de la etapa de recuperación. Mientras continúan las labores de búsqueda entre edificios colapsados y estructuras que aún esperan una evaluación técnica, comienza a surgir una pregunta que podría definir buena parte del futuro ambiental de la región: ¿qué hacer con las miles de toneladas de concreto, acero, ladrillos y otros materiales que cubren amplias zonas del litoral?
A primera vista, transportar esos residuos hasta el mar podría parecer una solución rápida para despejar calles y acelerar la reconstrucción. Sin embargo, especialistas en ingeniería ambiental y biología marina sostienen que esa decisión tendría consecuencias mucho más graves que el problema que intenta resolver.
La exploradora y divulgadora científica Karen Brewer Carías explica que utilizar el mar como destino final de los escombros no solo afectaría a la naturaleza, sino también a la economía local, la pesca artesanal, el turismo y la salud de quienes viven en las comunidades costeras.
El debate cobra relevancia porque cerca de 200 edificaciones sufrieron colapsos totales en La Guaira, mientras numerosos inmuebles permanecen bajo inspección para determinar si también deberán demolerse. Eso significa que durante los próximos meses será necesario retirar una cantidad extraordinaria de materiales de construcción.
La experiencia internacional demuestra que la gestión de residuos después de un terremoto constituye una de las etapas más complejas de cualquier proceso de reconstrucción. No basta con retirar los restos de edificios destruidos; también resulta indispensable decidir dónde depositarlos sin generar un nuevo impacto ambiental.
Escombros de los terremotos pueden alterar el equilibrio del mar durante décadas
Uno de los principales argumentos de los especialistas tiene relación con la composición de los materiales de construcción.
Aunque muchas personas imaginan que un edificio derrumbado deja únicamente piedras y tierra, la realidad es mucho más compleja. El concreto incorpora cemento, cal, aditivos químicos y diferentes compuestos industriales que modifican las propiedades del agua cuando entran en contacto con el ambiente marino.
Karen Brewer Carías señala que esos componentes elevan el nivel de alcalinidad y alteran el pH del agua, una condición que afecta organismos adaptados durante miles de años a un equilibrio químico muy específico.
A ello se suman restos de pinturas, aceites, solventes, aislantes y metales pesados presentes en muchas construcciones modernas. Estas sustancias pueden liberarse lentamente y permanecer durante largos períodos en el ecosistema costero.
Pero la contaminación química constituye solo una parte del problema.
El polvo extremadamente fino que producen el concreto y el yeso permanece suspendido durante un tiempo considerable antes de depositarse en el fondo marino. Mientras eso ocurre, disminuye la penetración de la luz solar.
La reducción de luz afecta directamente la fotosíntesis que realizan las algas marinas, organismos fundamentales para el funcionamiento del ecosistema.
Cuando finalmente ese material se deposita sobre el fondo, cubre arrecifes coralinos, esponjas y otros organismos bentónicos que sirven de refugio y zona de reproducción para numerosas especies de peces.
Los expertos advierten que recuperar un arrecife dañado puede tomar décadas, incluso si desaparece la fuente de contaminación.
Por esa razón, muchas estrategias internacionales de reconstrucción priorizan impedir que los residuos lleguen a ambientes marinos o ecosistemas particularmente sensibles.
Las consecuencias también alcanzarían la economía y la salud pública
El impacto no terminaría en la biodiversidad.
Brewer Carías explica que arrojar grandes cantidades de concreto modifica la forma del fondo marino cuando la operación se realiza sin estudios hidráulicos especializados.
Ese cambio altera la dirección natural de las corrientes costeras y modifica la manera en que rompen las olas sobre las playas.
Como consecuencia, algunas zonas comienzan a erosionarse con mayor rapidez.
En términos prácticos, el mar empieza a retirar arena de determinados sectores y aumenta la vulnerabilidad de carreteras, viviendas e infraestructuras construidas cerca de la costa.
Ese proceso representa un riesgo adicional para una región que deberá reconstruir buena parte de sus servicios públicos e instalaciones turísticas.
La pesca artesanal también sufriría un impacto importante.
Bloques de concreto reforzados con vigas metálicas permanecerían sumergidos a poca profundidad y se convertirían en obstáculos difíciles de identificar desde pequeñas embarcaciones.
Las redes podrían romperse con facilidad y los motores correrían mayor riesgo de sufrir daños, incrementando los costos para cientos de pescadores que dependen diariamente del mar para obtener ingresos.
El turismo tampoco escaparía a esas consecuencias.
Playas con estructuras sumergidas, agua más turbia y ecosistemas deteriorados perderían parte de su atractivo para visitantes nacionales e internacionales, afectando una actividad económica fundamental para La Guaira.
La preocupación alcanza incluso a la salud pública.
Con el paso del tiempo, el movimiento constante del oleaje fragmenta materiales como plásticos, fibras sintéticas e incluso componentes que pueden contener asbestos en edificaciones antiguas.
Esas micropartículas ingresan en la cadena alimentaria cuando peces y crustáceos las consumen.
Posteriormente llegan hasta las personas mediante el consumo de productos marinos, un fenómeno que distintos estudios científicos han documentado en diversas regiones del mundo afectadas por contaminación costera.
Qué recomiendan los especialistas para evitar un problema mayor
La alternativa planteada por Karen Brewer Carías coincide con prácticas utilizadas internacionalmente después de terremotos y otros desastres naturales.
Los residuos deben trasladarse hacia zonas especialmente acondicionadas, alejadas de la costa y de centros urbanos, donde puedan clasificarse según su composición.
Posteriormente, buena parte del concreto puede triturarse para reutilizarse como base de carreteras, rellenos de ingeniería o materiales destinados a nuevas obras civiles.
Ese modelo reduce la extracción de nuevos recursos minerales, disminuye costos de reconstrucción y limita considerablemente el impacto ambiental.
En varios países afectados por terremotos, una parte significativa de los escombros ha encontrado una segunda vida dentro de proyectos de infraestructura, evitando que millones de toneladas de residuos terminen en vertederos o ecosistemas sensibles.
Para La Guaira, esa experiencia internacional ofrece una referencia importante en medio del proceso de recuperación.
La decisión sobre el destino final de los residuos no solo influirá en la rapidez con la que avance la reconstrucción, sino también en la calidad ambiental que tendrá la región durante las próximas décadas.
El desafío consiste en retirar los escombros sin trasladar el problema al mar.
Como resume Brewer Carías, el Mar Caribe no debe convertirse en el basurero de una tragedia. Una solución aparentemente rápida podría desencadenar consecuencias mucho más difíciles y costosas de revertir que los propios daños causados por el terremoto.
Con información de El Pitazo



