
Después de cruzar selvas, fronteras y detenciones, José regresó a Venezuela en mayo de 2025 como parte de un grupo de deportados desde Estados Unidos. Aunque no acabó en una cárcel en El Salvador como temía, su retorno no ha significado una segunda oportunidad.
Desde Maracaibo, donde ahora sobrevive vendiendo productos de limpieza, José no oculta su deseo de volver a emigrar. Su historia refleja el contraste entre el discurso oficial y la dura cotidianidad de quienes son expulsados de EE. UU.
UN REGRESO ENTRE FOTOGRAFÍAS Y SILENCIOS
Las cámaras oficiales captaron el momento. Banderas, abrazos y declaraciones edulcoradas. El Régimen venezolano convirtió la llegada de más de cien ciudadanos en una celebración pública, como parte del plan “Vuelta a la Patria”. Pero detrás del espectáculo, muchos como José solo sintieron alivio por no haber sido enviados a una prisión de alta seguridad en El Salvador.
Durante semanas, el joven de 22 años no supo si sería deportado al CECOT, donde ya se encuentran cientos de venezolanos acusados sin pruebas de crímenes migratorios. Cuando finalmente reconoció el avión de Conviasa, supo que volvería a casa, aunque no sintiera que eso significara realmente regresar.
UNA FAMILIA FRAGMENTADA POR LA MIGRACIÓN
José dejó a su pareja en EE. UU., quien dio a luz mientras él permanecía detenido. Nunca ha tenido a su segundo hijo en brazos. Su primer hijo, fruto de una relación anterior, vive en Chile. La dispersión familiar es una constante en la vida de los migrantes forzados, que intentan mantener vínculos a través de videollamadas y mensajes.
Hoy, sin apoyo estatal y con pocas opciones de empleo, José convive con su tío en Maracaibo, sin perspectivas reales. “Estoy pensando en irme otra vez”, dice sin titubeos.
LA REALIDAD CONTRASTA CON LAS PROMESAS
Aunque el Gobierno anunció atención integral a los repatriados, lo cierto es que la mayoría no recibe ningún tipo de asistencia. No hay acceso garantizado a servicios de salud, educación ni ayuda económica. Muchos, como José, carecen incluso de documentos básicos.
La ley Simón Bolívar, aprobada en 2024, ha incrementado la represión y limita la posibilidad de expresarse libremente, generando temor incluso entre quienes han regresado sin haber cometido delito alguno.
CARGA EMOCIONAL Y ESTIGMA SOCIAL
A la falta de recursos se suma el trauma acumulado. La migración forzada, el encierro, la incertidumbre y el maltrato han dejado cicatrices psicológicas profundas. José fue esposado durante tres días antes de su expulsión y denuncia que en los centros de detención estadounidenses se les trata como criminales.
La promesa de una nueva vida se diluyó en burocracia, pobreza y propaganda. El Estado, que los recibió con cámaras, los abandona después del aterrizaje. José, como muchos otros, sigue soñando con irse, aunque aún no sepa hacia dónde.


