La trabajadora humanitaria Susana Raffalli aseguró que las consecuencias de los terremotos del 24 de junio en Venezuela presentan características que no había observado en otras grandes emergencias en las que ha trabajado, incluyendo los terremotos de Haití en 2010 y Pakistán. Según explicó, una de las situaciones que más la sorprendió fue que las comunidades más pobres de La Guaira resultaron ser, en términos de daños estructurales, las menos afectadas.
Raffalli, quien acumula 22 años de experiencia en labores humanitarias y ha participado en al menos siete emergencias de gran magnitud, explicó que normalmente los daños provocados por un desastre suelen coincidir con la vulnerabilidad social: las personas con menos recursos terminan siendo también las más perjudicadas. Sin embargo, en La Guaira observó una realidad diferente tras los sismos.
Antes del desastre, buena parte de la población más vulnerable de la zona vivía en las laderas de las montañas, en viviendas construidas por sus propios habitantes y conocidas como ranchos. Mientras estas estructuras permanecieron en pie sobre el terreno rocoso de las montañas, numerosos edificios ubicados frente al mar colapsaron sobre el suelo arenoso.
La situación generó además un nuevo grupo de personas afectadas. Raffalli señaló que sectores populares y de clase media baja que anteriormente no estaban entre las poblaciones más vulnerables pasaron a necesitar asistencia después de perder sus viviendas, fuentes de empleo e incluso familiares como consecuencia del derrumbe de edificios.
La humanitaria recordó que durante años ha trabajado con la sociedad civil en iniciativas como SAMAN, coordinada por Cáritas, para enfrentar la desnutrición infantil en Venezuela. Sin embargo, considera que la magnitud de la emergencia actual plantea necesidades que superan las capacidades de las organizaciones no gubernamentales, los voluntarios y las agencias internacionales.
Al observar los kilómetros de edificaciones destruidas junto al cinturón de ranchos que permaneció prácticamente intacto, Raffalli llegó a una conclusión que calificó de incómoda: la reconstrucción de las zonas afectadas requiere recursos y capacidades que solamente el Estado puede proporcionar.




