En Colombia, mucho se habla de la juventud migrante venezolana que busca oportunidades, estudia, emprende o se enfrenta a los desafíos de la informalidad.
Sin embargo, hay un rostro que permanece en las sombras de la opinión pública: el de los adultos mayores venezolanos que llegaron huyendo de la crisis, sin nada.
Es una de las poblaciones más vulnerables de la migración, golpeada no solo por la falta de recursos económicos y la dificultad para acceder a la regularización, sino también por la discriminación silenciosa que pesa sobre la edad. Y son venezolanos.
Muchos enfrentan barreras casi infranqueables para conseguir un empleo digno: las puertas se cierran con frases como “buscamos gente joven” o “no cumple con el perfil” “debe tener documentos legales”.
En un país donde el mercado laboral ya es adverso para las personas mayores colombianas, los migrantes de la tercera edad quedan condenados a la exclusión.
A esta realidad se suman otras cargas: la soledad de quienes llegaron sin familia o la nostalgia de quienes se quedaron atrás. Muchos viven en condiciones de precariedad, dependiendo de la solidaridad de comunidades de acogida, iglesias o redes informales de apoyo. La regularización, que debería ser una puerta a la dignidad, se convierte para ellos en un laberinto burocrático difícil de transitar, especialmente para quienes no cuentan con asesoría, pasaportes, ni acceso a internet.
Los migrantes mayores venezolanos no son solo “abuelos en tránsito”; son parte de una generación que trabajó toda su vida en Venezuela y que hoy se encuentra sin pensión, sin seguridad social y con un futuro incierto en tierra extranjera. Invisibilizarlos es un error que no puede permitirse una sociedad que se precia de ser solidaria.
Colombia, que mostró generosidad al abrir programas como el Estatuto Temporal de Protección para Migrantes Venezolanos (ETPV), tiene ahora el reto de diseñar políticas específicas que atiendan a esta población.
Urge pensar en programas de integración social, de acceso a salud, de acompañamiento psicosocial y de empleabilidad adaptada. Porque si bien la migración es un fenómeno complejo, la humanidad con la que se trate a sus sectores más frágiles define el carácter de un país de acogida.
Los adultos mayores venezolanos son memoria viva, son resiliencia y también son víctimas invisibles. Reconocerlos y protegerlos es una deuda pendiente que Colombia no debe seguir postergando.


