Necoclí vive una migración al revés tras el regreso de Trump y el fin del camino hacia el Darién

◉ Ese pequeño poblado pasó de albergar a miles de personas en tránsito a tener unas playas tranquilas. Las duras políticas de Donald Trump desaceleraron el flujo de viajeros. Hoy muchos están de regreso

Necoclí, un municipio colombiano que hace apenas dos años era el epicentro de uno de los mayores flujos migratorios del continente, vive hoy una realidad completamente distinta. Las multitudes que inundaban sus playas y calles desaparecieron, no por soluciones locales ni regionales, sino por la reactivación de políticas migratorias drásticas en Estados Unidos bajo el nuevo mandato de Donald Trump.

En el primer semestre de 2025, solo 83.400 migrantes pasaron por el municipio, una cifra ínfima comparada con los más de 500.000 que lo atravesaron en 2023. Este giro inesperado dio paso a un fenómeno inédito: la migración invertida, protagonizada por personas que ya no buscan avanzar hacia el norte, sino regresar derrotadas desde él.

De epicentro continental a municipio silencioso

Durante años, Necoclí fue un punto neurálgico para viajeros procedentes de África, Asia, el Caribe y Sudamérica. Su muelle se convirtió en la antesala de la peligrosa selva del Darién, mientras que tiendas, apartamentos y hostales se transformaron en improvisados refugios para miles que soñaban con alcanzar Estados Unidos.

En 2023, sus playas estaban abarrotadas: carpas improvisadas, colchones sobre la arena, largas filas para abordar lanchas hacia Panamá y comerciantes haciendo esfuerzos por atender a una población que pagaba en dólares por bienes básicos. Para muchos residentes fue un tiempo de bonanza económica inédita, pero también de desbordamiento institucional, inseguridad y falta de infraestructura humanitaria.

Ese paisaje desapareció por completo con la llegada de 2025. Hoy, Necoclí transita días tranquilos, marcados más por el silencio que por el bullicio que caracterizó la emergencia humanitaria.

Trump y la política que frenó el corredor migratorio

El giro ocurrió tras la posesión de Donald Trump en enero de 2025 y la reinstalación de su política antimigratoria más dura. Volvió la construcción del muro, se eliminaron programas humanitarios y se cerraron las pocas vías de ingreso legal que habían permitido a miles aspirar a cruzar la frontera.

Ese cierre abrupto fracturó el flujo. Lo que antes era una corriente constante desde Necoclí hacia Panamá se convirtió en una estampida de retorno. Según el Observatorio de Migración de Colombia, 12.347 migrantes fueron detectados viajando en sentido inverso: personas provenientes de México, Centroamérica y Panamá que regresaban a Sudamérica, especialmente a Venezuela y Ecuador.

El fenómeno también repercutió en otros países. En el mismo periodo, los flujos regulares hacia Centroamérica aumentaron hasta en un 190 % desde México, evidencia de que miles buscan rutas legales o simplemente abandonan sus intentos de llegar al norte.

El drama humano de quienes vuelven con las manos vacías

La nueva dinámica ha puesto a prueba a organizaciones locales y líderes comunitarios. Entre ellos está Dally Hernández, venezolana residente en Necoclí, quien llegó hace siete años con la intención de atravesar el Darién, pero desistió al evaluar los riesgos para su hija pequeña.

Hoy, Dally recibe todos los días a migrantes destruidos emocionalmente, sin dinero, endeudados y sin rumbo. Relata casos como el de una mujer que llegó con tres niños y necesitó asistencia inmediata para alimentarse, encontrar un refugio y retornar a Venezuela.

Las cifras de la Alcaldía revelan que solo entre el 16 y el 20 de noviembre regresaron 157 personas, 18 de ellas menores. Muchos regresan sin documentos, otros con graves deudas adquiridas en la ruta hacia el norte.

Rutas peligrosas y nuevos riesgos para quienes retroceden

El Observatorio de Migraciones advierte que la migración inversa está plagada de peligros. Quienes vuelven lo hacen por corredores controlados por grupos armados y redes criminales. Se exponen a extorsiones, violencia sexual, robos y todo tipo de vulneraciones, exactamente los peligros que muchísimos pretendían evitar al detener su viaje hacia el Darién.

El retroceso, por tanto, no es un alivio: es un nuevo capítulo de riesgo y fragilidad humana.

La caída del flujo migratorio en el golfo de Urabá no significa el fin del drama, sino su transformación. Necoclí pasó de ser un punto de partida masivo a un territorio de retorno forzado, mientras miles de migrantes procesan el desengaño de un sueño roto por decisiones tomadas a miles de kilómetros.

El futuro del municipio, de la ruta del Darién y de quienes la recorren seguirá marcado por políticas externas, presiones regionales y dinámicas que escapan al control local. Lo único claro es que la migración no desapareció: simplemente cambió de dirección.

Con información de Semana

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