Patricia Ortega reivindica un cine que provoque reflexión y debate en el público

La directora venezolana aborda en su nueva película el embarazo de un hombre trans y defiende la capacidad del cine para transformar miradas, promover derechos y abrir conversaciones más allá de las salas

La cineasta venezolana Patricia Ortega considera que una película debe provocar un movimiento interior en el espectador y generar conversaciones después de la proyección. Esa idea guía su trabajo más reciente, 9 lunas, una comedia dramática que sigue la historia de Ángel, un entrenador de gimnasio y hombre trans cuya vida cambia cuando descubre que está embarazado.

Radicada desde hace varios años en Sevilla, la realizadora nacida en Maracaibo en 1977 encontró en Andalucía un espacio desde el cual desarrollar sus proyectos. Allí construyó nuevas raíces profesionales y personales sin abandonar la mirada venezolana que atraviesa su manera de entender el arte, las relaciones humanas y las historias situadas fuera de los márgenes tradicionales.

En una entrevista con la agencia EFE, Ortega explicó que la realización de 9 lunas produjo aprendizajes, preguntas y reflexiones desde la preproducción. El proceso no se limitó a organizar un rodaje y completar una película. También impulsó conversaciones entre los integrantes del equipo sobre identidad, masculinidad, derechos humanos, maternidad, paternidad y diversidad.

La obra, estrenada en los cines españoles el 3 de julio de 2026, cuenta con Zack Gómez-Rolls como protagonista. El reparto incluye a Jorge Sanz, María León, Sara Sálamo, Fernando Guallar y Kiti Mánver. Ortega comparte la autoría del guion con José Ortuño y Olmo Figueredo González-Quevedo.

Patricia Ortega apuesta por un cine que remueva al espectador

Patricia Ortega se define como cinéfila desde pequeña. El cine no solo representó uno de sus principales pasatiempos, sino que también moldeó su forma de interpretar el mundo. Con el tiempo, esa afición se convirtió en una herramienta para contar historias capaces de incomodar, emocionar y abrir espacios de discusión.

La directora valora especialmente aquellas películas que sacan al público de su zona de confort o le presentan una realidad que antes no conocía. A su juicio, las historias que permanecen en la memoria no siempre son las más espectaculares, sino las que despiertan preguntas y obligan a revisar ideas asumidas como naturales.

Ortega no limita esa capacidad a un género específico. Una comedia, un drama, una película de terror o una producción de entretenimiento pueden provocar una reacción profunda si construyen personajes creíbles y plantean conflictos que conectan con la experiencia humana.

La realizadora reconoce la dimensión comercial de la industria cinematográfica, pero rechaza reducir una obra a su rendimiento económico. También atribuye al cine un valor social, político y cultural porque cada personaje que llega a la pantalla puede reforzar una visión existente o introducir un referente nuevo.

Esta concepción ocupa un lugar central en 9 lunas. La película presenta un embarazo masculino a través de un personaje trans y coloca esa experiencia dentro de una historia familiar. Ortega busca que el público observe la situación con naturalidad, sin convertir al protagonista únicamente en una víctima ni presentar su identidad como un problema.

Ángel se encuentra cerca de completar su transición cuando descubre el embarazo. La noticia altera su rutina como entrenador personal y lo obliga a suspender temporalmente su tratamiento hormonal con testosterona. A partir de allí, el personaje enfrenta preguntas sobre su cuerpo, su masculinidad y la forma en que los demás lo perciben.

La trama no aborda la gestación como una negación de la identidad masculina. En cambio, explora la tensión entre una experiencia biológica y las expectativas sociales construidas alrededor de lo que significa ser hombre.

Para Ortega, mostrar en pantalla el vientre de una persona trans masculina contribuye a visibilizar una realidad que el cine ha representado pocas veces. La ausencia de esos referentes puede reforzar prejuicios y dificultar el reconocimiento de derechos.

9 lunas convierte el embarazo masculino en una experiencia cotidiana

La película utiliza el embarazo de Ángel como punto de partida para examinar los vínculos personales y los conceptos aprendidos sobre el género. El protagonista no atraviesa el proceso de forma aislada. Su familia, sus amistades y las personas que aparecen en el camino también deben revisar sus propias creencias.

Zack Gómez-Rolls interpreta a Ángel, mientras Kiti Mánver, Jorge Sanz y María León encarnan a integrantes de su entorno familiar. Sara Sálamo y Fernando Guallar completan el elenco principal de una producción que combina humor, sensibilidad y conflicto emocional.

La Academia de Cine describe 9 lunas como una comedia dramática. El largometraje llegó a las salas españolas después de presentarse en el Festival de Málaga y de participar en una proyección especial acompañada por parte del reparto.

Ortega recordó como uno de los momentos más importantes la primera exhibición ante los actores. Ver al equipo reunido frente al resultado final le permitió reconocer la dimensión colectiva del trabajo y observar las reacciones de quienes habían construido la historia durante el rodaje.

La directora calificó esa experiencia como poderosa porque los intérpretes conocían cada escena desde una perspectiva fragmentada. Durante la filmación, cada profesional trabaja con horarios, planos y repeticiones. La proyección completa permite descubrir el ritmo, el tono y el significado que adquiere el relato una vez terminado.

Desde la preproducción, el equipo abordó preguntas que superaban la ejecución técnica. El trabajo exigió reflexionar sobre la forma correcta de representar a un hombre trans embarazado, evitar estereotipos y construir una experiencia reconocible para quienes han vivido situaciones semejantes.

La intención no consistía en presentar el embarazo como un espectáculo extraordinario. Ortega quería incorporarlo a la pantalla para contribuir a que una realidad humana dejara de parecer ajena.

La película también cuestiona la educación binaria que divide cuerpos, comportamientos y funciones sociales en categorías rígidas. Ángel desafía esa estructura al conservar su identidad masculina mientras atraviesa un embarazo.

El conflicto adquiere una dimensión adicional porque el protagonista trabaja como entrenador de gimnasio, un espacio asociado con determinadas expresiones de fuerza, apariencia corporal y masculinidad. El embarazo modifica la relación de Ángel con ese entorno y lo obliga a confrontar la imagen que construyó de sí mismo.

La cinta no busca ofrecer una lección cerrada. Su propósito consiste en acompañar al personaje y permitir que cada espectador forme su propia lectura. Ortega confía en que las preguntas continúen después de la proyección, cuando el público converse sobre aquello que observó.

Sevilla se convirtió en el hogar creativo de la directora venezolana

Aunque nació y desarrolló una parte importante de su vida en Maracaibo, Patricia Ortega trabaja desde Sevilla y considera Andalucía su hogar. La región la recibió, le permitió continuar su trayectoria y le ofreció un entorno desde el cual consolidar sus proyectos.

La cineasta encuentra ventajas en vivir lejos de las grandes capitales culturales. A diferencia de las urbes que absorben el tiempo y la energía de sus habitantes, Sevilla le ofrece una escala más cercana y una calidad de vida compatible con el trabajo creativo.

Su experiencia anterior en Maracaibo también marcó esta elección. La capital zuliana se encuentra lejos de Caracas, donde tradicionalmente se concentra buena parte de la actividad política, mediática y cultural venezolana. Ortega aprendió a crear desde una ciudad ubicada fuera del centro nacional.

Esa trayectoria le permitió reconocer que un realizador no necesita instalarse permanentemente en una gran metrópoli para producir cine. Puede establecer su base en una ciudad más pequeña y trasladarse cuando el proyecto requiera rodajes, reuniones, festivales o actividades promocionales.

9 lunas refleja esa posibilidad de construir cine desde el sur de España. La producción rodó escenas entre Sevilla y las islas Canarias, con participación de compañías españolas y belgas. También recibió apoyo de instituciones culturales y contó con la participación de Movistar Plus+ y Canal Sur.

La película representa la continuidad de una filmografía centrada en personajes que cuestionan expectativas sociales. Ortega también dirigió Yo, imposible y Mamacruz, obras en las que abordó la identidad, el cuerpo, la sexualidad y los conflictos familiares desde perspectivas poco habituales.

En Mamacruz, protagonizada por Kiti Mánver, la cineasta exploró el despertar íntimo de una mujer mayor. Con 9 lunas, dirige su mirada hacia la experiencia de un hombre trans y la relación entre gestación e identidad masculina. Ambas historias colocan el cuerpo en el centro, pero lo abordan como territorio de descubrimiento y libertad.

La Academia de Cine presentó 9 lunas como el tercer largometraje de Ortega y destacó la participación de su elenco en encuentros con el público. Estas actividades amplían el propósito que la directora atribuye a sus obras: transformar la proyección en el comienzo de una conversación. Academia de Cine

Ortega ya prepara un nuevo proyecto desde Sevilla. Su objetivo mantiene la misma dirección: contar historias que provoquen reflexión, creen referentes y permitan una tertulia después de abandonar la sala.

Para la cineasta venezolana, el éxito de una obra no depende únicamente de la taquilla, los reconocimientos o la recepción crítica. Una película también cumple su propósito cuando consigue que alguien observe de otra manera una experiencia que antes consideraba distante.

En esa búsqueda, 9 lunas combina el relato íntimo con una discusión social más amplia. La película utiliza la historia de Ángel para hablar de identidad, familia y acompañamiento, pero también para defender la presencia de realidades diversas en el espacio cultural.

Ortega sostiene que el cine puede entretener sin renunciar a su capacidad de cuestionar. Por eso espera que el público no abandone la sala de la misma manera en que entró, sino con una emoción, una pregunta o un tema pendiente de conversación.

Con información de EFE

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