Entre pólvora y raquetas artesanales: los deportes tradicionales colombianos

◉ Ambas disciplinas, nacidas de raíces indígenas y campesinas, siguen practicándose con orgullo en distintas regiones del país

Colombia no solo es cuna de grandes atletas internacionales, sino también guardiana de deportes autóctonos que reflejan su identidad, historia y alegría. Dos de ellos —el Tejo, reconocido oficialmente como deporte nacional, y la Chaza, patrimonio cultural del departamento de Nariño— representan la esencia del juego tradicional, la destreza y la camaradería que caracterizan a los colombianos.

Ambas disciplinas, nacidas de raíces indígenas y campesinas, siguen practicándose con orgullo en distintas regiones del país. Más allá del entretenimiento, simbolizan la unión entre comunidades y la transmisión de costumbres que resisten el paso del tiempo.

El Tejo: explosión, precisión y tradición

El Tejo tiene sus orígenes en las culturas precolombinas del altiplano cundiboyacense, donde los pueblos muiscas lanzaban discos metálicos llamados “tejos” hacia un blanco de piedra o arcilla. Con el tiempo, el juego evolucionó hasta convertirse en una práctica nacional que combina puntería, fuerza y celebración.

El campo de juego consiste en una cancha de arcilla inclinada, en cuyo centro se coloca un bocín —un anillo metálico— rodeado de pequeños sobres de pólvora conocidos como mechas. Los jugadores lanzan el tejo desde una distancia de entre 15 y 20 metros con el objetivo de hacerlo impactar dentro del bocín o detonar las mechas, lo que genera un estruendo característico del deporte.

La puntuación se otorga según el tipo de impacto:

  • Mano: el tejo más cercano al bocín (1 punto).

  • Mecha: cuando explota una carga de pólvora (3 puntos).

  • Bocín: el tejo cae en el anillo central (6 puntos).

  • Moñona: combinación de bocín y explosión (9 puntos).

El Tejo se juega en equipo o de manera individual y, aunque tradicionalmente se acompaña con bebidas típicas y música popular, su práctica profesional se encuentra regulada por la Federación Colombiana de Tejo. Se puede disfrutar en Boyacá, Cundinamarca, Tolima, Huila y Santander, donde abundan las canchas y torneos locales.

La Chaza: orgullo nariñense y herencia del sur andino

Originaria del departamento de Nariño, la Chaza es un deporte ancestral que combina velocidad, reflejos y precisión. Se cree que proviene de antiguas prácticas de los pueblos andinos que usaban palos o piedras para golpear objetos en el aire, una actividad que luego se adaptó con herramientas más elaboradas.

En este juego se enfrentan dos equipos de tres o cuatro jugadores cada uno. Se utiliza una pelota de caucho o cuero y una especie de raqueta o paleta llamada batea, hecha de madera liviana y con una base circular. El objetivo consiste en golpear la pelota con fuerza hacia el campo contrario, procurando que el rival no pueda devolverla antes de que toque el suelo.

El terreno mide aproximadamente 70 metros de largo por 8 de ancho, y los puntos se suman cuando el equipo contrario no logra responder el golpe o envía la pelota fuera de los límites. Gana el conjunto que alcance primero el número de puntos establecidos, generalmente 25 o 30.

La Chaza se practica principalmente en los municipios de Pasto, Ipiales, Túquerres y La Unión, donde los torneos atraen tanto a jugadores locales como a turistas interesados en conocer la cultura deportiva del sur colombiano. En 2011, el Congreso de la República la declaró deporte autóctono nacional, reconociendo su valor patrimonial.

Juegos que preservan la identidad

Tanto el Tejo como la Chaza son mucho más que actividades recreativas: representan la memoria viva de los pueblos que los crearon. En ellos se mezclan el ingenio indígena, la herencia campesina y el sentido comunitario que caracteriza a Colombia.

Hoy, mientras el deporte moderno gana terreno, estas prácticas tradicionales continúan transmitiéndose de generación en generación, recordando que la verdadera victoria está en mantener viva la cultura. Practicarlos no solo es un acto de diversión, sino también un homenaje a la historia, la tierra y la identidad de un país que celebra su diversidad con orgullo.

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