Vivir sin salud: el otro exilio de los venezolanos | Por Alice López

➥ La autora es: nvestigadora adscrita al Observatorio de Venezuela de la Universidad del Rosario y participante del podcast “Esto no es una frontera, esto es un río”. Politóloga e Internacionalista por la Universidad del Rosario, con maestría en Derechos Humanos por la Universidad Autónoma de Madrid

María lleva 7 horas en la fila del hospital. Tiene fiebre, tos y dos hijos que la esperan en casa. Sabe que no la atenderán, pero no tiene a dónde más ir. Como ella, millones de venezolanos se enfrentan a la imposibilidad de recibir una atención médica digna.

Venezuela vive una crisis de salud tan profunda que dejó de ser solo un problema de hospitales y medicinas. Se ha convertido en una emergencia humana que marcará a más de una generación. Una crisis sanitaria que une la vulneración de otros derechos humanos básicos, como el derecho a la salud, a la alimentación y, en última instancia, a una vida digna.

Hace apenas unas décadas, desde Colombia se veía a Venezuela como ese país de oportunidades, al que muchos colombianos llegaban para trabajar y prosperar. Hoy, la historia se ha invertido, son ahora los venezolanos quienes llegan a nuestras calles, huyendo no solo de la crisis, sino también escapando de un sistema de salud que no funciona, que ni cuida ni protege. El Estado debería garantizar un sistema de salud digno, según la Declaración Universal de Derechos Humanos.

La decadencia es palpable en cada sala, cada consulta, cada cama o la ausencia de ella.

Ya en 2015 se reportaba que apenas el 35 % de las camas hospitalarias estaban operativas y la mitad de los quirófanos estaban cerrados por falta de recursos. Según Human Rights Watch, hubo hasta un 68 % de escasez de insumos quirúrgicos y un 70 % de falta de medicamentos en farmacias públicas. Unos datos solo comparables con una zona de guerra, pero que eran y siguen siendo parte del día a día en Venezuela.

En 2024, las cosas no mejoraron lo suficiente. La OPS y la OMS han tenido que enviar más de 550.000 kilos de medicinas, insumos y equipos para atender a más de 2,3 millones de personas. Si los organismos internacionales no estuvieran ahí, millones se quedarían sin atención básica, porque el Estado se muestra incapaz de garantizar el acceso universal a la salud.

Sin profesionales, sin medios, sin solución

A esto se suma un problema muchas veces ignorado, pero que agudiza la situación: la fuga de profesionales. Según la Organización Panamericana de la Salud, Venezuela está entre los países de América con mayor déficit de médicos, enfermeras y parteras. En 2018, cerca de un tercio de los médicos (22.000 de 66.000) se habían ido, y la ONU calculaba que el 40 % del personal sanitario abandonó el país por salarios bajos y falta de recursos. Sin personal ni insumos, no hay sistema sanitario que pueda mantenerse en pié.

También es reseñable que esta falta de acceso a atención médica formal y asequible lleva a que muchas personas opten por la medicina tradicional o remedios caseros, ya que no tienen los recursos para ir al médico o comprar medicamentos. Esta “elección”, aunque culturalmente arraigada, muchas veces es una necesidad impuesta por la crisis económica y la ausencia de un sistema de salud accesible, lo que agrava los riesgos para la salud de quienes no pueden acceder a tratamientos adecuados. Estas situaciones han sido relatadas en numerosas ocasiones por influencers como @azuaje.230 que son capaces de sacar humor como forma de denuncia a la precariedad en que se ve sumida el país.

El presente se muere y el futuro pasa hambre

“No hay antibióticos, solución fisiológica ni sangre. Tenemos a 8 mujeres con infecciones multirresistentes posteriores a las cesáreas y no tenemos con qué tratarlas” clamaban los médicos desde el hospital Vargas en 2018. Pero esto no era nuevo y lastimosamente sigue sin tener solución.

Entre 2012 y 2016, la mortalidad infantil aumentó un 63 % y la mortalidad materna se duplicó, según The Lancet. En 2024, UNICEF estimó que la mortalidad en menores de cinco años sigue en 24,3 muertes por cada 1.000 nacidos vivos, lo que significa que más de 10.000 niños mueren cada año por causas que, en muchos casos, podrían prevenirse.

A esto hay que agregar que el hambre también está haciendo estragos. Cáritas y la Fundación Bengoa calculan que más del 14 % de los niños sufren desnutrición aguda y un 33 % padecen desnutrición crónica, lo que impide que crezcan y aprendan como deberían. En 2024, unas 6,5 millones de personas en el país continúan pasando hambre y esta falta de una alimentación adecuada no solo afecta el presente, sino que condiciona el futuro de todo un país.

Viejos conocidos que vuelven a dañar a un pueblo abandonado

Han reaparecido enfermedades que deberían estar controladas, como malaria, dengue o tuberculosis, porque los programas de prevención y vacunación se han debilitado. Aun así, en 2024 hubo un logro importante: Venezuela fue certificada de nuevo como país libre de sarampión y polio gracias a campañas de vacunación apoyadas por organismos internacionales. Pero este éxito puntual no compensa el abandono generalizado del sistema.

La esperanza de vida en 2024 es de apenas 72,7 años, lo que refleja un país que condena a sus ciudadanos a vivir menos y a vivir peor. La salud no es solo hospitales y medicinas. Es el derecho a vivir con dignidad y a no tener que abandonar el hogar en busca de atención básica. Para miles de venezolanos, la falta de acceso a servicios de salud es un exilio silencioso que los obliga a huir de un sistema que les niega lo más fundamental. Este es, sin duda, el otro exilio de los venezolanos, uno que marcará a más de una generación y exige que el gobierno venezolano no lo ignore.

Frente a esta realidad, mirar hacia otro lado ya no es una opción. Venezuela: necesita acción, inversión y justicia.

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