Entre la incertidumbre y el arraigo: venezolanos en Colombia aplazan el regreso

Tras la caída de Nicolás Maduro, que ilusionó a muchos expatriados, ahora reina la incertidumbre en Venezuela

La caída de Nicolás Maduro generó, durante las primeras horas, una oleada de expectativa entre millones de venezolanos dentro y fuera del país. Sin embargo, en los barrios periféricos de la ciudad colombiana de Cúcuta, esa emoción inicial se ha ido disipando con rapidez.

Para quienes malviven en asentamientos improvisados como La Fortaleza o Trigal del Norte, el derrocamiento del antiguo líder no ha sido suficiente para despejar los temores ni garantizar condiciones mínimas que permitan pensar en un retorno inmediato. La vida que construyeron al otro lado de la frontera, aunque precaria y marcada por la violencia, sigue ofreciendo más certezas que un país cuyo futuro político aún resulta incierto.

Una vida levantada desde la nada

La mayoría de los migrantes venezolanos que hoy habitan los sectores más empobrecidos de Cúcuta llegaron entre 2017 y 2018, empujados por el hambre, la falta de empleo y la ausencia de expectativas. Muchos cruzaron la frontera sin documentos, con niños en brazos y con la convicción de que quedarse significaba no sobrevivir. En Colombia encontraron refugio, pero no prosperidad: casas hechas con bloques sin frisar, techos de lámina y suelos de tierra forman parte del paisaje cotidiano.

Franklin Petit, ayudante de albañil de 55 años, es uno de ellos. Vive con su esposa y sus hijas en una vivienda modesta levantada con esfuerzo propio. Aunque celebra la salida de Maduro, descarta regresar por ahora. Para él, el cambio político no se traduce automáticamente en estabilidad. Considera que la situación en Venezuela sigue siendo frágil y que tomará tiempo para que el país recupere condiciones básicas de vida.

Educación como ancla del presente

Uno de los factores que más pesa en la decisión de permanecer en Colombia es el acceso a la educación. Petit y su esposa están convencidos de que en Cúcuta pueden garantizarle a sus hijas un futuro académico que consideran inalcanzable en la Venezuela actual. La mayor de ellas, Frainellys, avanza con éxito en la primaria y ha encontrado en la música un espacio de crecimiento personal dentro de una iglesia cristiana del barrio.

Para muchas familias, la escuela se ha convertido en el principal motivo para no cruzar de vuelta la frontera. Aun en contextos de pobreza, la posibilidad de que los niños estudien, coman con regularidad y se desarrollen en un entorno relativamente estable pesa más que la nostalgia por la tierra natal.

Convivir con la violencia sin nombrarla

Los barrios donde se asentaron estos migrantes están ubicados en una de las regiones más complejas de Colombia. La cercanía con el Catatumbo implica convivir con la presencia de grupos armados, economías ilegales y disputas territoriales. Guerrillas, disidencias y bandas criminales operan en la zona, aunque los residentes prefieren no hablar abiertamente del tema por temor a represalias.

A pesar de este entorno hostil, muchos aseguran que han echado raíces porque no cuentan con pasaporte ni recursos para continuar su camino hacia otros países. Para ellos, Cúcuta representa una parada forzada, pero también una oportunidad de recomenzar, aunque sea desde la informalidad y la incertidumbre.

El recuerdo del hambre como advertencia

Nellisbeth Martínez, costurera de 42 años, revive con angustia los días previos a su salida de Venezuela. Habla de pobreza extrema, de jornadas sin comida y de una desesperación que la obligó a dejar su hogar. Hoy cuida de dos hijas, una nacida en Colombia, y observa con orgullo los avances de la mayor, consciente de que su sacrificio no fue en vano.

Historias similares se repiten entre quienes dudan del retorno. El recuerdo del hambre funciona como una barrera emocional difícil de superar. Para muchos, volver sin garantías sería exponerse nuevamente a una realidad que los marcó profundamente.

Esperanza contenida, no extinguida

No todos han perdido la fe en el futuro de Venezuela. Luisana Serrano, antigua auxiliar de enfermería, cree que el cambio llegará, aunque no de inmediato. Extraña a su familia y sueña con regresar algún día, pero reconoce que el trauma de la escasez aún pesa demasiado. Hoy se gana la vida como panadera y contribuye al sustento de un hogar ampliado en el exilio.

Mientras tanto, el respaldo del presidente estadounidense Donald Trump al gobierno interino de Delcy Rodríguez genera expectativas, pero también dudas. La ausencia de un calendario electoral claro y la continuidad del chavismo en el poder alimentan la cautela entre quienes evalúan un eventual regreso.

Un retorno que espera condiciones

En Cúcuta, los venezolanos observan con atención los acontecimientos políticos desde la distancia. Celebran los gestos de cambio, pero exigen hechos concretos. Para ellos, regresar no es solo cruzar una frontera, sino reencontrarse con un país capaz de ofrecer trabajo, seguridad y dignidad.

Hasta que eso ocurra, la esperanza permanece en pausa. No se ha extinguido, pero tampoco impulsa decisiones apresuradas. Entre el miedo al pasado y la incertidumbre del presente, miles de venezolanos prefieren resistir en Colombia, aguardando el día en que volver a casa deje de ser un riesgo y vuelva a ser una posibilidad real.

Con información de Clarín de Argentina

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