Infancia perdida: niños venezolanos atrapados entre la explotación y la exclusión escolar en Trinidad y Tobago

◉ Más de 40 mil migrantes venezolanos residen en Trinidad y Tobago, pero solo unos 14 mil se encuentran registrados ante las autoridades locales

En las calles de San Fernando, en el sur de Trinidad y Tobago, la infancia se desvanece bajo el sol. Decenas de niños venezolanos, desplazados por la crisis en su país, viven entre la mendicidad y la marginación educativa. Lejos de las aulas, son utilizados por adultos que apelan a la compasión ajena para sobrevivir. La tragedia se extiende silenciosa, alimentada por la falta de políticas inclusivas y la indiferencia institucional.

Infancia bajo el sol: la explotación como destino

Las imágenes son elocuentes: pequeños acurrucados sobre el pavimento mientras un adulto pide dinero en su nombre. Esta escena, observada en avenidas y centros comerciales trinitenses, es apenas una muestra de la explotación que padecen cientos de menores migrantes.

Según Angie Ramnarine, coordinadora del Grupo de Apoyo a Migrantes de La Romaine (LARMS), la ley prohíbe expresamente utilizar a los niños para mendigar, pero su cumplimiento es casi nulo. “La normativa existe, pero su aplicación es mínima”, advierte. Niños expuestos al calor o la lluvia permanecen visibles ante una sociedad que, en muchos casos, mira hacia otro lado.

Las autoridades reconocen haber registrado 60 casos de mendicidad infantil en 2023, 24 de ellos vinculados a menores venezolanos. Sin embargo, las organizaciones locales aseguran que el número real es muy superior. La situación, agravada por la falta de documentación y recursos, empuja a familias enteras a depender de la caridad pública.

Mendigar para sobrevivir: un negocio encubierto

Detrás del drama humano se esconde una práctica lucrativa. Ramnarine denuncia que algunos adultos alquilan niños por sumas diarias que rondan los 50 dólares trinitenses, equivalentes a unos 7 dólares estadounidenses. “Los adultos ganan más cuando están acompañados de menores”, señala la activista, quien ha documentado casos de explotación sistemática.

Mientras un trabajador común obtiene unos 300 dólares trinitenses al día, quienes mendigan con niños pueden recaudar hasta el doble. En un contexto de precariedad, el abuso infantil se transforma en un medio de subsistencia que vulnera los derechos más básicos de la niñez.

Educación negada: el laberinto burocrático

La exclusión educativa agrava la situación. Muchos pequeños permanecen encerrados en sus viviendas mientras sus padres trabajan. La razón: las escuelas públicas trinitenses exigen una serie de documentos difíciles de conseguir para los migrantes.
Isabella Pérez, madre venezolana residente en San Fernando, relató que su hija de 10 años fue rechazada por no contar con los permisos requeridos. “Piden tarjeta de migrante, certificado de nacimiento traducido, cartilla de vacunas y comprobante de domicilio. No todos tenemos eso”, lamenta.

De los más de 40 mil venezolanos que residen en Trinidad y Tobago, solo unos 14 mil están debidamente registrados. En 2024, apenas 60 de los 200 niños solicitantes fueron aceptados en escuelas regulares, según datos oficiales.

Iniciativas solidarias frente al abandono

Para suplir la falta de acceso escolar, organizaciones locales y religiosas han impulsado programas alternativos. Desde 2019, el grupo LARMS, junto con la Iglesia Católica, ACNUR y Living Water Community, ha abierto escuelas para migrantes en varias localidades. Allí, los niños reciben clases de alfabetización, alimentación diaria y atención médica básica.

Gracias al programa Equal Place, más de 1.400 menores han podido continuar su educación informal, aunque miles siguen fuera del sistema. “Intentamos darles un espacio seguro, pero no sustituimos la escuela oficial”, subraya Ramnarine.

Consecuencias emocionales y un futuro incierto

A la precariedad educativa y laboral se suman secuelas psicológicas profundas. La psicóloga venezolana Livia Rincón advierte que muchos pequeños presentan ansiedad, miedo constante y pesadillas recurrentes. “Han vivido travesías marítimas peligrosas, separación familiar y rechazo social. Son niños que han perdido la confianza en el mundo”, explica.

El drama de los menores venezolanos en Trinidad y Tobago es el reflejo más doloroso del éxodo caribeño. Entre el desamparo y la indiferencia, una generación crece sin libros, sin juegos y sin esperanza, esperando que alguien —más allá de la compasión pasajera— les devuelva el derecho elemental de ser niños.

Con información de EFE

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