Editorial | El Venezolano Colombia
La sombra del odio y la violencia política en Colombia | Por José Ramón Villalobos

➦ El autor es periodista venezolano y director de El Venezolano Colombia

Hoy Colombia despierta con una herida profunda. El asesinato de Miguel Uribe no solo enluta a su familia, a sus amigos y a sus compañeros de causa, sino que golpea de frente a la democracia misma. Lo ocurrido es un episodio negro que nos recuerda, con dolor y preocupación, que la violencia política sigue respirando en el país, alimentada por discursos que siembran resentimiento y dividen a los ciudadanos.

En los últimos años, hemos visto cómo la retórica incendiaria ha dejado de ser una simple estrategia de confrontación política para convertirse en un combustible que enciende pasiones extremas. El presidente Gustavo Petro, con un lenguaje cargado de descalificaciones, señalamientos y acusaciones, ha contribuido a un clima hostil que erosiona la convivencia y normaliza la idea de que el adversario político no es un rival legítimo, sino un enemigo a destruir.

Como venezolanos, sabemos demasiado bien a dónde conduce ese camino. Hugo Chávez en Venezuela usó un discurso similar: una narrativa de odio, resentimiento de clases y confrontación permanente que terminó fracturando al país, justificando abusos y alentando actos de violencia. La historia reciente venezolana demuestra que las palabras no son inofensivas: preparan el terreno para acciones que atentan contra vidas humanas y contra las instituciones.

Colombia no puede darse el lujo de seguir ese mismo guion. La democracia exige debate, sí, pero debate civilizado, con respeto por el disenso y sin estigmatizar al contrario. El asesinato de Miguel Uribe es un campanazo que debería obligar a todos —políticos, líderes sociales, ciudadanos y medios— a rechazar con firmeza cualquier narrativa que incite a la confrontación violenta.

Miguel Uribe representaba a una nueva generación comprometida con el servicio público, un joven de ideas firmes y fe inquebrantable en la democracia. Su muerte no puede quedar solo en el lamento de un día; debe convertirse en un punto de inflexión para que Colombia entienda que la violencia política no se combate con más odio, sino con más democracia, más tolerancia y más justicia.
Si permitimos que este crimen se diluya en la rutina de la violencia, estaremos enterrando junto a él no solo a un hombre, sino a una parte de la esperanza de un país.

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