
La salud mental tras los terremotos en Venezuela representa una de las necesidades más urgentes dentro de la emergencia humanitaria. Mientras los rescatistas buscan personas entre los escombros y las autoridades intentan responder a los daños materiales, psicólogos, enfermeros y voluntarios atienden heridas emocionales que no siempre resultan visibles. El miedo, la culpa, el duelo y la incertidumbre acompañan a miles de ciudadanos que perdieron familiares, viviendas y la sensación de seguridad que antes encontraban en sus propios hogares.
Más de la mitad de los pasajeros de uno de los vuelos que llegó al país formaba parte de equipos nacionales e internacionales de asistencia. Rescatistas, bomberos, profesionales de la psicología, personal de enfermería y trabajadores humanitarios viajaron para apoyar a las comunidades damnificadas. La magnitud de la destrucción sorprendió incluso a quienes contaban con experiencia en situaciones críticas.
Las imágenes difundidas por televisión y redes sociales mostraban edificios destruidos, calles cubiertas de restos y familias desesperadas. Sin embargo, recorrer personalmente las zonas afectadas permitió comprender otra dimensión de la catástrofe. Los barrios convertidos en ruinas, el sonido de las sirenas y la espera angustiosa de los parientes crearon un escenario capaz de sobrepasar emocionalmente a víctimas, voluntarios y especialistas.
Durante un recorrido por La Guaira, cientos de personas guardaron silencio cuando un socorrista levantó el puño. La señal ordenaba apagar motores, detener conversaciones y evitar cualquier ruido para intentar escuchar indicios de vida bajo los restos de las construcciones. En esos momentos, la esperanza y la desesperación convivían en un mismo espacio.
Salud mental tras los terremotos en Venezuela exige atención inmediata
La emergencia adquirió uno de sus rostros más dolorosos en el puerto de La Guaira. El colapso de las morgues obligó a las autoridades a utilizar ese lugar para recibir a las personas fallecidas. Allí, el paisaje ofrece un contraste difícil de procesar: de un lado aparece el mar azul bajo un cielo abierto y, del otro, varias carpas concentran las consecuencias más devastadoras del desastre.
Las familias acuden al puerto para buscar a sus seres queridos. El proceso de identificación fotográfica las expone a una experiencia profundamente traumática. Dos pantallas muestran imágenes de hombres y mujeres, mientras varias tabletas contienen los registros correspondientes a los niños. Los familiares revisan fotografías de cuerpos con heridas graves, mutilaciones o daños que dificultan cualquier reconocimiento.
En numerosos casos, un tatuaje, una prenda de vestir o un par de sandalias representa la única pista disponible. Cada detalle puede ayudar a confirmar una identidad, pero también aumenta el impacto psicológico de quienes participan en la búsqueda. Las personas llegan con la esperanza de encontrar una respuesta y, muchas veces, abandonan el lugar con la certeza de una pérdida irreparable.
Los especialistas identificaron frecuentes episodios de disociación funcional. Este mecanismo permite que una persona aparte temporalmente su sufrimiento para completar trámites, responder preguntas o continuar la búsqueda. El afectado parece mantener el control, pero en realidad posterga su duelo porque necesita concentrarse en una tarea inmediata.
Otros ciudadanos manifiestan su devastación desde el primer momento. Algunos lloran de manera incontenible, presentan dificultades para respirar o quedan inmóviles frente a las pantallas. También llegan venezolanos residentes en el extranjero que regresaron únicamente para localizar a sus familiares.
Una joven que identificó a sus padres resumió la profundidad de su pérdida al afirmar que había vuelto por ellos, pero que después de la tragedia ya no encontraba razones para regresar nuevamente al país. Su testimonio refleja cómo el desastre no solo destruyó vínculos familiares, sino que también modificó proyectos de vida, relaciones con el territorio y planes para el futuro.
Los profesionales brindan acompañamiento antes, durante y después de cada reconocimiento. La asistencia incluye primeros auxilios psicológicos, ejercicios para regular la respiración, recomendaciones de autocuidado e información sobre las reacciones habituales frente a una experiencia extrema. El equipo también orienta a familiares, vecinos y amigos para que puedan responder cuando una persona se desborda emocionalmente.
Este apoyo resulta fundamental porque muchas personas no saben qué decir ni cómo actuar frente al dolor ajeno. Algunas intentan detener el llanto, exigen fortaleza o pronuncian frases que pueden aumentar la culpa. Los psicólogos explican que escuchar sin juzgar, respetar el silencio y atender necesidades prácticas suele ofrecer más alivio que buscar respuestas para una pérdida que no tiene explicación.
Rescatistas, religiosos y familiares enfrentan secuelas profundas
El impacto emocional aparece mediante estrés agudo, pesadillas, sobresaltos y recuerdos sensoriales persistentes. Algunos sobrevivientes sienten que el suelo vuelve a moverse, aunque no ocurra una réplica. Otros escuchan mentalmente los sonidos del derrumbe, reviven escenas dolorosas o temen ingresar a espacios cerrados.
Estas reacciones no afectan únicamente a quienes perdieron familiares. El personal forense, los rescatistas, los estudiantes y los voluntarios también enfrentan una exposición continua al sufrimiento. Durante sus jornadas observan cuerpos, reciben testimonios, acompañan reconocimientos y trabajan bajo una presión constante. Sin espacios de descanso y contención, pueden desarrollar agotamiento extremo, ansiedad o trauma secundario.
Varios estudiantes debieron realizar sus prácticas profesionales en medio de la catástrofe. En lugar de avanzar bajo condiciones controladas y con supervisión habitual, asumieron tareas dentro de un sistema desbordado. Los especialistas trabajan con ellos para ayudarlos a reconocer sus límites, expresar lo que sienten y evitar que normalicen el deterioro de su propio bienestar.
Los sacerdotes tampoco escaparon a las consecuencias. Tres religiosos atendidos por profesionales vivieron los movimientos telúricos dentro de su iglesia. Mientras el mármol y otros elementos caían a su alrededor, permanecieron orando y tratando de protegerse. Después tuvieron que acompañar misas de exequias de manera ininterrumpida, incluso cuando todavía no procesaban su propia experiencia.
La comunidad suele considerar a los líderes religiosos como figuras capaces de sostener a los demás. Esa expectativa puede impedir que expresen miedo, cansancio o desesperanza. Sin embargo, ellos también necesitan pausas, escucha profesional y acompañamiento. Nadie conserva una capacidad ilimitada para enfrentarse al sufrimiento.
La culpa representa otra de las emociones más difíciles de abordar. Una madre de 24 años localizó a su hija de apenas un año después de quince días de búsqueda. Al observar las condiciones en las que encontraron a la niña, imaginó su sufrimiento y empezó a responsabilizarse por no haber podido salvarla.
Otra mujer encontró a un sobrino de 20 años a quien había criado como un hijo. Las lesiones que presentaba el cuerpo le provocaron una impresión que continúa apareciendo en sus recuerdos. Estos casos requieren un seguimiento especializado, pues la exposición a imágenes extremas puede intensificar el duelo y dificultar la recuperación.
Los psicólogos trabajan para que las familias comprendan que no provocaron la tragedia y que actuaron dentro de circunstancias fuera de su control. El proceso requiere tiempo, confianza y continuidad. Una intervención aislada puede estabilizar a alguien durante una crisis, pero no siempre basta para atender el sufrimiento que aparece semanas o meses después.
En medio del dolor, la solidaridad ofrece una señal de esperanza. Las mismas familias que esperan identificar a sus parientes comparten comida con el personal humanitario. Aunque perdieron casi todo, se preocupan por quienes las acompañan y les ofrecen parte de los pocos recursos disponibles.
Una mujer excavó durante 27 días con sus propias manos para recuperar a su madre de un edificio colapsado. La posibilidad de brindarle un duelo digno impulsó su esfuerzo. Historias como esta muestran una enorme capacidad de resistencia, aunque los especialistas advierten que la fortaleza no elimina la necesidad de recibir ayuda.
La continuidad del cuidado plantea un desafío nacional
Venezuela necesita garantizar asistencia psicológica y psiquiátrica más allá de la fase inicial de la emergencia. Los efectos emocionales pueden prolongarse durante años, especialmente entre quienes perdieron familiares, presenciaron muertes, sufrieron lesiones o permanecieron atrapados. Los niños, adultos mayores y ciudadanos con antecedentes clínicos requieren una vigilancia particular.
La catástrofe también interrumpió tratamientos que ya estaban en curso. Muchos pacientes conservaron sus medicamentos psicotrópicos, pero perdieron el contacto con los profesionales que supervisaban su evolución. Otros extraviaron recetas, historias clínicas o fármacos cuando sus viviendas colapsaron.
En La Guaira murieron psiquiatras y psicólogos durante los terremotos. Quienes sobrevivieron atienden ahora una demanda que supera ampliamente la capacidad disponible. Esta reducción del personal complica el seguimiento de personas con depresión, ansiedad, trastorno bipolar, esquizofrenia y otras condiciones que necesitan control especializado.
Las autoridades y las organizaciones humanitarias deben establecer redes de derivación, consultas móviles y canales de atención a distancia. También necesitan habilitar espacios seguros dentro de los albergues, formar a voluntarios para detectar señales de alarma y garantizar el suministro regular de medicamentos. Estas medidas pueden evitar recaídas, crisis graves y conductas que pongan vidas en riesgo.
Los profesionales recomiendan prestar atención a síntomas como insomnio persistente, aislamiento, confusión, ataques de pánico, consumo problemático de alcohol, desesperanza o pensamientos relacionados con la muerte. La aparición de estas señales exige una evaluación oportuna, sin estigmas ni juicios.
El acompañamiento también debe incluir a quienes prestan ayuda. Rescatistas, médicos, trabajadores forenses, comunicadores, religiosos y voluntarios necesitan turnos razonables, periodos de descanso y espacios de descarga emocional. Cuidar a los equipos permite sostener la respuesta y reduce el riesgo de que abandonen sus funciones por agotamiento.
La reconstrucción no puede limitarse a levantar paredes, reparar carreteras y restablecer servicios públicos. El país también deberá reconstruir la confianza, los vínculos comunitarios y la sensación de seguridad. Cada sobreviviente necesitará un proceso distinto, determinado por sus pérdidas, recursos personales y redes de apoyo.
La salud mental no constituye un lujo durante una catástrofe. Forma parte de las necesidades básicas de una población que enfrenta pérdidas múltiples y experiencias difíciles de asimilar. Venezuela tendrá que mantener este cuidado cuando las brigadas extranjeras se retiren, disminuya la atención mediática y las imágenes de la emergencia dejen de ocupar los titulares.
El verdadero desafío comenzará cuando las familias intenten retomar sus rutinas y comprendan que sus vidas cambiaron. En ese momento, una asistencia profesional, accesible y sostenida puede marcar la diferencia entre soportar el dolor en soledad o avanzar hacia una recuperación posible.
Con información de La Patilla




