
En una jornada marcada por el simbolismo indígena y la retórica de confrontación, el dictador Nicolás Maduro volvió a atacar públicamente a la líder opositora María Corina Machado, aunque sin mencionar su reciente Premio Nobel de la Paz 2025. Durante un acto oficial en Caracas por los 533 años de la llamada “Resistencia Indígena”, el mandatario usó un tono despectivo para desacreditar a la dirigente, a quien calificó de “bruja demoníaca de la Sayona”, evitando cualquier alusión al reconocimiento internacional que la ha convertido en figura global de la lucha democrática.
Descalificaciones en medio de la conmemoración
Desde la Plaza Venezuela, y ante una multitud de seguidores y miembros de su gabinete, Maduro presentó a Machado como una figura “repudiada por el 90 % del pueblo”. En su discurso, insistió en que “Venezuela quiere paz, pero una paz con soberanía e independencia”, reforzando el mensaje de que el chavismo encarna la defensa nacional frente a lo que define como amenazas externas.
El acto, transmitido en cadena nacional, reemplazó una vez más la celebración del Día de la Raza por la narrativa oficial de la “Resistencia Indígena”, usada por el régimen como símbolo de su confrontación con Estados Unidos y la oposición interna. Maduro, sin mencionar el Nobel, buscó reafirmar su autoridad con un discurso que mezcló nacionalismo, folklore y advertencias militares.
El Nobel que el chavismo calla
El silencio del líder bolivariano contrasta con las múltiples reacciones internacionales que generó el anuncio del Premio Nobel de la Paz para Machado. El Comité Noruego reconoció su “incansable labor en defensa de los derechos democráticos y su lucha pacífica por una transición hacia la democracia”. Gobiernos europeos y organismos multilaterales como la OEA aplaudieron el reconocimiento, mientras el chavismo evitó pronunciarse oficialmente.
Desde el exilio interno, Machado dedicó el premio “a todos los venezolanos dentro y fuera del país” y lo consideró un impulso para “culminar la tarea de conquistar la libertad”. Su agradecimiento público al expresidente Donald Trump desató reacciones encontradas, incluso dentro de la propia oposición, aunque ella defendió su decisión como un gesto de gratitud hacia quienes —según dijo— “apoyaron la causa de la libertad venezolana”.
Milicias y discurso bélico
Durante el mismo evento, Maduro ordenó la creación de brigadas milicianas indígenas que, según explicó, reunirán a pueblos originarios de toda Sudamérica “para defender a Venezuela ante una posible agresión extranjera”. El mandatario aseguró haber recibido “cartas de comunidades dispuestas a guerrear por la República Bolivariana” y llamó a acelerar la expansión de este nuevo cuerpo paramilitar.
La escena combinó elementos ancestrales con una estética militarista. La ministra de Pueblos Indígenas, Clara Vidal, le entregó al dictador un penacho y un arma ceremonial que —afirmó— “derrotó al imperio español”. Maduro fue proclamado “jefe indio de Venezuela”, mientras Vidal advertía que “hoy hay otros barcos en el Caribe, pero con misiles”, en clara alusión a la presencia militar estadounidense en la región.
Amenazas desde el poder
La retórica de confrontación no se limitó a Caracas. En Maturín, el dirigente chavista Diosdado Cabello lanzó un mensaje desafiante: “Nos los vamos a comer vivos”, dijo en alusión a un posible enfrentamiento con fuerzas extranjeras. “Pasará un año, dos o diez, pero quien ponga un pie en nuestra patria sabrá que lo echaremos”, agregó, evocando la resistencia indígena frente a la colonización.
Los analistas interpretan estas declaraciones como un intento del régimen de reforzar la unidad interna ante la creciente atención internacional sobre la oposición y las sanciones económicas. El uso del lenguaje bélico y de símbolos históricos busca, según expertos, mantener movilizada a la base chavista frente a un contexto de aislamiento político.
Un reconocimiento que incomoda al poder
Mientras el mundo celebra el reconocimiento a Machado como un símbolo de resistencia civil, el chavismo responde con silencio y amenazas. Para la comunidad internacional, el Nobel representa un espaldarazo al movimiento democrático venezolano; para Maduro, un golpe simbólico a su narrativa de legitimidad.
El contraste entre el discurso del dictador —centrado en el enfrentamiento y la militarización— y la postura pacifista de la Nobel expone la profunda fractura política y moral que atraviesa Venezuela. En medio de arengas, uniformes y mitos indígenas, el régimen evita pronunciar el nombre de quien hoy se ha convertido en su más poderosa adversaria dentro y fuera del país.
Con información de Infobae



