
La economía de Venezuela enfrenta una combinación de inflación acelerada, devaluación monetaria y pérdida de impulso en el sector petrolero que amenaza el poder adquisitivo de la población y limita la capacidad de planificación de las empresas. Después de que la variación mensual de los precios bajara al 6,3 % en mayo, el indicador subió hasta el 19,9 % en julio y llevó el registro interanual al 576 %, según las cifras del Banco Central de Venezuela (BCV).
El comportamiento de los precios modificó en apenas dos meses las expectativas que surgieron tras el resultado de mayo. En aquel momento, el representante estadounidense Barrett destacó que la inflación había regresado a un solo dígito mensual por primera vez en más de un año y presentó ese dato como un resultado de la fase de recuperación económica impulsada por la Administración estadounidense.
Barrett sostuvo mediante una publicación en X que la continuidad de las reformas permitiría consolidar la estabilidad, atraer inversiones y generar prosperidad. Sin embargo, el posterior aumento del costo de vida mostró que la desaceleración de mayo no constituía todavía una tendencia consolidada.
El economista y exdiputado opositor José Guerra describió la inflación interanual del 576 % como una señal de trayectoria insostenible. Según su análisis, la aceleración responde principalmente a la pérdida de valor del bolívar y a una estrategia cambiaria que no logró estabilizar la moneda.
El panorama también incluye un menor dinamismo de la actividad productiva y señales de desaceleración en el crecimiento petrolero. Aunque la extracción de crudo aumentó durante los primeros siete meses del año, perdió velocidad recientemente y redujo las posibilidades de alcanzar las metas más optimistas para finales de 2026.
Economía de Venezuela siente el impacto de la devaluación
El tipo de cambio oficial pasó de 633,36 bolívares por dólar el primero de julio a cerca de 771 bolívares. Esta variación representa un incremento próximo al 22 % al comparar ambas referencias, aunque Guerra situó la macrodevaluación aplicada durante el periodo alrededor del 18 %.
La diferencia puede depender de las fechas exactas que se utilicen para medir el movimiento. En cualquier caso, la subida evidencia una depreciación considerable del bolívar en pocas semanas y explica parte del aumento que registraron los precios.
Venezuela mantiene una elevada dependencia de los bienes importados, los insumos extranjeros y las operaciones calculadas en dólares. Cuando la moneda nacional pierde valor, los comerciantes y fabricantes necesitan más bolívares para adquirir las mismas divisas, lo que eleva sus costos.
Las empresas trasladan una parte de ese incremento hacia los consumidores para conservar inventarios y reponer mercancías. El efecto aparece en alimentos, productos de higiene, repuestos, medicinas, transporte y servicios, incluso cuando el establecimiento acepta pagos en moneda nacional.
La depreciación también afecta los salarios y las pensiones. Si los ingresos permanecen sin cambios mientras los precios suben, las familias pueden comprar menos bienes con la misma cantidad de dinero. Esta pérdida obliga a priorizar alimentos, transporte y medicamentos, mientras otros gastos quedan aplazados.
Los negocios afrontan otro tipo de presión. La inestabilidad dificulta calcular presupuestos, establecer precios y proyectar inversiones. Un proveedor puede cambiar sus condiciones en cuestión de días, lo que reduce la vigencia de las cotizaciones y aumenta la incertidumbre.
Guerra cuestionó la explicación del Gobierno interino de Delcy Rodríguez, que relacionó el repunte inflacionario con los terremotos del 24 de junio. El economista señaló que los movimientos telúricos golpearon principalmente a Caracas y La Guaira, pero no interrumpieron la distribución de productos y alimentos en todo el territorio nacional.
La Guaira recibió la declaración de zona de desastre debido a la magnitud de los daños. La emergencia exigió recursos, alteró actividades comerciales y afectó infraestructuras. No obstante, Guerra considera que esos efectos locales no explican por sí solos un aumento generalizado de los precios en todo el país.
El especialista sitúa el origen principal del problema en la política monetaria y cambiaria. A su juicio, el ajuste del dólar oficial impulsó el encarecimiento de productos y servicios, mientras el menor crecimiento de la actividad económica redujo la capacidad de los hogares para absorber esos incrementos.
El desempeño de mayo había generado expectativas favorables porque una inflación mensual de un solo dígito representaba una desaceleración frente a los registros anteriores. Sin embargo, el resultado de julio confirmó que el proceso todavía enfrenta riesgos estructurales.
Una reducción aislada no garantiza estabilidad. Para consolidar una tendencia, el país necesita mantener la disciplina fiscal, mejorar la oferta de divisas, recuperar la confianza en la moneda y estimular la producción nacional.
La estrategia cambiaria consume una parte de los ingresos petroleros
Guerra afirmó que el BCV utilizó alrededor de 9.000 millones de dólares en su política de intervención cambiaria, una cantidad equivalente a cerca del 63 % de los ingresos petroleros. El economista sostuvo que ese esfuerzo no produjo los resultados esperados.
La intervención busca suministrar divisas al mercado para contener la subida del dólar y atender parte de la demanda empresarial. Cuando existe suficiente oferta, el precio puede avanzar con menor velocidad. Sin embargo, el mecanismo pierde eficacia si la demanda supera de manera constante los recursos disponibles.
Destinar una parte considerable de los ingresos petroleros a este objetivo también reduce el dinero que el Estado puede utilizar en otras áreas. Venezuela necesita recursos para recuperar servicios públicos, modernizar infraestructuras, atender programas sociales y financiar inversiones productivas.
La pérdida de reservas o de ingresos disponibles puede limitar la capacidad de respuesta ante nuevas presiones. Si el BCV disminuye sus intervenciones, la cotización del dólar podría acelerar su avance. Si las mantiene, el país tendría que seguir utilizando divisas que podría destinar a otras prioridades.
La confianza influye de forma decisiva. Los ciudadanos y las empresas buscan proteger sus recursos cuando esperan nuevas devaluaciones. Esa conducta aumenta la demanda de dólares y añade presión sobre el tipo de cambio.
El uso extendido de divisas ofrece cierto resguardo para quienes cobran o ahorran en dólares. Sin embargo, amplía la desigualdad entre las personas que reciben ingresos en moneda extranjera y aquellas que dependen de salarios o pensiones pagados en bolívares.
Guerra resumió la situación como una “mezcla explosiva”. El economista combinó en esa expresión tres factores: inflación elevada, depreciación del bolívar y crecimiento económico inferior a las previsiones.
Estos elementos pueden reforzarse entre sí. La devaluación impulsa los precios, el encarecimiento reduce el consumo y la caída de la demanda limita la producción. Al mismo tiempo, una actividad económica más lenta reduce la recaudación y dificulta la recuperación de los ingresos reales.
Las empresas responden a este entorno con prudencia. Algunas disminuyen inventarios para evitar pérdidas, otras acortan los plazos de sus presupuestos y muchas posponen proyectos hasta contar con mayor estabilidad.
Los pequeños comercios enfrentan dificultades adicionales porque poseen menos capacidad financiera para cubrir cambios bruscos. También pueden perder clientes cuando actualizan sus precios para reponer mercancía.
Los hogares adoptan estrategias similares. Compran menores cantidades, sustituyen productos, recurren a familiares o destinan una proporción creciente de sus ingresos a las necesidades básicas. Estas decisiones reflejan cómo los desequilibrios macroeconómicos afectan la vida cotidiana.
El crecimiento petrolero pierde velocidad y reduce las expectativas
El petróleo conserva un papel central en la generación de divisas. Por esa razón, cualquier variación en la producción influye sobre la capacidad del país para importar bienes, financiar gastos y abastecer el mercado cambiario.
El decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Metropolitana, Luis Oliveros, destacó que la producción pasó de 924.000 barriles diarios en enero a 1,2 millones en julio. El incremento alcanza 276.000 barriles por día, cerca del 30 % en siete meses.
El académico calificó este avance como una noticia favorable para una economía que necesita divisas y actividad. El aumento de la extracción puede generar mayores ingresos, favorecer las exportaciones y estimular servicios vinculados con la industria.
No obstante, Oliveros advirtió que el crecimiento perdió fuerza durante los últimos dos meses. Esta ralentización no significa que Venezuela produzca menos que en enero, sino que el ritmo de expansión dejó de avanzar con la velocidad observada al principio del año.
La diferencia resulta importante. La producción conserva un saldo positivo en el acumulado, pero las metas para diciembre dependen de que el sector mantenga incrementos constantes. Si el nivel permanece cerca de 1,2 millones de barriles diarios, el país podría cerrar 2026 por debajo de las previsiones más optimistas.
Oliveros considera cada vez menos realista alcanzar entre 1,4 y 1,5 millones de barriles diarios al finalizar el año. Para lograr el límite inferior, Venezuela tendría que sumar aproximadamente 200.000 barriles por día en los meses restantes; para llegar al superior, necesitaría incorporar unos 300.000.
Ese crecimiento exige inversiones, mantenimiento, equipos, diluyentes, personal especializado y capacidad para transportar y comercializar el crudo. Cualquier limitación en estas áreas puede frenar la recuperación.
El sector también necesita condiciones contractuales estables y acceso a financiación. Las empresas evalúan los riesgos regulatorios, las sanciones, los costos operativos y la posibilidad de recuperar su inversión antes de comprometer nuevos recursos.
Un mayor bombeo no solucionaría automáticamente todos los problemas, pero proporcionaría divisas que podrían aliviar algunas presiones. El resultado dependerá de la administración de los ingresos y de la capacidad para convertirlos en inversiones productivas.
Oliveros advirtió que los precios mantendrán una presión significativa mientras el tipo de cambio continúe depreciándose con rapidez. Esa dinámica perjudica el poder de compra, eleva los costos empresariales y limita la planificación de hogares y negocios.
Venezuela necesita reducir la velocidad de la devaluación sin depender únicamente de intervenciones costosas. También requiere estimular la producción local para disminuir la necesidad de importaciones y ampliar la oferta de bienes.
La caída de la inflación mensual en mayo mostró que el país puede registrar periodos de desaceleración. No obstante, el salto hasta el 19,9 % en julio confirmó la fragilidad de ese avance y la necesidad de aplicar medidas sostenidas.
El desempeño de los próximos meses permitirá determinar si el repunte representa un episodio temporal o el comienzo de una aceleración más prolongada. La evolución del dólar oficial, la producción petrolera y el financiamiento público ofrecerán señales importantes.
Por ahora, la inflación interanual del 576 %, la depreciación del bolívar y la pérdida de velocidad del sector petrolero configuran un escenario complejo. Las cifras muestran avances puntuales, pero también revelan desequilibrios capaces de neutralizarlos.
La población necesita que la estabilidad se traduzca en precios previsibles, salarios con mayor capacidad de compra y oportunidades de empleo. Sin esos resultados, cualquier crecimiento de la producción petrolera tendrá un impacto limitado sobre la vida diaria de los venezolanos.
Con información de Infobae




