
El Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) atraviesa una de las peores crisis de su historia. La agencia de la ONU, responsable de asistir a millones de personas desplazadas y refugiadas en el mundo, ha debido recortar más de 5.000 empleos y suspender múltiples programas humanitarios debido a un déficit presupuestario sin precedentes.
El propio alto comisionado, Filippo Grandi, alertó durante la apertura del comité ejecutivo en Ginebra que la institución cerrará el 2025 con 1.300 millones de dólares menos que el año anterior, mientras el número de desplazados forzosos continúa en aumento. La situación, explicó, amenaza con dejar sin atención básica a millones de personas que dependen de Acnur para sobrevivir.
Recortes masivos y colapso presupuestario
Durante su intervención, Grandi confirmó que casi el 25 % del personal global de Acnur ha sido despedido, lo que equivale a más de 5.000 funcionarios en distintos continentes. Además, la agencia ha tenido que cerrar oficinas en al menos 185 localidades, limitando su capacidad de respuesta ante emergencias humanitarias.
“Casi 5.000 colegas de Acnur ya han perdido sus empleos este año”, señaló Grandi. “Tuvimos que detener programas cruciales que literalmente salvan vidas”.
Según los datos oficiales, la organización dispondrá de 3.900 millones de dólares para cerrar 2025, una cifra drásticamente inferior a los 5.200 millones registrados en 2024. Este descenso en el financiamiento, explicó Grandi, ha tenido consecuencias inmediatas: escuelas cerradas, reducción de la ayuda alimentaria y suspensión de programas de apoyo psicológico y prevención de la violencia de género.
El impacto de los recortes en la ayuda humanitaria
La crisis llega en el momento menos oportuno. A nivel global, más de 120 millones de personas se encuentran desplazadas por guerras, persecuciones, hambrunas y desastres climáticos, según los últimos informes de la ONU.
Los países que tradicionalmente aportan la mayor parte del presupuesto de Acnur —entre ellos Estados Unidos, Alemania, Reino Unido y Japón— han reducido sus contribuciones, priorizando el gasto militar y de seguridad nacional, en medio de crecientes tensiones geopolíticas, especialmente por la guerra en Ucrania y las amenazas de Rusia.
Esta situación ha generado una tormenta perfecta: mientras la necesidad de asistencia crece, los fondos internacionales se reducen, dejando a millones de refugiados en condiciones críticas.
“El mundo está gastando más en armas que en humanidad”, lamentó Grandi, quien instó a los Estados donantes a restablecer los aportes financieros y a reconocer que “el costo de la indiferencia será mucho mayor que el de la solidaridad”.
Consecuencias visibles en terreno
Los efectos de la crisis ya se sienten en distintas regiones. En África, varios campos de refugiados en Sudán, Chad y Etiopía reportan escasez de alimentos y falta de atención médica básica. En Medio Oriente, los programas de apoyo a las familias sirias desplazadas han sido reducidos a la mitad.
En América Latina, la reducción de fondos afecta las operaciones en Colombia, Ecuador y Perú, países que acogen a millones de migrantes y refugiados venezolanos. Los centros de atención han tenido que reducir horarios, personal y servicios de alojamiento, lo que deja a miles de personas en situación de extrema vulnerabilidad.
En Europa, la presión migratoria derivada de los conflictos en Ucrania y Medio Oriente ha sobrepasado la capacidad operativa de las misiones de Acnur, que ahora funcionan con recursos mínimos.
Un llamado urgente a la comunidad internacional
Grandi advirtió que, de no revertirse la tendencia, 2026 podría marcar un punto de no retorno en la respuesta humanitaria global. “La falta de recursos no solo pone en riesgo vidas, sino también la credibilidad del sistema internacional de protección a los refugiados”, enfatizó.
El alto comisionado pidió una revisión urgente de las prioridades globales, recordando que cada dólar retirado de la ayuda humanitaria se traduce en más hambre, más desplazamiento y más desesperanza.
En su mensaje final, llamó a los gobiernos a “restaurar el compromiso moral con los más vulnerables” y a no permitir que la guerra y la geopolítica sigan silenciando la tragedia de millones de seres humanos que huyen del conflicto y la pobreza.
La crisis de Acnur simboliza el desequilibrio moral y financiero del mundo actual, donde los presupuestos militares crecen mientras se reducen los fondos para salvar vidas. La advertencia de Grandi no solo expone un colapso institucional, sino una crisis ética global que amenaza los principios fundacionales de la ONU.
Mientras los desplazamientos continúan en aumento, el futuro de millones de refugiados dependerá de si la comunidad internacional decide responder con solidaridad o con silencio.
Con información de Reuters


