Precios de los alimentos en Venezuela obligan a las familias a gastar 30 dólares más cada quincena

Los precios de los alimentos suben constantemente mientras los sueldos siguen estancados. La gente va a los comercios con calculadora en mano porque el presupuesto no alcanza. Consumidores aseguran que cada quince días se necesitan al menos 30 dólares más para comer

Los precios de los alimentos en Venezuela obligan a numerosas familias a destinar hasta 30 dólares adicionales cada quincena para comprar prácticamente los mismos productos, mientras los salarios, las pensiones y otros ingresos pierden capacidad frente al encarecimiento constante de la comida. Consumidores consultados en mercados populares aseguran que realizan cada compra con la calculadora del teléfono en la mano, comparan precios entre varios establecimientos y

reducen cantidades para no superar su presupuesto. La carne, el pollo, el queso, los huevos y hasta los ingredientes de una ensalada se alejan progresivamente de las posibilidades de muchos hogares, que sustituyen productos, disminuyen porciones o recurren al financiamiento para mantener alimentos básicos en sus mesas.

Precios de los alimentos en Venezuela desajustan el presupuesto cada quince días

Hacer mercado se convirtió en una actividad marcada por la planificación, la comparación y la renuncia. Los compradores llegan a los comercios con una cantidad limitada de dinero y revisan cada precio antes de colocar un producto en la cesta. Una diferencia de pocos bolívares puede obligarlos a cambiar de marca, reducir el peso solicitado o descartar por completo algún alimento.

Según los testimonios recogidos, una familia puede necesitar al menos 30 dólares más que en la quincena anterior para repetir una compra similar. Ese aumento equivale a 22.562 bolívares, de acuerdo con la tasa oficial del Banco Central de Venezuela correspondiente al 4 de agosto.

La variación rompe cualquier planificación doméstica. Los consumidores calculan cuánto necesitan para cubrir dos semanas, pero cuando regresan al mercado encuentran nuevos montos y deben reorganizar la lista.

Cristina Manaure, residente de los Valles del Tuy, en Miranda, vivió esa situación después de hacer mercado el 2 de agosto. La compradora pagó 3.800 bolívares por un kilogramo de queso blanco, 2.750 por un kilo de pollo y 1.690 por medio cartón de huevos.

Las verduras tampoco quedaron al margen. Manaure encontró el kilogramo de tomate en 970 bolívares, la papa en 990, la cebolla en 760 y el pimentón en 1.200. Ante esos valores, preparar una ensalada completa representa un gasto importante para una familia con ingresos limitados.

La sensación de salir con pocas bolsas después de pagar una suma elevada se repite en distintos mercados. El dinero permite adquirir menos unidades y obliga a priorizar los productos que ofrecen mayor rendimiento.

María Vargas, pensionada y residente de Catia, en el oeste de Caracas, compró una mantequilla pequeña, un paquete de arroz, una harina y un jabón para lavar. Por esos cuatro artículos pagó más de 7.000 bolívares, equivalentes a unos 9,35 dólares.

Su alimentación depende parcialmente de la ayuda de sus hijos. Vargas explicó que redujo considerablemente el consumo de carne y que, cuando puede comprarla, solicita medio kilogramo o una cantidad menor. El pollo aparece con más frecuencia en su mesa porque cuesta menos.

En algunos comercios de Catia, el kilo de carne de res oscila entre 7.450 y 10.000 bolívares, dependiendo del corte. En cambio, el pollo ronda los 2.400 bolívares por kilogramo.

La diferencia determina la elección de quienes todavía pueden incluir proteínas animales en la compra. Otros hogares optan por huevos, granos o preparaciones con harinas para cubrir varios días con menos dinero.

Los consumidores ya no seleccionan únicamente según sus preferencias. El presupuesto define qué pueden cocinar, cuánto sirven y con qué frecuencia repiten cada alimento.

Las familias recorren mercados, reducen porciones y sustituyen productos

Buscar ofertas se convirtió en parte de la rutina. Numerosos compradores visitan varios locales antes de decidir dónde adquirir carne, huevos, verduras o productos secos.

Rosalía Sequera, también habitante de los Valles del Tuy, explicó que debe “hacer maromas” para preparar la comida y lograr que los alimentos alcancen para todos los integrantes de su hogar.

La estrategia incluye caminar entre establecimientos, comparar valores y ahorrar pequeñas cantidades en cada artículo. En la cocina, la familia reduce porciones, combina ingredientes más económicos y distribuye las proteínas para que rindan durante varios días.

Rosalba Nieto aplica un método similar. Señaló que el precio de medio cartón de huevos bajó ligeramente en algunos comercios, desde más de 2.000 hasta alrededor de 1.700 bolívares. Sin embargo, para conseguir esa diferencia debe recorrer distintos establecimientos.

El ahorro individual parece pequeño, pero suma cuando una persona compra varios artículos. Para quienes manejan un presupuesto rígido, unos cientos de bolívares pueden permitir la adquisición de otro producto básico.

El Centro de Documentación y Análisis Social de la Federación Venezolana de Maestros informó que la canasta alimentaria familiar correspondiente a junio alcanzó los 756,45 dólares. El cálculo estima cuánto necesita un hogar de cinco integrantes para cubrir su alimentación durante un mes.

Aunque el indicador registró una disminución de 2,1 % en dólares frente a mayo, los compradores mantienen la percepción de un aumento constante. Esta aparente contradicción puede relacionarse con la reducción de las cantidades adquiridas, las diferencias entre comercios y el comportamiento de los precios expresados en bolívares.

Florencia Ramírez percibe que cada mes utiliza más dinero para llevar menos productos. Antes compraba cuatro kilogramos de milanesa; ahora adquiere dos para evitar que la carne y la charcutería consuman una parte excesiva del presupuesto.

A simple vista, algunos precios parecen mantenerse. Sin embargo, el gasto total aumenta cuando se suman todos los productos, cambian las presentaciones o disminuye el poder de compra de los ingresos.

Los vendedores también observan la transformación. Julio Cárdenas, comerciante de un mercado popular de Miranda, aseguró que los clientes ya no solicitan un kilogramo completo de carne o pollo con la misma frecuencia.

Las personas preguntan, comparan y terminan llevando medio kilo o la opción más económica. Esta conducta reduce las ventas y coloca a los comerciantes ante otro problema: sus proveedores también aumentan los precios semanalmente.

Muchos vendedores intentan mantener los montos para no perder más clientes, pero deben cubrir reposición, transporte, refrigeración y otros costos. Cuando sube la mercancía, trasladan parte del incremento al consumidor.

La prioridad de las familias se desplaza hacia las harinas, el arroz, los granos y algunas verduras. Estos productos permiten preparar varias comidas y ofrecen mayor rendimiento frente a cortes de carne, quesos o embutidos.

El cambio afecta la variedad de la alimentación. Los hogares repiten platos, disminuyen el consumo de proteínas y seleccionan productos según el precio, no necesariamente por su aporte nutricional.

El crédito para comprar comida compromete las próximas quincenas

Cuando el dinero se agota antes de completar la lista, algunas personas recurren a mecanismos de financiamiento como Cashea. La alternativa permite dividir el pago de alimentos y otros productos, pero compromete parte de los ingresos futuros.

Adrián Cárdenas, trabajador de la construcción, reconoció que utiliza esta opción cuando la quincena no alcanza. Sabe que financiar comida puede complicar el mes siguiente, porque deberá pagar una cuota pendiente al mismo tiempo que necesita comprar nuevamente.

Su estrategia depende de conseguir nuevos trabajos para cubrir la deuda y recuperar el equilibrio del presupuesto. Sin embargo, cualquier período sin ingresos puede convertir una compra cotidiana en una obligación difícil de pagar.

Mario Puentes también utiliza el financiamiento cuando agota las posibilidades de reducir el gasto. Asegura que evita endeudarse, pero considera que no siempre tiene otra alternativa si necesita llevar alimentos a su casa.

El problema radica en que la comida desaparece antes de terminar de pagarla. A diferencia de un electrodoméstico u otro bien duradero, los productos adquiridos se consumen rápidamente, mientras la deuda permanece activa durante varias semanas.

En la siguiente quincena, la familia debe separar dinero para pagar la cuota y, al mismo tiempo, volver al mercado. Este ciclo reduce aún más los recursos disponibles y puede generar nuevas compras financiadas.

El uso del crédito para cubrir necesidades básicas muestra hasta qué punto los ingresos resultan insuficientes. Los consumidores no recurren únicamente a estas plataformas para adquirir ropa, teléfonos o artículos de mayor valor. También las usan para pagar carne, pollo, harina, arroz y productos de limpieza.

La dificultad afecta especialmente a pensionados, trabajadores informales y familias que dependen de ayudas enviadas por parientes. La falta de ingresos estables impide planificar a largo plazo y obliga a resolver cada compra con los recursos disponibles en ese momento.

El aumento quincenal también complica a quienes reciben pagos en bolívares. Si los precios cambian antes de la siguiente remuneración, el salario pierde capacidad de compra incluso dentro del mismo mes.

Las familias responden mediante una combinación de estrategias: caminan más, comparan establecimientos, sustituyen marcas, compran cantidades pequeñas, eliminan productos y utilizan crédito. Sin embargo, cada mecanismo tiene un límite.

Reducir las porciones puede hacer que la comida rinda, pero también disminuye la cantidad disponible para niños, adultos mayores y otros integrantes del hogar. Sustituir proteínas por carbohidratos ayuda a contener el gasto, aunque afecta el equilibrio nutricional cuando se convierte en una práctica permanente.

La situación también impacta emocionalmente. Ir al mercado deja de representar una actividad cotidiana y se transforma en una fuente de preocupación. Cada compra obliga a elegir qué producto llevar y cuál dejar fuera.

Los consumidores no hablan únicamente de precios elevados. Describen una pérdida continua de calidad de vida, porque destinan más tiempo y dinero a cubrir una necesidad básica y, aun así, regresan con menos alimentos.

Los comerciantes, por su parte, enfrentan menos ventas y mayores costos de reposición. La reducción del consumo limita el movimiento de los mercados populares y afecta a quienes dependen de esa actividad para mantener sus propios hogares.

Mientras la canasta alimentaria supera ampliamente los ingresos de una parte importante de la población, las familias continúan adaptándose con los recursos que encuentran. La posibilidad de gastar 30 dólares adicionales cada quincena no está al alcance de todos.

Quienes no pueden cubrir esa diferencia deben eliminar artículos, disminuir las cantidades o endeudarse. El resultado es una mesa cada vez más limitada y una planificación doméstica sometida al cambio permanente de los precios.

Comprar lo mismo cuesta más, pero muchas familias ya ni siquiera logran repetir la misma lista. Cada visita al mercado confirma que el presupuesto alcanza para menos y que la alimentación depende de cálculos, recorridos y sacrificios que se renuevan cada quince días.

Con información de El Pitazo

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