Familias de la Misión Vivienda siguen entre carpas y grietas a más de 40 días de los terremotos

Más de 40 días después del doble terremoto del 24 de junio, familias de edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela ubicados en la avenida Bolívar de Caracas continúan viviendo en carpas

Las familias de la Misión Vivienda que habitan en los complejos residenciales ubicados en los alrededores de la avenida Bolívar, en Caracas, continúan enfrentando las consecuencias del doble terremoto ocurrido el pasado 24 de junio. A más de 40 días de los movimientos telúricos, algunas permanecen en carpas y toldos instalados en espacios abiertos, mientras otras decidieron regresar a sus apartamentos después de recibir evaluaciones técnicas que descartan daños estructurales. Entre ambas realidades persiste un elemento común: el temor de volver a vivir dentro de edificios donde todavía pueden observarse grietas y huellas de la emergencia.

La escena en esta importante arteria de la capital refleja una recuperación que avanza de manera desigual. En algunos edificios, cuadrillas de obreros reparan paredes y otros daños visibles. En otras torres, las ventanas abiertas y la presencia de residentes muestran que parte de la vida cotidiana comenzó a recuperarse. Sin embargo, a pocos metros de esas estructuras permanecen familias que todavía prefieren dormir afuera antes que pasar la noche dentro de sus antiguos hogares.

Para estos afectados, el problema ya no se limita a conocer si una pared puede repararse o si una estructura cumple con condiciones técnicas de seguridad. También enfrentan el impacto psicológico de haber experimentado un movimiento que alteró su percepción sobre los lugares donde vivían. La posibilidad de una nueva vivienda representa para algunos la única alternativa capaz de devolverles tranquilidad.

Familias de la Misión Vivienda permanecen fuera de sus apartamentos pese a las evaluaciones técnicas

Nancy Contreras forma parte de las familias de la Misión Vivienda que todavía permanecen en las carpas instaladas en la avenida Bolívar. Su apartamento está ubicado en un segundo piso y sufrió daños durante los terremotos, principalmente grietas y afectaciones en la mampostería.

Ingenieros han explicado en varias oportunidades que el edificio no presenta daños estructurales y que las reparaciones pueden resolver las afectaciones visibles. Sin embargo, esa información no ha sido suficiente para convencerla de regresar definitivamente.

Cada vez que entra en su vivienda observa las grietas y vuelve a sentir temor.

“Yo quiero buscar la manera de que me asignen una casita nueva porque cada vez que entro al apartamento y veo que tiene grietas me da nervios. Muchos vecinos se han regresado, pero es difícil tomar esa decisión”, explicó a El Pitazo.

Su rutina muestra hasta qué punto cambió la vida cotidiana después del 24 de junio. Contreras entra al apartamento para bañarse, recoger ropa o buscar algunas pertenencias, pero después vuelve a la carpa donde pasa la mayor parte del tiempo.

“Yo entro rápido al apartamento, me baño, busco ropa y salgo, pero no me quedo ahí mucho tiempo. Hay otros vecinos que hacen lo mismo”, relató.

Durante los primeros 15 días posteriores a los terremotos, las familias permanecieron en pequeñas carpas expuestas directamente a la lluvia, al calor y a otras condiciones climáticas. Más adelante, las autoridades instalaron toldos de mayor tamaño para ofrecerles una protección más adecuada.

Aun así, permanecer afuera no representa una solución cómoda ni definitiva.

Las familias deben compartir espacios reducidos, adaptarse a condiciones improvisadas y organizar actividades básicas lejos de la privacidad de sus hogares. Sin embargo, para algunos residentes esa incomodidad resulta más tolerable que dormir dentro de una estructura que asocian directamente con el miedo experimentado durante los sismos.

La diferencia entre seguridad técnica y sensación de seguridad se ha convertido en uno de los principales desafíos de estas comunidades.

Los informes de los especialistas pueden determinar que una torre continúa estable, pero no necesariamente consiguen eliminar el miedo de quienes sintieron cómo se movía durante el terremoto.

Reparaciones avanzan mientras algunas familias esperan recibir otra vivienda

La incertidumbre también gira alrededor de la posibilidad de obtener una nueva solución habitacional.

Algunas familias esperan que terminen las reparaciones para regresar a sus apartamentos. Otras consideran que no podrán recuperar la tranquilidad en los edificios afectados y aspiran a que las autoridades les asignen una vivienda diferente.

Sin embargo, los criterios establecidos para acceder a una nueva adjudicación limitan las posibilidades para quienes presentan daños menores.

Una de las personas que permanece en las carpas, y que pidió mantener su identidad bajo reserva, explicó que funcionarios del Ministerio para Hábitat y Vivienda les informaron sobre las condiciones del Registro Único de Vivienda.

Este mecanismo permite censar de manera digital y biométrica a las familias afectadas, pero está dirigido principalmente a quienes perdieron completamente sus hogares o presentan daños graves clasificados con etiqueta roja.

El apartamento de esta persona no entra dentro de esa categoría.

Las afectaciones corresponden principalmente a mampostería y, según las evaluaciones recibidas, la estructura puede continuar ocupada después de las reparaciones necesarias.

Esta clasificación reduce considerablemente las posibilidades de recibir una nueva vivienda.

“Sinceramente no quisiera volver a ese apartamento, pero no me quedará otra opción porque dudo mucho que nos asignen viviendas nuevas”, afirmó.

Su preocupación refleja la situación de otras familias que reconocen que probablemente tendrán que regresar pese al miedo.

El recuerdo del terremoto pesa sobre cada decisión.

Algunos residentes aceptaron las explicaciones técnicas y volvieron a ocupar sus apartamentos. Otros todavía necesitan más tiempo, nuevas evaluaciones o garantías adicionales antes de tomar la misma decisión.

La reparación física de una pared puede completarse en días o semanas. Recuperar la confianza en el edificio puede requerir mucho más tiempo.

Esta diferencia también genera distintas expectativas dentro de las comunidades.

Quienes regresaron intentan reconstruir su rutina. Quienes siguen en las carpas esperan conocer cuánto tiempo podrán permanecer allí y si existirá alguna alternativa definitiva antes de que las estructuras temporales sean retiradas.

La avenida Bolívar refleja dos etapas distintas de una misma emergencia

Caminar por la avenida Bolívar permite observar el contraste de manera inmediata.

En unas torres todavía trabajan obreros. Las reparaciones continúan en fachadas, paredes y espacios interiores. En otras edificaciones, la presencia de residentes en ventanas y balcones muestra que la normalidad empieza a regresar.

Abajo, sin embargo, continúan los toldos.

Las carpas funcionan como recordatorio de que para un grupo de familias la emergencia todavía está lejos de terminar.

La diferencia no depende únicamente del nivel de daño sufrido por las viviendas. También intervienen las experiencias individuales de quienes estaban dentro de los edificios durante los terremotos y la manera en que cada persona procesa el miedo.

Para algunos residentes, escuchar que un ingeniero considera segura la estructura ofrece suficiente tranquilidad para regresar.

Para otros, observar una grieta basta para revivir los movimientos del 24 de junio.

Nancy Contreras pertenece a este último grupo.

Desde la distancia mira el apartamento donde vivía antes del desastre y reconoce que no sabe durante cuánto tiempo podrá seguir permaneciendo en una carpa. Su deseo es comenzar de nuevo en otra vivienda, pero tampoco tiene certeza de que las autoridades aprueben esa posibilidad.

Esa incertidumbre acompaña a varias familias.

Mientras esperan respuestas, entran y salen de sus apartamentos durante el día, utilizan las viviendas para cubrir necesidades básicas y regresan nuevamente a dormir en espacios abiertos.

La situación muestra que la recuperación posterior a un terremoto no puede medirse únicamente por el número de estructuras reparadas.

También requiere atender el impacto emocional de quienes sobrevivieron a una emergencia y ahora deben recuperar la confianza en los lugares donde construyeron su vida cotidiana.

Los terremotos del 24 de junio dejaron daños materiales en distintas regiones del país, pero también alteraron la relación de muchas familias con sus hogares.

En la avenida Bolívar, esa realidad permanece visible más de 40 días después.

Las grietas comienzan a repararse y algunos apartamentos vuelven a ocuparse. Sin embargo, las carpas todavía instaladas frente a los edificios muestran que el retorno a la normalidad sigue incompleto.

Para quienes continúan allí, regresar no consiste únicamente en abrir la puerta de un apartamento reparado. También implica superar el miedo de volver a dormir entre paredes que una vez sintieron estremecerse.

Hasta que eso ocurra, las familias seguirán esperando una respuesta capaz de ofrecerles algo más que una vivienda habitable: la seguridad necesaria para volver a llamarla hogar.

Con información de El Pitazo

 

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