La última década del éxodo venezolano ha dejado huellas profundas en el territorio colombiano, donde niñas, niños y adolescentes migrantes se han convertido en víctimas silenciosas del conflicto armado. Reclutamiento forzado, violencia sexual, desplazamientos masivos, desapariciones y amenazas constituyen un panorama que se agrava en regiones dominadas por estructuras armadas como el ELN, las disidencias de las FARC y grupos criminales.
Las historias que emergen desde zonas como el Catatumbo y la frontera con Venezuela muestran cómo esta infancia queda atrapada entre la guerra y la desprotección institucional, mientras intentan sobrevivir a un entorno que los revictimiza una y otra vez.
Infancias marcadas por el miedo: relatos desde el corazón del conflicto
Dulce, adolescente venezolana de 15 años, recuerda con temblor la noche en que escapó de Tibú junto a su madre y sus hermanos. Corrían descalzos entre cadáveres, con el eco de las ametralladoras marcándoles cada paso.
Antes de este episodio, ya habían sobrevivido a incursiones violentas del ELN, que las dejó atadas, amordazadas y heridas. Sin embargo, el dolor más profundo llegó cuando dos de sus hermanos menores fueron arrebatados por hombres encapuchados, que luego intercambiaron su libertad por la entrega forzada del padre, hoy desaparecido.
La violencia tomó un giro aún más macabro cuando el dueño de la finca donde trabajaban fue asesinado junto a su familia frente a los ojos de Dulce y Carolina, su madre. Obligadas a abandonar el lugar bajo amenaza de muerte, iniciaron una huida desesperada que las llevaría a un asentamiento marginal en Cúcuta, donde la guerra se transforma en otro tipo de amenaza.
Un fenómeno creciente: niños migrantes en las cifras del conflicto
Según información del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), 135 menores migrantes han sido víctimas directas de hostilidades en los últimos diez años. Las disidencias de las FARC lideran los casos de niños migrantes rescatados de sus filas, seguidos del ELN y el Clan del Golfo. La mayoría de estas víctimas tenía entre 14 y 17 años, predominantemente varones, aunque las niñas sufren patrones de abuso sexual, trabajo doméstico forzado y uniones coercitivas.
Otro grupo de menores venezolanos ha ingresado a procesos administrativos para restablecer sus derechos, pero muchos no logran acceder a rutas formales de reintegración por no poseer nacionalidad colombiana. La falta de documentación, la condición migratoria irregular y la ausencia de garantías crean un círculo de vulnerabilidad que deja a estas infancias fuera del radar estatal.
Migrar para sobrevivir, caer en nuevas violencias
Dulce y su familia llegaron al anillo marginal de Cúcuta, donde el 40 % de la población es migrante venezolana o desplazada interna. Lejos de ser un refugio, estos territorios funcionan como escenarios controlados por bandas urbanas y grupos armados, que se disputan economías ilegales y utilizan a niños y adolescentes como instrumentos para sus redes.
Allí, Dulce dejó de estudiar y terminó envuelta en una cadena de explotación que incluyó trabajo en un bar y, posteriormente, actividades de cobro extorsivo para una banda local. Semanas después, la adolescente y su familia desaparecieron del asentamiento, cuando la madre huyó nuevamente por temor a que el Estado le retirara la custodia de sus hijos.
Casos como el de Lucas, un muchacho venezolano de 14 años, ilustran esta amenaza persistente. Contactado por un grupo criminal para trabajar como “campanero”, estuvo a punto de ser absorbido por dinámicas delictivas que prometen ingresos inmediatos a jóvenes desesperados.
Niñez indígena en riesgo extremo: el despojo del pueblo Barí
El pueblo Barí, que habita ambos lados de la frontera, enfrenta un reclutamiento devastador de su población infantil: 246 menores han sido vinculados a grupos armados desde 2016. Niñas y niños son usados como guías, mensajeros, aprendices de guerra o víctimas de explotación sexual, mientras sus familias enfrentan riesgos mortales al intentar recuperarlos o reclamar cuerpos de los fallecidos.
Movilizarse entre campos minados, retenes y confrontaciones convierte la búsqueda de sus hijos en una tarea casi imposible. Para este pueblo ancestral, la desaparición o muerte de un menor no es solo una tragedia familiar, sino una herida profunda en su memoria cultural.
Infancias invisibles que esperan justicia
La situación de niños y adolescentes migrantes atrapados entre la violencia de grupos armados y la precariedad extrema revela una falla estructural en la protección estatal. Entre la ausencia de políticas claras de prevención, la falta de datos oficiales y la incapacidad operativa para actuar en territorios bajo control criminal, miles de vidas permanecen en riesgo.
Dulce, Lucas y decenas de niñas y niños invisibles para el sistema siguen enfrentando un destino moldeado por la guerra y la indiferencia. Recuperar sus proyectos de vida, garantizar justicia y restituir sus derechos demanda algo más que diagnósticos: requiere una acción estatal decidida, coordinada y urgente, antes de que una generación completa quede atrapada para siempre en la sombra del conflicto.

Con información de Laboratorio Migrante


