
Editorial El Venezolano
Ver una tragedia desde lejos produce una forma particular de dolor. No estuvimos entre los escombros, pero sentimos el miedo de quienes sí estuvieron allí. No dormimos en refugios, pero pensamos en nuestros familiares, amigos y conocidos que perdieron sus casas, sus pertenencias o la tranquilidad con la que vivían hasta hace apenas unas semanas.
Para quienes hemos hecho vida fuera de Venezuela, la distancia nunca ha significado indiferencia. Al contrario, muchas veces nos obliga a vivir cada emergencia con una mezcla de angustia, impotencia y culpa.
Quisiéramos estar más cerca, abrazar a los nuestros, recorrer las comunidades afectadas, entregar personalmente una medicina, una caja de alimentos o una palabra de aliento.
Pero, desde tantos otros países, hacemos lo que está en nuestras manos: organizamos eventos, recolectamos fondos, buscamos proveedores, enviamos insumos, difundimos información y llamamos a todas las puertas posibles.
Durante los primeros días, la respuesta fue inmediata. Las imágenes del doble terremoto estremecieron a los venezolanos dentro y fuera del país. Las redes sociales se llenaron de llamados de ayuda, testimonios, fotografías y campañas solidarias. Muchas personas dejaron a un lado sus diferencias y se unieron con un mismo propósito: ayudar.
Ha pasado un mes
La tragedia comienza a sonar menos. Las publicaciones pierden alcance. Los videos dejan de circular. Las noticias son reemplazadas por otras noticias. La vida cotidiana recupera su ritmo y la emergencia, aunque continúa para miles de familias, deja poco a poco de ser tendencia.
No termina cuando se entrega la primera caja de alimentos, cuando se reabre una carretera o cuando las cámaras dejan de visitar las comunidades. Para quienes perdieron su vivienda, su empleo, sus herramientas de trabajo o la seguridad de un techo, la emergencia apenas comienza. La reconstrucción será larga, compleja y dolorosa.
Muchas familias necesitarán apoyo durante meses, y algunas, posiblemente, durante años. Por eso debemos preguntarnos: ¿hasta dónde llega nuestro compromiso?¿Llega solamente hasta la primera donación? ¿Hasta el evento solidario? ¿Hasta compartir una publicación? ¿O somos capaces de mantener la atención cuando la ayuda deja de ser visible, emocionante o inmediata? Ayudar en las primeras horas fue indispensable, pero permanecer es aún más difícil y, quizás, más necesario.
El reto ahora es transformar la reacción inicial en compromiso sostenido. Pasar de la ayuda de emergencia a programas que acompañen a las familias en su recuperación. Apoyar no solo con alimentos y medicinas, sino también con oportunidades de empleo, reparación de viviendas, atención psicológica, educación, conectividad y herramientas para volver a comenzar.
También es el momento de exigir transparencia, coordinación y responsabilidad. Cada aporte debe llegar a quienes realmente lo necesitan. Cada iniciativa debe rendir cuentas. Cada esfuerzo debe procurar que las familias afectadas recuperen su autonomía y no permanezcan indefinidamente dependiendo de la asistencia.
Desde los Estados Unidos, Colombia, Panamá y Costa Rica la comunidad venezolana ha demostrado una vez más su enorme capacidad de organización y generosidad. Nuestro medio, El Venezolano, ha sido una vez más tribuna para exponer todos esos esfuerzos. Hemos visto empresarios, profesionales, voluntarios, medios de comunicación y ciudadanos comunes sumar esfuerzos. Hemos visto a personas que, aun teniendo sus propios problemas, han decidido ayudar a otra familia.
No podemos detenernos ahora
Este es precisamente el momento en el que nuestro compromiso será puesto a prueba: cuando haya menos cámaras, menos publicaciones y menos reconocimiento. Cuando ayudar exija constancia. Cuando tengamos que recordar, una y otra vez, que detrás de cada cifra existe una familia que intenta reconstruir su vida.
Quizás no podamos resolverlo todo, pero sí podemos evitar que las familias afectadas se sientan olvidadas, podemos seguir hablando de ellas, podemos continuar apoyando proyectos serios. Podemos acompañar a una familia, facilitar un empleo, donar medicinas, financiar materiales o abrir oportunidades desde nuestras empresas y comunidades.
Un mes después, la pregunta ya no es solamente cuánto ayudamos durante la emergencia, la pregunta es cuánto tiempo estamos dispuestos a permanecer.
Porque cuando la tragedia deja de ser tendencia, comienza la verdadera prueba de nuestra solidaridad.
Nuestra reportera en campo Ana Karina Gómez, nos comparte fotografías de La Guaira hoy, donde la destrucción y la incertidumbre continúan…










