En 2025, la migración venezolana se mantiene como el mayor desplazamiento forzado en la historia reciente de América Latina. Con 7.9 millones de personas viviendo fuera del país, la diáspora equivale al 22 % de la población original de Venezuela y ha transformado no solo la realidad social interna, sino también la de los países receptores. Las remesas, que alcanzan cifras récord, se han convertido en un salvavidas económico para millones de hogares, al tiempo que la integración laboral enfrenta obstáculos marcados por la informalidad, la discriminación y la falta de regularización.
Remesas: oxígeno para millones de familias
Las transferencias de dinero desde el exterior alcanzaron los 4.5 mil millones de dólares anuales en septiembre de 2025, representando el 3 % del PIB venezolano. Para casi un tercio de los hogares, estas ayudas significan hasta el 80 % de sus ingresos, permitiendo cubrir necesidades básicas como alimentación, salud y vivienda.
Además de su impacto económico, las remesas han acelerado la dolarización informal, posicionando al dólar como la moneda más utilizada en transacciones cotidianas. A falta de canales bancarios eficientes, los migrantes recurren cada vez más a sistemas digitales y criptomonedas para enviar dinero, mientras el gobierno mantiene el programa Remesas Patria, en un intento de centralizar el flujo de divisas.
Inserción laboral y discriminación
A pesar de que el 49 % de los migrantes venezolanos cuenta con formación universitaria, las oportunidades laborales en países receptores siguen siendo limitadas. En Colombia, el 67 % de los venezolanos trabaja en el sector informal, mientras que en Ecuador dos de cada tres están fuera de la economía formal. En Perú, apenas el 9.5 % logra ejercer en su área profesional.
Las brechas salariales también son evidentes: en promedio, los trabajadores locales ganan un 30 % más que los migrantes, incluso cuando estos últimos cuentan con mayor nivel educativo. Entre los principales obstáculos figuran la dificultad para convalidar títulos, restricciones legales sobre contratación de extranjeros, estereotipos negativos y un aumento de la xenofobia alimentada por percepciones de competencia laboral.
Estrategias de supervivencia
Ante las barreras de acceso al empleo formal, muchos venezolanos se insertan en la economía informal: ventas callejeras, reparto a domicilio o transporte alternativo. En ciudades como Lima, donde la informalidad alcanza al 70 % de la economía, los migrantes encuentran nichos para subsistir, aunque con condiciones precarias y sin protección social.
El emprendimiento también se ha convertido en un camino de resistencia. En Panamá, por ejemplo, empresarios venezolanos han invertido 1.8 mil millones de dólares en una década, generando unos 40,000 empleos. Sin embargo, la mayoría de los proyectos migrantes son pequeños negocios familiares, desde servicios gastronómicos hasta estética a domicilio.
Algunos, en situaciones extremas, recurren a opciones riesgosas como el entretenimiento digital y los casinos en línea. Aunque estas alternativas ofrecen ingresos inmediatos, organizaciones advierten sobre la posibilidad de generar adicción y profundizar la vulnerabilidad económica.
Contribución a los países receptores
Contrario a los prejuicios, los migrantes venezolanos aportan significativamente a las economías locales. En Colombia, su contribución alcanzó 529.1 millones de dólares en 2022, equivalentes al 2 % de la recaudación tributaria. En Ecuador, aportan cerca de 900 millones de dólares anuales, incluyendo 47 millones en impuestos. En Perú, su participación representa el 1.35 % de los ingresos fiscales.
El FMI proyecta que una integración más efectiva de la población migrante podría incrementar el PIB de los países receptores en hasta 4.5 puntos porcentuales para 2030, lo que demuestra el potencial de la diáspora como motor de desarrollo.
Políticas y desafíos de integración
Colombia lidera con el Estatuto Temporal de Protección, que ya regularizó a 1.9 millones de venezolanos y avanza en integrar a otros 600,000. Ecuador y Perú también han abierto procesos de regularización, aunque de menor alcance. Sin embargo, estudios recientes revelan que la mitad de los migrantes en la región no logra cubrir tres comidas diarias ni acceder a vivienda digna, lo que los expone a mecanismos de supervivencia extremos.
La migración venezolana en 2025 es, al mismo tiempo, un fenómeno de resiliencia y vulnerabilidad. Las remesas sostienen a millones de familias, los emprendimientos reflejan la capacidad de adaptación y los aportes fiscales desmienten la idea de que los migrantes son una carga. Sin embargo, persisten retos como la informalidad, la xenofobia y la falta de integración estructural. El éxito de la región dependerá de transformar la crisis en oportunidad, reconociendo en esta diáspora no solo un desafío humanitario, sino un potencial demográfico y económico clave para el desarrollo compartido.
Con información de Globovisión


